Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XVI
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Capítulo XVI

Promesas incumplidas

Los bosques de Vestlandet, en el camino entre El Priorato de Santa Brígida y Hvaldalen

La lluvia había lavado el bosque durante la noche.

Las hojas caídas brillaban bajo una luz pálida que apenas se filtraba entre las copas de los pinos.

Astrid recogía despacio las pequeñas manzanas silvestres que el viento había arrancado de los árboles. Eran ácidas, agrias, y mucho más pequeñas que las de su época, pero después de tantos días de camino, cualquier alimento le parecía un regalo.

Mordió una.

Hizo una mueca.

—Creo que este árbol está enfadado con el mundo entero.

A Einar se le escapó una risa queda.

Era un sonido poco habitual en él.

Uno que afloraba con más facilidad a cada día que pasaba.

Sacó un pequeño trozo de carne ahumada de la alforja.

—Come.

Astrid contempló la comida unos instantes.

Aún le costaba aceptar cuánto había cambiado.

Recordaba las interminables discusiones que Henrik y ella habían mantenido sobre nutrición, sostenibilidad y arqueología experimental. Él siempre acababa riéndose porque Astrid era perfectamente capaz de sobrevivir días enteros en temporada de excavación a base de fruta y frutos secos.

Sonrió con serena melancolía.

—Henrik habría dicho que estaba traicionando todos mis principios.

Einar la miró con curiosidad.

—¿Era un buen hombre?

Astrid tardó varios segundos en responder.

—Era... la persona con quien más tiempo pasaba.

Compartíamos excavaciones, viajes, libros...

Nunca necesitábamos palabras para entendernos.

Guardó silencio.

—El día del accidente, discutimos.

Fue una discusión absurda.

Él quería inspeccionar un túnel que creía inestable.

Yo insistí en acompañarlo.

Se negó.

Dijo que alguien tenía que quedarse fuera para pedir ayuda si pasaba algo.

Tomó aire con dificultad.

—Tenía razón.

Pero a veces desearía que no la hubiera tenido.

Einar permaneció en silencio.

Comprendía demasiado bien esa clase de recuerdo.

De los que vuelven una y otra vez porque siempre parece posible que otra elección lo hubiera cambiado todo.

Continuaron caminando hasta encontrar un viejo árbol caído junto al sendero.

Allí se detuvieron a descansar.

El bosque permanecía inmóvil.

Solo el murmullo lejano del agua acompañaba sus pensamientos.

Astrid dejó escapar un leve suspiro.

—A veces pienso que si consigo volver, todo será como antes.

Negó despacio con la cabeza.

—Pero sé que no será así.

Aunque encuentre el camino de vuelta... ya no soy la misma mujer que atravesó aquel círculo de piedras.

Einar bajó la mirada.

—Nadie vuelve sin haber cambiado.

Ella lo miró.

Había pronunciado esas palabras con una calma nacida del dolor.

—¿Ni siquiera tú?

Se tomó su tiempo antes de responder.

—Cuando era joven, creía que un hombre podía proteger todo lo que amaba.

Pensaba que la fuerza y el valor bastaban.

Se agachó a recoger una hoja amarilla.

La giró despacio entre los dedos.

—Luego aprendí que el mundo no respeta nuestras promesas.

Astrid notó el cambio en su voz.

Más grave.

Más distante.

No lo presionó.

Esperó.

Al cabo de unos instantes, Einar volvió a hablar.

—El día que me marché, prometí que volvería antes de la primera luna de otoño.

Liv me pidió que no retrasara el regreso.

Acepté.

Pero elegí otra expedición.

Más gloria.

Más riqueza.

Más honor.

Aplastó la hoja entre los dedos hasta deshacerla.

—Cuando volví...

...ya era demasiado tarde.

El silencio completó la frase por él.

Astrid supo que no necesitaba oír el resto.

Lo había visto innumerables veces en las excavaciones.

No en personas.

En objetos.

Una hebilla ennegrecida por el fuego.

Un anillo retorcido por el calor.

Los restos mudos de la tragedia.

Se acercó.

No le dijo que no era culpa suya.

No intentó aliviar un dolor que no le tocaba sanar.

Simplemente se sentó a su lado.

Durante un largo rato, contemplaron el bosque en silencio.

Luego Astrid habló, casi en un susurro.

—Henrik también me protegió a mí.

Einar se volvió hacia ella.

—El derrumbe ocurrió tan rápido.

Yo estaba dentro del túnel.

Él me empujó hacia la salida.

Es lo último que recuerdo.

Cuando desperté en el hospital...

Se detuvo, como si las palabras aún se resistieran a salir.

—...él seguía luchando por su vida.

No sé si sigue respirando.

No sé si me está esperando.

Ni siquiera sé cuánto tiempo ha pasado desde que desaparecí.

El viento susurró suavemente entre las copas de los árboles.

Una soledad tan aguda la atravesó que tuvo que cerrar los ojos.

—A veces temo llegar demasiado tarde.

Einar permaneció inmóvil.

Comprendía ese miedo a la perfección.

Era el mismo que había habitado en él durante años.

Con gesto pausado, apoyó la mano sobre la de ella.

No intentaba consolarla.

Solo evitar que se sintiera completamente sola.

Ella entrelazó los dedos con los de él.

Por primera vez, ninguno de los dos retiró la mano.

El contacto permaneció entre ellos con la tranquila naturalidad de algo que ya no necesitaba explicación.

El bosque continuó respirando a su alrededor.

Einar observó el perfil de Astrid mientras el viento agitaba mechones sueltos de su cabello.

Recordó las palabras del viejo monje.

Los hombres temen lo que no pueden comprender.

Pensó en los guerreros de otros clanes.

Pensó en los jarls.

Pensó en las miradas que esa mujer atraería dondequiera que fuese.

No pertenecía a ninguna familia.

No tenía padre.

Ni hermanos.

Ni esposo que respondiera por ella.

Era una mujer sola en un mundo donde la soledad podía convertirse en una sentencia.

Por primera vez, una idea tomó forma clara en su mente.

No era un deseo.

Era una decisión.

Si el peligro alguna vez la alcanzaba...

le ofrecería un lugar en su hogar.

Un nombre.

Una protección que ningún hombre pudiera desafiar.

No porque ella le perteneciera.

Sino porque ya no podía soportar la idea de verla indefensa.

No pronunció una sola palabra.

El momento aún no había llegado.

Pero mientras reanudaban su camino bajo los árboles, comprendió que algunas promesas nacen mucho antes de ser pronunciadas.

Y quizás la próxima cambiaría el destino de ambos.