Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XV
50%

Capítulo XV

El Filo y la Calma

Priorato de Santa Brígida, Costa Occidental de Noruega Dos Días Después

El amanecer llegó envuelto en una niebla tan densa que el fiordo parecía haber desaparecido.

Solo los graznidos de las gaviotas les recordaban que el mar seguía allí.

Astrid salió al pequeño claro detrás del monasterio mientras el rocío aún cubría la hierba.

Llevaba el cabello recogido y vestía una sencilla túnica de lana que le habían prestado los hermanos del priorato.

Había dormido poco. Cada noche Henrik volvía a su mente con la misma persistencia, como si el propio siglo veintiuno se negara a desvanecerse.

Einar ya la esperaba.

Había clavado varios postes de madera en el suelo.

Contra uno de ellos descansaban dos espadas de entrenamiento talladas en fresno.

Astrid enarcó una ceja.

—¿No vas a darme una espada de verdad?

Negó con la cabeza, sereno.

—Las armas de verdad castigan los errores.

La madera te permite aprender de ellos.

Tomó una de las espadas.

Era mucho más pesada de lo que esperaba.

Intentó blandirla con naturalidad.

La hoja trazó un arco torpe que casi le hizo perder el equilibrio.

Einar sonrió levemente.

No con burla.

Con paciencia.

—No luches contra el peso.

Escúchalo.

Astrid frunció el ceño.

—¿Escuchar a una espada?

—Todo lo que posee equilibrio tiene una voz.

Solo tienes que dejar de intentar imponerle tu fuerza.

Sus palabras le trajeron, inesperadamente, el recuerdo de su antigua instructora de yoga.

Sonrió para sí.

Quizás dos mundos tan diferentes no estaban tan lejos como parecía.

Durante toda la mañana, Einar le corrigió la postura una y otra vez.

Los pies.

Los hombros.

La respiración.

Cada movimiento comenzaba en el cuerpo mucho antes de llegar a la hoja.

Cada vez que Astrid se fiaba solo de la fuerza de sus brazos, él negaba con la cabeza.

—Así solo vencerás al agotamiento.

No a tu enemigo.

Respiró hondo.

Y lo intentó de nuevo.

Esta vez, el movimiento nació en las caderas, recorrió la espalda y terminó en las manos.

La espada descendió en un golpe limpio.

Einar asintió.

—Mejor.

Astrid alzó la vista hacia él.

Esa única palabra le agradó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Tras otro intento, perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer.

Einar reaccionó por instinto.

Le sujetó el antebrazo con una mano y le rodeó suavemente la cintura con la otra antes de que cayera.

Todo sucedió en un instante.

Sin embargo, ninguno de los dos se movió.

Astrid sintió el calor de su mano firme a través de la lana de la túnica.

No había posesividad en el gesto.

Solo protección.

Aun así, el corazón le dio un vuelco.

Alzó los ojos lentamente.

El rostro de Einar estaba muy cerca.

Podía distinguir las pequeñas cicatrices que el tiempo le había dejado junto a las sienes.

Él también permaneció perfectamente inmóvil.

Nunca había reparado en cómo el color de los ojos de Astrid parecía cambiar.

No eran del color del hielo.

Eran del color del mar cuando el cielo empieza a despejarse tras una tormenta.

Por un momento, el silencio pareció cerrarse en torno a ellos, aislándolos del resto del mundo.

No hacía falta un beso.

Su cercanía bastaba.

Astrid fue la primera en recuperar la compostura.

Dio un paso atrás, despacio.

—Creo que ya he aprendido la primera lección.

—¿Cuál?

Respiró lentamente.

—Que una espada pesa menos que confiar en alguien.

Einar no respondió.

Porque entendía exactamente lo que quería decir.

Esa tarde, cuando terminaron de entrenar, Astrid apoyó la espada de madera contra el tronco de un árbol.

—Ahora te toca a ti.

Einar frunció el ceño.

—No hemos terminado.

—Sí hemos terminado.

Ahora te toca cumplir tu parte del trato.

Dejó escapar un suspiro resignado.

—Sigo pensando que esto es una pérdida de tiempo.

—Eso es exactamente lo que yo pensaba de la espada hace unas horas.

Astrid se colocó frente a él.

Descalza sobre la hierba.

Inspiró despacio.

—No intentes hacerlo bien.

Solo respira.

Einar la imitó con evidente incomodidad.

Le ajustó la posición de los pies.

Entonces, con una naturalidad absoluta, apoyó dos dedos suavemente sobre su pecho.

—Aquí.

Tu respiración comienza aquí.

El contacto duró solo un latido.

Sin embargo, Einar sintió que aquella leve presión le alteraba el pulso más que cualquier batalla.

Astrid retiró la mano de inmediato.

No tenía ni idea del efecto que había causado en él.

—Cierra los ojos.

Por primera vez desde que la conoció, obedeció.

El viento bajaba suave desde las montañas.

Las hojas apenas se movieron.

Durante varios minutos, ninguno de los dos habló.

Simplemente respiraron.

Cuando Einar abrió los ojos al fin, el mundo le pareció extrañamente silencioso.

Sus recuerdos no habían desaparecido.

Tampoco su culpa.

Pero la carga que llevaba sobre los hombros parecía haberse aligerado, aunque solo fuera por un instante.

Lo suficiente para recordar qué se sentía vivir antes del dolor.

Astrid sonrió.

—¿Y bien?

Einar tardó unos momentos en responder.

—Empiezo a entender por qué nunca luchas contra el viento.

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Y empiezas a entender el yoga?

Se le escapó una risa baja, casi demasiado queda para oírse.

—No.

Pero quizá estoy empezando a entenderte a ti.

Astrid sintió que aquellas palabras hallaban un rincón inesperado en su corazón.

Y se dio cuenta de que había caminos mucho más peligrosos que los bosques del norte.

Aquellos que conducían lentamente hacia otra alma humana.