Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XIV
47%

Capítulo XIV

El Peso del Conocimiento

El Priorato de Santa Brígida, Costa Occidental de Noruega

La lluvia había cesado durante la noche.

Al amanecer, el monasterio despertó en silencio.

No había cuernos de guerra ni voces que convocaran a los hombres al trabajo.

Solo el tañido profundo de una pequeña campana, deslizándose sobre el fiordo como la niebla matutina.

Astrid llevaba varios minutos en el jardín cuando el anciano monje se acercó con una cesta de manzanas pequeñas.

Snær caminaba tras él, la cola meciéndose con esa tranquila satisfacción que solo conocen los animales que aceptan el mundo sin juzgarlo.

—Ven —dijo el monje—. Hay algo que quiero mostrarte.

La condujo a una pequeña habitación iluminada por una única ventana.

No había armas.

Ni escudos.

Ni pieles.

Solo una mesa de roble, varios tinteros, cuchillos para raspar pergamino y una hilera de códices cuidadosamente protegidos de la humedad.

Un escalofrío recorrió a Astrid.

Aquella habitación contenía más poder que los salones de muchos jarls.

El anciano acarició uno de los manuscritos con la misma delicadeza que otros reservaban para las reliquias sagradas.

—Cada invierno copiamos unas pocas páginas.

Muy pocas.

Las manos envejecen antes que los libros.

Astrid dejó que sus dedos se cernieran sobre el borde del pergamino.

No lo tocó.

Solo sintió el impulso.

Sabía cuánto trabajo se ocultaba en cada línea.

Cuántos inviernos podía costar un solo volumen.

Entonces el monje desenrolló un mapa.

Era poco más que costas inciertas, fiordos incompletos e islas que debían tanto a la imaginación como a la experiencia.

Astrid sonrió sin darse cuenta.

Reconoció aquellos errores.

Los había explicado innumerables veces a sus alumnos.

—El fiordo continúa más al norte por aquí —murmuró casi para sí—. Y esta isla está mal ubicada. Las corrientes obligan a los navegantes a rodearla por el oeste...

El silencio se adueñó de la habitación.

Solo entonces se dio cuenta de que había hablado en voz alta.

El anciano monje permanecía inmóvil.

También Einar, que acababa de entrar para agradecer al monje su hospitalidad.

Ambos la miraban.

—¿Cómo puedes saber eso? —preguntó el monje.

Astrid sintió cómo la sangre abandonaba lentamente su rostro.

Había olvidado dónde estaba.

Buscó una respuesta sencilla.

Creíble.

—He... oído muchos relatos de marineros.

El monje no respondió.

Enrolló lentamente el pergamino.

No parecía desconfiar de ella.

Parecía intentar comprenderla.

Einar tampoco dijo nada.

Durante el resto de la mañana, la observó de otro modo.

La había visto curar heridas.

Visto estudiar plantas antes de recogerlas.

Oído hablar de tierras lejanas.

Ahora descubría algo más.

Aquella mujer llevaba dentro un conocimiento demasiado vasto para una sola vida.

Al caer la tarde, Astrid salió al pequeño embarcadero.

El agua yacía en calma perfecta.

El reflejo del cielo parecía otro mundo bajo sus pies.

Oyó pasos.

Einar se acercó y se colocó a su lado.

Durante un largo rato, ninguno de los dos habló.

—Hoy te vi mirando esos libros —dijo al fin.

Astrid asintió.

—Los libros recuerdan lo que la gente olvida.

—Entre mi pueblo, son los ancianos quienes recuerdan.

Ella sonrió con serena melancolía.

—Y cuando los ancianos mueren...

Einar comprendió la respuesta antes de que ella la pronunciara.

Miró hacia el monasterio.

Aquel pequeño edificio de madera ya no parecía tan frágil.

Quizá aquellas páginas protegían a todo un pueblo de un enemigo mucho más poderoso que cualquier espada.

El olvido.

La voz del monje interrumpió sus pensamientos.

—Einar.

El guerrero se volvió.

El anciano esperaba bajo el porche.

Cuando estuvieron a solas, el monje habló sin preámbulos.

—La joven posee un don extraordinario.

—Lo sé.

—No.

El monje negó lentamente con la cabeza.

—Todavía no lo sabes.

Permaneció en silencio unos instantes antes de continuar.

—En tiempos inciertos, los hombres veneran lo que no pueden comprender...

...o intentan destruirlo.

Un peso inesperado se asentó en el pecho de Einar.

—¿Qué intentas decirme?

El anciano alzó la mirada hacia el cielo gris.

—Que debes decidir si quieres proteger a esa mujer de quienes puedan desearle mal...

...o si también debe protegerla del conocimiento que ella misma porta.»

Einar permaneció inmóvil.

Por primera vez, comprendió que el mayor peligro para Astrid no eran los lobos, ni los bandidos, ni los inviernos del norte.

Era el conocimiento que llevaba dentro.

Y el hecho de que había nacido mil años demasiado tarde.