Capítulo XIII
La Casa del Dios Silencioso
El Priorato de Santa Brígida, Costa Occidental de Noruega
La lluvia comenzó antes del mediodía.
No era una tormenta.
Era esa lluvia fina del norte que parecía brotar del propio aire, calando la ropa sin hacer ruido.
El sendero descendía entre robles y abedules hacia una pequeña ensenada.
Fue entonces cuando Astrid la vio de nuevo.
La cruz.
Pequeña.
Oscura.
Recortada contra el cielo gris.
Cerca se alzaban varios edificios de madera rodeados por un muro bajo de piedra. No había torres ni fortificaciones. Solo una pequeña iglesia con tejado de tablillas, un huerto y un establo.
Era mucho más humilde de lo que había imaginado.
Y precisamente por eso parecía auténtico.
Se detuvo un momento.
Aquella cruz aún no proclamaba el triunfo de una religión.
Anunciaba el comienzo de una conversación.
Durante siglos, las gentes de aquellas tierras habían invocado a Odín antes de hacerse a la mar.
Ahora, algunos empezaban a hacer también la señal de la cruz.
No todos cambiaban de fe.
Muchos simplemente añadían un nuevo Dios a los antiguos, por precaución, por comercio o por esperanza.
La historia rara vez destruía un mundo de un solo golpe.
Prefería transformarlo lentamente.
—¿Qué estás mirando?
La voz de Einar interrumpió sus pensamientos.
—El futuro.
Él siguió su mirada.
—Solo es un monasterio.
Astrid esbozó una sonrisa triste.
—No.
Es mucho más que eso.
Continuaron cuesta abajo.
El sonido de una campana llegó flotando entre la lluvia.
Un sonido pequeño.
Frágil.
Muy diferente del trueno de los cuernos de guerra que había oído en el asentamiento.
Einar parecía incómodo.
No por miedo.
Porque le resultaba desconocido.
—Nunca entenderé por qué necesitan hacer sonar el hierro para hablar con su Dios.
—Quizá porque creen que Dios escucha incluso a quienes no saben rezar.
Él no respondió.
Cuando se acercaron a la puerta, apareció un anciano vestido con una sencilla túnica de lana sin teñir.
Su barba blanca le llegaba casi hasta el pecho.
No llevaba arma alguna.
Solo un bastón de fresno.
Sus ojos, tranquilos y pálidos, se posaron primero en Astrid y luego en Einar.
No mostró sorpresa.
Como si hubiera pasado toda su vida esperando encuentros imposibles.
—La paz sea con vosotros.
Astrid sintió un escalofrío.
Las palabras eran latín.
Las reconoció incluso antes de comprenderlas conscientemente.
El anciano cambió de inmediato al nórdico antiguo.
—Habéis viajado lejos.
Entrad.
Bajo este techo, ningún viajero duerme a la intemperie.
Einar permaneció inmóvil.
—¿No teméis que sea pagano?
El monje sonrió con serenidad desarmante.
—La lluvia no distingue entre cristianos y paganos.
¿Por qué habría de hacerlo este techo?
Ni siquiera Einar tuvo respuesta para eso.
Entraron.
El interior olía a pan recién horneado, cera de abeja y hierbas medicinales.
No había riqueza.
Solo orden.
Astrid dejó que sus ojos recorrieran los estantes donde descansaban pequeños códices manuscritos.
Pergaminos.
Tinteros.
Plumas de ganso.
Se le hizo un nudo en la garganta.
Sabía exactamente lo que representaban.
Cada uno de aquellos manuscritos era una victoria contra el olvido.
El anciano siguió su mirada.
—¿Sabes leer?
Astrid vaciló solo un instante.
—Sí.
Los ojos del monje brillaron con un deleite casi infantil.
—Entonces eres más rica que muchos reyes.
Einar los miró a ambos.
No podía comprender su emoción.
Para él, el conocimiento se transmitía de voz en voz.
Sin embargo, aquellas personas parecían encontrar algo sagrado en simple tinta sobre pergamino.
Mientras el anciano preparaba una infusión de hierbas caliente, Astrid se acercó a una pequeña ventana.
Desde allí podía ver el fiordo.
A lo lejos, apenas distinguía el humo que se elevaba de Hvaldalen.
Dos mundos.
El humo del gran salón, donde los hombres aún alzaban sus copas a Odín.
Y la humilde campana de un monasterio, donde un anciano rezaba por gente que nunca conocería.
Se dio cuenta de que ella también vivía suspendida entre dos mundos.
Entre dos siglos.
Entre dos hombres.
Henrik seguía respirando en un hospital que pertenecía a un tiempo que parecía desvanecerse un poco más cada día.
Y sin embargo, la voz de Einar había empezado a entrelazarse con esta nueva vida con una naturalidad que la asustaba.
Un peso extraño se asentó en su pecho.
No era culpa.
Todavía no.
Era algo mucho más difícil de nombrar.
La posibilidad de que un corazón pudiera pertenecer a dos tiempos distintos.
A unos pasos de ella, Einar la observaba sin que se diera cuenta.
Muchas veces había visto a guerreros contemplar el horizonte antes de hacerse a la mar.
Reconocía esa mirada.
Era la mirada de quien sabe que ningún viaje permite volver siendo el mismo.
Y por primera vez, empezó a preguntarse si la mujer venida del futuro había cambiado algo más que su propio destino.
Quizás también estaba cambiando el suyo.
El anciano abrió la puerta de madera lo justo para dejarlos pasar.
Antes de que pudieran cruzarla, un perro blanco salió trotando del interior del recinto.
Su espeso pelaje era del color de la nieve recién caída, las orejas erguidas y la cola curvada sobre el lomo. Se acercó sin ladrar, con la serena confianza de un animal acostumbrado desde hacía años a la compañía humana.
Se detuvo primero frente a Einar.
Lo olfateó despacio.
Captó el olor a cuero, hierro, resina de pino y humo que impregnaba la ropa del guerrero.
Luego se volvió hacia Astrid.
Por instinto, ella se agachó y extendió la mano, dejando que el perro acercara el hocico a la palma abierta.
Aspiró despacio aquel olor desconocido.
Durante un instante, permanecieron inmóviles, observándose con la serena curiosidad de dos seres igual de fuera de lugar.
Entonces el perro apoyó suavemente el hocico en la muñeca de ella.
Astrid sonrió.
—Parece que ya me ha aceptado.
El anciano dejó escapar una risa tan queda que apenas se oyó.
—Sabe mejor que muchos hombres quién merece su confianza.
El perro volvió tranquilamente junto al monje y se sentó a sus pies con la soltura de quien lleva años haciéndolo.
El anciano le acarició distraídamente el espeso cuello.
—Se llama Snær. Llegó aquí siendo cachorro hace muchos inviernos. Desde entonces, ha compartido conmigo cada amanecer y cada viaje. Cuando recorro los fiordos para comerciar con pergamino, sal, miel o hierbas medicinales, él siempre encuentra el camino de vuelta antes que yo.
Einar observó al perro con una leve inclinación de cabeza.
—Es un buen compañero.
—Lo es —respondió el monje—. A veces Dios nos habla a través de las personas. Otras, basta con el silencio de un perro fiel.
Snær alzó la cabeza como si hubiera reconocido su nombre y, tras una última mirada a Astrid, se encaminó hacia la puerta de la iglesia.
Ella lo siguió con la mirada.
En aquel pequeño monasterio escondido entre los fiordos, el anciano no parecía un hombre solitario.
Había aprendido que incluso la vocación más apartada necesita una presencia viva a su lado, para recordar que toda vida encuentra su sentido solo cuando se comparte.