Capítulo XII
Los Fantasmas del Fuego
Los Bosques Entre Hvaldalen y el Priorato de Santa Brígida
El encuentro con los hombres hambrientos terminó sin derramamiento de sangre.
Einar les dio parte del pan de cebada y un pequeño saco de pescado seco que Arvid había preparado para el viaje.
Nadie se marchó satisfecho.
Pero todos siguieron con vida.
Astrid comprendió entonces que la verdadera fuerza del guerrero no residía en el hacha que colgaba de su cinturón.
Residía en saber exactamente cuándo debía permanecer envainada.
Caminaron el resto del día casi sin cruzar palabra.
El bosque se volvió más denso a medida que ascendían hacia las colinas, y el aire traía el primer frío limpio que bajaba de las montañas, heraldo del invierno venidero.
Al anochecer, llegaron a un claro protegido por pinos imponentes.
Einar encendió el fuego con la misma naturalidad con la que otros ofrecían una plegaria.
Astrid observó cómo las primeras llamas prendían lentamente entre las ramas secas.
Fuego.
Siempre fuego.
En este mundo, reunía a la gente, ahuyentaba a las bestias salvajes y ofrecía la ilusión reconfortante de que la propia noche podía mantenerse a raya.
Prepararon una sopa sencilla con las setas que habían recogido durante el día y un puñado de cebada.
Nunca una comida tan humilde les había parecido tan reconfortante.
Después, el silencio volvió a instalarse entre ellos.
No era un silencio vacío.
Era el silencio de dos personas que empezaban a aceptar la compañía mutua sin necesidad de llenar cada momento con palabras.
Astrid extendió su manta al otro lado del fuego.
Einar hizo lo mismo.
Las brasas quedaban entre ellos, como cada noche desde que habían empezado a compartir techo.
Un límite silencioso.
Y también una promesa.
—La herida de tu cuello ha sanado bien —dijo ella antes de acostarse.
Él asintió.
—Gracias a tus manos.
Astrid sonrió levemente.
—Gracias al tiempo.
—No.
La miró unos instantes.
—El tiempo solo termina lo que otro ha empezado.
Ella no encontró respuesta.
Apagó la lámpara de aceite.
Poco a poco, el bosque se redujo al resplandor rojizo de las brasas y al murmullo del viento en las copas de los árboles.
Einar soñó con humo.
Siempre empezaba igual.
El olor a madera quemada.
Los gritos.
El resplandor anaranjado reflejado en el fiordo.
Entonces aparecía Liv.
No como la recordaba en vida.
Sino como la había encontrado aquel último día, la sangre extendiéndose lentamente sobre las piedras mientras ella aún reunía fuerzas para sonreírle.
Intentaba alcanzarla.
Pero el suelo bajo sus pies se convertía en ceniza.
Cada paso lo alejaba más.
Entonces la voz cambió.
Ya no era la de Liv.
Era otra voz.
Tranquila.
Suave.
Que lo llamaba desde algún lugar al que el fuego no podía llegar.
Cuando alzó la vista, creyó ver a Astrid de pie entre la niebla.
Intentó acercarse a ella.
Las llamas se alzaron una vez más entre ellos.
Y comprendió que todo camino hacia el futuro debía pasar primero por el lugar donde había perdido su pasado.
Despertó sobresaltado.
El pecho le ardía.
Respiraba entrecortadamente.
Por un momento, no supo dónde estaba.
Entonces sintió una mano posarse con suavidad sobre su hombro.
—Einar...
La voz llegó queda.
Como la de alguien que intenta hacer volver a un hombre desde muy lejos.
Abrió los ojos.
Astrid estaba inclinada sobre él.
El resplandor de las brasas proyectaba reflejos cobrizos en su cabello.
Tenía el rostro tan cerca que podía ver el leve temblor de su respiración.
Parecía no darse cuenta de lo cerca que estaban.
Solo veía el sufrimiento que aún persistía en sus ojos.
—Solo ha sido un sueño —susurró.
A Einar le costó unos instantes regresar del todo al presente.
Sintió la calidez de la mano de ella sobre su hombro.
Una calidez simple.
Humana.
Más poderosa que cualquier palabra.
Sin pensar, alzó despacio la mano y cubrió la de ella.
No para retenerla.
Solo para asegurarse de que era real.
Ella no se apartó.
Durante unos instantes, permanecieron perfectamente inmóviles, mirándose a través de la penumbra.
El fuego se había consumido hasta quedar reducido a un anillo de brasas resplandecientes.
El muro de llamas que los había separado cada noche ya no existía.
Solo quedaba un tenue resplandor entre ellos.
Astrid vio el cansancio que anidaba en el rostro de Einar.
No era la fatiga del viaje.
Pertenecía a un hombre que había pasado demasiado tiempo luchando contra recuerdos que jamás podría vencer.
Sin darse cuenta, se inclinó un poco más.
Lo suficiente para que él percibiera el aroma de las hierbas que aún impregnaba su cabello.
Lo suficiente para que ambos comprendieran con qué facilidad la distancia entre ellos podría desvanecerse.
La mirada de Einar se deslizó brevemente hacia sus labios.
No había impulso.
No había prisa.
Solo una pregunta silenciosa que ninguno de los dos se atrevía a formular.
El corazón de Astrid comenzó a latir más deprisa.
Durante un instante suspendido, olvidó el bosque.
Olvidó el tiempo.
Olvidó incluso el camino que algún día podría llevarla a casa.
Entonces apareció Henrik.
No como un recuerdo distante, sino con la claridad inconfundible de una promesa que aún no había cumplido.
Cerró los ojos lentamente.
Tomó aire en silencio.
Y retiró la mano con suavidad.
—Intenta descansar —susurró.
Einar asintió.
No había decepción en sus ojos.
Solo comprensión.
Porque ambos empezaban a descubrir la misma verdad.
Algunas heridas nacen del pasado.
Y algunos silencios son la única forma de permanecer fieles a quienes aún amamos.