Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo XI
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Capítulo XI

Los Caminos Entre Dos Dioses

Los bosques de Hålogaland, costa occidental de Noruega

El quinto amanecer desde la llegada de Astrid encontró el fiordo envuelto en una niebla tan densa que agua y cielo parecían haberse fundido en una sola sustancia.

El asentamiento despertó antes del alba.

Las mujeres prepararon pan de cebada para el viaje. Los hombres revisaron los arreos de dos caballos pequeños y robustos, animales mucho más adecuados para las montañas que para la velocidad.

Arvid esperaba junto a la empalizada.

—El priorato está recibiendo hoy a mercaderes de las islas occidentales —dijo mientras entregaba a Einar una pequeña bolsa de cuero—. Necesitamos sal antes del invierno. Y hierro también.

Luego se volvió hacia Astrid.

—Querías ver esa cruz que llamó tu atención.

Ella no respondió de inmediato.

Recordó el pequeño edificio que había vislumbrado días atrás en el promontorio rocoso.

Una sola cruz había bastado para alterar todo lo que sabía sobre aquel siglo.

Aceptó la bolsa que Arvid le tendía.

Dentro había trozos de ámbar, cuidadosamente envueltos en lana.

—Servirán para comerciar.

Mientras sujetaba la alforja al caballo, Astrid miró hacia la bahía.

El priorato apenas era visible a través de la niebla.

Sonrió para sí misma.

La historia nunca cambiaba de la noche a la mañana.

Cambiaba así.

En silencio.

Con una pequeña cruz alzada sobre un fiordo donde los hombres aún invocaban a Thor antes de hacerse a la mar.

Sabía que Noruega aún pertenecía, casi por completo, a los dioses antiguos.

Los sacrificios a Odín seguían determinando las decisiones más importantes del clan.

La cosecha aún se ofrecía a Freyr.

Las madres aún rezaban a Frigg para proteger a sus hijos.

Y sin embargo, el cambio ya había comenzado.

Los mercaderes regresaban de las islas británicas trayendo nuevas creencias junto con nuevas mercancías.

Algunos guerreros saqueaban monasterios.

Otros comerciaban con ellos apenas unos meses después.

Algunos aceptaban el bautismo para asegurar alianzas o abrir nuevas rutas comerciales.

El cristianismo aún no había triunfado sobre los dioses antiguos.

Lo que había, en cambio, era una larga conversación entre dos formas de entender el mundo.

Y ella había llegado precisamente en medio de esa conversación.

—¿En qué piensas?

La voz de Einar la sacó de sus pensamientos.

—En que los siglos nunca cambian de golpe.

Él arqueó una ceja.

—Suenas como Arvid.

Astrid sonrió.

—Empiezo a preocuparme.

Por primera vez, él respondió con una sonrisa abierta.

Duró solo un instante.

Pero fue suficiente para transformar por completo la severidad de su rostro.

Partieron poco después.

El sendero ascendía entre bosques de pinos, siguiendo caminos antiguos desgastados por generaciones de leñadores y pastores.

Durante un largo trecho, ninguno de los dos habló.

No era un silencio incómodo.

Estaban empezando a descubrir que la compañía del otro ya no necesitaba palabras.

Al cruzar un arroyo, Astrid se detuvo.

Un grupo de plantas crecía junto al agua.

Se arrodilló para examinarlas.

—Milenrama.

Einar la observó con curiosidad.

—¿También conoces las plantas?

Ella recogió cuidadosamente un puñado de hojas.

—En mi tiempo, aún las usamos para detener hemorragias menores.

Él sonrió con incredulidad.

—En tu tiempo, sabéis demasiadas cosas.

Astrid guardó las hojas en su bolsa.

—No.

Simplemente hemos tenido más tiempo para aprender.

Continuaron caminando.

El bosque se fue cerrando gradualmente alrededor del sendero.

Muy poca luz llegaba al suelo.

Einar levantó discretamente una mano.

Astrid comprendió la señal.

Algo había cambiado.

El bosque había enmudecido.

Ni pájaros.

Ni ardillas.

Ni viento.

Solo un silencio que parecía demasiado atento.

Einar apoyó la mano en el mango de su hacha.

No parecía nervioso.

Parecía estar escuchando.

Astrid contuvo la respiración.

Un hombre salió de entre los árboles.

Luego otro.

Llevaban pieles raídas y portaban herramientas convertidas en armas: un hacha de leñador, un cuchillo largo, una lanza improvisada.

No parecían guerreros.

Parecían hombres que habían pasado hambre durante demasiado tiempo.

El mayor levantó lentamente una mano.

—No buscamos sangre.

Solo comida.

Einar no respondió.

Astrid estudió sus rostros.

No vio odio.

Vio desesperación.

Y comprendió que, en esta época, la distancia entre un granjero y un bandido podía reducirse a un solo invierno de cosechas fallidas.

El segundo hombre dio un paso cauteloso hacia ellos.

Sus ojos se posaron en Astrid.

Había reconocido de inmediato que ella no pertenecía a aquel lugar.

Einar avanzó solo medio paso.

No necesitaba echar mano al hacha.

Su sola presencia bastaba para recordarles que la fuerza no siempre se demuestra golpeando primero.

El bosque entero pareció contener el aliento.

Y Astrid comprendió que, a veces, la mayor batalla radicaba en descubrir si la violencia aún podía evitarse... antes de que esta eligiera por todos.