Capítulo X
La distancia de los inviernos
A la mañana siguiente, ninguno de los dos mencionó lo que había sucedido junto al embarcadero.
El silencio resultaba más fácil que las explicaciones.
Astrid retomó su lugar entre las mujeres del asentamiento.
Aprendía despacio, con la paciencia de quien había aceptado que el conocimiento también exigía humildad.
Sus manos aún eran demasiado torpes para hilar lana y demasiado delicadas para partir leña, pero empezaban a comprender el ritmo de aquella vida.
El tiempo ya no se medía con relojes.
Se medía por el humo que ascendía desde los tejados, la posición del sol sobre el fiordo y el sonido del martillo del carpintero de ribera golpeando las cuadernas de una nueva embarcación.
Mientras tanto, Einar retomó sus obligaciones.
Supervisaba las redes de pesca, patrullaba los límites del valle y ayudaba a reparar un barco dañado por las recientes tormentas. Hablaba con todos.
Excepto con Astrid.
Ella se decía agradecida por la distancia.
Durante horas, lograba convencerse de que el momento que habían compartido la noche anterior no había sido más que confusión nacida del agotamiento y los recuerdos de quienes habían perdido.
Sin embargo, el cuerpo posee una memoria distinta de la razón.
Y esa memoria se negaba a traicionar nada que no fuera la verdad.
Cada vez que divisaba a Einar entre los hombres del asentamiento, algo en su interior alzaba la mirada antes de que pudiera detenerlo.
Él hacía exactamente lo mismo.
Y siempre apartaba la vista un latido después.
Como si hubieran entrado en un acuerdo silencioso que ninguno de los dos era capaz de cumplir.
Aquella tarde, Arvid envió a Astrid al bosque para recoger corteza de sauce y bayas de enebro antes de que llegaran las primeras heladas.
—El invierno siempre llega antes de lo que creemos —dijo el anciano.
Ella tomó la cesta de mimbre y siguió el sendero que ascendía entre los abedules.
El aire olía a tierra húmeda.
Cada hoja que caía parecía anunciar el final de una estación y el comienzo de otra vida.
Mientras desprendía con cuidado la corteza de los troncos jóvenes, recordó las clases de arqueobotánica, las excavaciones en antiguos asentamientos escandinavos y las interminables discusiones que había compartido con Henrik sobre las plantas medicinales descritas en las sagas.
Sonrió sin darse cuenta.
A él le habría encantado ver aquel bosque.
Habría señalado cada especie con el entusiasmo de quien descubre una página perdida de la historia.
La sonrisa se desvaneció tan rápido como había aparecido.
No sabía si Henrik seguía respirando.
Ni siquiera sabía cuánto tiempo había transcurrido en el siglo XXI.
Aquella incertidumbre pesaba ya más que la propia nostalgia.
Un crujido entre los árboles la hizo levantar la cabeza.
No era un animal.
Era Einar.
Llevaba un fardo de ramas sobre un hombro y una cuerda enrollada en la cintura.
Cuando la vio, se detuvo.
Durante un instante, pareció dispuesto a tomar otro camino.
En lugar de eso, continuó hacia ella.
—Arvid dice que el sauce que crece junto al río cura mejor las heridas.
Astrid asintió.
—Tiene razón.
Él dejó las ramas en el suelo.
—¿Cómo puedes saber tantas cosas que nadie aquí sabe?
Ella pasó lentamente la mano por la corteza recién cortada.
—Porque he pasado mi vida escuchando a los muertos.
Einar frunció el ceño.
Las palabras habrían inquietado a casi cualquier otro hombre.
De sus labios, sonaban simplemente tristes.
—Los muertos no hablan.
Astrid recogió una pequeña rama cubierta de líquenes.
—Sí lo hacen.
De otra manera.
A través de la piedra.
A través de la madera.
A través de los huesos.
A través de las cosas que dejan atrás.
Einar la observó durante varios instantes.
Luego recogió una de las tiras de corteza que ella acababa de retirar.
La examinó como si fuera un objeto sin valor.
—Para mí, solo es un árbol.
Astrid sonrió con suavidad.
—Porque todavía está vivo.
En aquel momento, Einar comprendió algo que nunca había considerado antes.
Aquella mujer no miraba el mundo como lo hacían los demás.
Lo veía como si cada instante estuviera destinado a convertirse algún día en un recuerdo.
El viento comenzó a arreciar entre las copas de los árboles.
Una ráfaga más fuerte arrancó la cesta de las manos de Astrid.
Las tiras de corteza y las bayas de enebro se dispersaron por la pendiente.
Se inclinó instintivamente para atraparlas.
El pie le resbaló.
Einar la atrapó antes de que cayera.
Su brazo se cerró con firmeza alrededor de la cintura de ella.
El movimiento repentino los dejó inmóviles.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Astrid apoyó una mano en el pecho del guerrero para no caer.
Sintió el latido constante de su corazón bajo la lana y el cuero.
Fuerte.
Tranquilo.
Tan distinto del ritmo frenético del suyo.
Alzó la mirada.
Los ojos de Einar ya estaban fijos en los suyos.
No había sorpresa en ellos.
Solo una pregunta silenciosa que ninguno se atrevía a formular.
Un mechón suelto del cabello de Astrid escapó de su trenza, y el viento lo arrastró hasta el rostro de Einar.
Él lo apartó con una lentitud casi reverente.
Las yemas de sus dedos apenas rozaron la sien de ella.
Un gesto insignificante.
Y sin embargo, Astrid sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Durante un instante suspendido, olvidó el bosque.
Olvidó Hvaldalen.
Olvidó incluso el tiempo mismo.
Solo quedaba esa pequeña distancia entre ellos, que volvía a reducirse.
Einar inclinó ligeramente la cabeza.
No buscaba un beso.
Intentaba comprender por qué la cercanía de aquella mujer despertaba una paz que había creído perdida para siempre.
Astrid sintió el impulso de quedarse exactamente donde estaba.
De dejar de luchar contra lo que parecía inevitable.
Entonces Henrik regresó a su memoria.
No como un recuerdo distante.
Sino con la misma claridad que el día del derrumbe: el polvo suspendido inmóvil en el aire, los gritos de los trabajadores, la camilla que se alejaba a toda prisa mientras ella corría detrás, incapaz de alcanzarla.
El peso de aquella promesa destrozó el momento.
Con infinita delicadeza, posó la mano sobre la muñeca de Einar y la apartó de su rostro.
No había rechazo.
Solo una tristeza que ambos comprendían sin palabras.
—Gracias... —susurró ella.
Einar dio un paso atrás.
Asintió levemente.
Juntos, recogieron en silencio las ramas y la corteza que el viento había dispersado.
El bosque volvió a llenarse lentamente de sonidos.
Sin embargo, ninguno de los dos pudo ignorar la certeza que acababa de nacer.
La distancia que intentaban preservar ya no dependía de los pasos que dieran.
Dependía de los recuerdos que cada uno llevaba dentro.
La casa fue quedándose en silencio mientras el fuego consumía los últimos troncos.
Fuera, el viento hacía crujir las vigas del techo.
Astrid extendió con cuidado las pieles sobre el banco de madera que las mujeres del asentamiento habían preparado para ella.
La dureza del lecho aún la sorprendía.
En su propio mundo, le habría parecido insoportablemente incómodo.
Aquí, empezaba a resultarle familiar.
Se quitó los zapatos lentamente.
El calor de las brasas apenas llegaba a la habitación.
Al otro lado del hogar, Einar terminó de colgar el cinturón, el cuchillo y el hacha en un poste de roble.
Era un ritual que se repetía cada noche.
Como si dejar a un lado las armas fuera también una forma de deponer, durante unas horas, al guerrero que el mundo esperaba que fuera.
Astrid observó el ritual en silencio.
Nunca antes había pensado que incluso la paz requería sus propias ceremonias.
Einar apagó una de las lámparas de sebo.
La oscuridad fue adueñándose lentamente de la casa.
Solo quedaron las brasas.
—Si te vuelve a doler el cuello, despiértame.
Él alzó la vista.
Las llamas proyectaban sombras cambiantes sobre el rostro de Astrid.
—Dormiré.
—Eso mismo dijiste anoche.
La más leve de las sonrisas asomó en la comisura de los labios de Einar.
—Esta vez intentaré cumplir mi palabra.
Ella respondió con una sonrisa igual de fugaz.
Luego ambos se recostaron en sus lechos.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Astrid cerró los ojos.
Enseguida se dio cuenta de que el sueño sería imposible.
Escuchó el viento.
El crujido de la madera.
El ritmo constante de la respiración de Einar al otro lado del fuego.
Nunca había compartido un hogar con un extraño.
Y sin embargo, hacía días que no sentía miedo.
Abrió los ojos.
Las brasas apenas iluminaban el perfil del guerrero.
Sus ojos también estaban abiertos.
Sus miradas se encontraron a través del fuego.
Ninguno habló.
Ninguno sonrió.
Pero ambos comprendieron que el otro tampoco podía dormir.
El fuego siguió ardiendo entre ellos.
Como una frontera que ninguno de los dos estaba dispuesto a cruzar aún.
Todavía no.