Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo IX
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Capítulo IX

Lo que el fuego no puede consumir

Hvaldalen, costa occidental de Noruega

El final de julio llegó al fiordo sin anunciarse.

Una mañana, los abedules empezaron a soltar sus primeras hojas, y al anochecer el viento ya traía el aroma de la nieve aún oculta en lo alto de las montañas.

Astrid había empezado a medir el paso de los días por detalles que antes habría pasado por alto: cómo menguaba la luz, el cambio de color del agua, los pájaros que enmudecían cada vez más temprano.

El asentamiento también había cambiado.

Las miradas seguían siendo cautelosas, pero ya no arrastraban la misma hostilidad.

Las mujeres le permitían ayudar con tareas sencillas, aunque se reían por lo bajo cada vez que olvidaba el orden de las herramientas o sostenía el huso como si fuera una pieza de museo.

Los hombres permanecían reservados.

Solo los niños parecían haber decidido que el miedo era una pérdida de tiempo.

Einar iba recuperando las fuerzas poco a poco.

La mordedura del lobo había sanado, aunque aún evitaba los movimientos bruscos de cuello. Su herida física se curaba rápido; las otras permanecían ocultas bajo un silencio que nadie intentaba perturbar.

Esa tarde, Arvid le pidió a Astrid que lo acompañara a un afloramiento rocoso con vistas al fiordo.

No era un lugar sagrado.

Todavía no.

Los hombres del clan apenas habían empezado a tallar allí las primeras runas para preservar los nombres de sus muertos.

Astrid recorrió la piedra con las yemas de los dedos.

Un escalofrío la atravesó.

Aún no era un monumento.

Todavía era el presente.

Sabía que, si el tiempo seguía el curso que ella recordaba, siglos después un arqueólogo podría descubrir esas mismas tallas bajo capas de musgo.

Quizá incluso ella misma.

La idea le produjo un vértigo que apenas podía explicar.

Arvid apoyó una mano sobre la roca.

—La piedra recuerda mejor que los hombres.

Astrid sonrió con tristeza.

—No siempre.

El anciano la miró sin hacer otra pregunta.

Había aprendido que las respuestas de aquella mujer solían pertenecer a preguntas que aún no se habían hecho.

Mientras descendían hacia el asentamiento, encontraron a Einar esperando junto al sendero.

Sostenía en las manos un pequeño colgante tallado en hueso.

Astrid lo reconoció de inmediato.

No era un amuleto de riqueza.

Era un objeto desgastado por años de uso.

Los dedos de alguien lo habían acariciado miles de veces.

—Pertenecía a Liv —dijo, casi para sí.

No había llanto en su voz.

Solo cansancio.

—Lo llevo conmigo desde que murió.

Astrid permaneció en silencio.

Comprendía demasiado bien el valor de los objetos que guardaban la memoria de quienes ya no estaban.

Einar observó el colgante un momento más.

Luego cerró la mano despacio en torno a él.

—Pero había otro... otro colgante en el mismo cordón. Hoy ha desaparecido.

A Astrid se le hizo un nudo en el estómago.

—¿Has buscado bien?

Él asintió.

—No he salido del asentamiento en días.

Alguien lo encontró.

O alguien decidió quedárselo.

Esas palabras pesaban más que una acusación.

No sospechaba de ella.

Pero tampoco podía descartar a nadie.

La noticia corrió deprisa.

Algunos hombres empezaron a registrar los cobertizos y los barcos.

Otros sospechaban de un esclavo adquirido en el último viaje comercial.

La desconfianza que apenas había empezado a disiparse volvió a extenderse por el asentamiento.

Astrid observó a los aldeanos ir y venir.

Había estudiado muchas comunidades antiguas.

Sabía que una pérdida rara vez hablaba solo del objeto perdido.

Siempre revelaba las grietas que ya existían entre la gente.

Esa noche, apenas durmió.

Cuando salió del gran salón, encontró a Einar sentado junto al embarcadero.

No miraba el agua.

Miraba hacia la oscuridad.

Se acercó sin hacer ruido.

Durante un largo rato, permanecieron sentados el uno junto al otro sin necesidad de palabras.

Por fin, Astrid rompió el silencio.

—No es el colgante lo que has perdido.

Einar tardó en responder.

—No.

—Tienes miedo de olvidar su rostro.

Él cerró los ojos.

El viento agitó suavemente el cabello de Astrid.

Por primera vez, no encontró fuerzas para ocultar la verdad.

—Con cada invierno, recuerdo menos el sonido de su voz.

Sus palabras abrieron una herida en Astrid.

Pensó en Henrik.

En el hospital.

En el miedo absurdo de que, si permanecía allí demasiado tiempo, ella también empezaría a olvidar el sonido de su risa.

Sin pensarlo, su mano buscó la de Einar.

No fue un gesto nacido del afecto.

Ni siquiera del consuelo.

Era el reconocimiento silencioso de una pérdida que ambos comprendían demasiado bien.

Los dedos del guerrero permanecieron inmóviles bajo los de ella.

Su piel era cálida, curtida por años de empuñar armas y remar por el Mar del Norte.

Sin embargo, en ese momento no transmitía fuerza, sino una extraña vulnerabilidad.

Lentamente, Einar giró la mano hasta posarla sobre la de ella.

No la agarró.

Simplemente la dejó ahí.

Como si temiera que la más mínima presión pudiera quebrar el momento.

El silencio se ahondó hasta superar el murmullo del fiordo.

Astrid alzó lentamente la cabeza.

Él ya la estaba mirando.

La distancia entre ellos era tan escasa que ella podía ver el reflejo trémulo del agua en sus ojos grises. La brisa agitó un mechón suelto de su cabello, que rozó ligeramente la barba corta de Einar antes de alejarse.

Ninguno de los dos habló.

No hacía falta.

Él reparó en las tenues pecas esparcidas sobre el puente de la nariz de ella, detalles que se le habían escapado hasta entonces.

Ella descubrió, por primera vez, que bajo la fuerza de sus rasgos yacía un cansancio antiguo, una tristeza que ninguna batalla por sí sola podía explicar.

Sin darse cuenta, Einar inclinó la cabeza casi imperceptiblemente.

No fue una decisión.

Fue un impulso, tan lento como inevitable.

Astrid sintió el aliento de él mezclarse con el suyo.

Durante un instante suspendido, el mundo pareció reducirse a la ínfima distancia que separaba sus labios.

Pensó en lo fácil que sería salvar esa última distancia.

Y por eso mismo, el nombre de Henrik resonó en su memoria con la claridad de una campana.

Un hospital.

Una cama.

Una mano inmóvil apretada entre las suyas.

El peso de una promesa que aún le pertenecía.

El aire volvió de golpe a sus pulmones.

Retiró la mano lentamente y dio un pequeño paso atrás.

No hubo brusquedad en el gesto.

Solo una tristeza callada.

Einar no intentó detenerla.

Comprendió que aquella retirada no era un rechazo.

Era un límite que ella aún no podía cruzar.

Durante largos instantes, siguieron mirándose sin encontrar palabras.

Algo entre ellos había cambiado.

Aún no era amor.

Ni siquiera deseo plenamente reconocido.

Era una confianza tan frágil que cualquiera de los dos habría podido quebrarla con un solo gesto.

Y por eso mismo, ambos eligieron dejar aquel silencio intacto.