Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo VIII
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Capítulo VIII

Un pequeño monasterio

Aquella mañana, mientras seguía a Einar por el sendero que conducía al gran salón, Astrid dejó vagar la mirada por las aguas del fiordo.

A través de la niebla, distinguió un pequeño edificio encaramado en un promontorio rocoso que dominaba la entrada de la bahía. No era un salón comunal ni un cobertizo para botes. Su sencillo y austero tejado estaba coronado por una cruz de madera.

Se detuvo un momento.

Aquella imagen removió algo en lo más hondo de su memoria.

No le sorprendía encontrar un símbolo cristiano.

Lo que le sorprendía era encontrarlo allí.

Aquella era una época de fronteras invisibles.

Noruega aún pertenecía a los dioses antiguos. La mayoría de los jarls ofrecían sacrificios a Odín, Thor, Freyr y Freyja, convencidos de que el destino de un hombre dependía todavía del favor de los poderes ancestrales.

Pero el mundo estaba cambiando.

Los barcos transportaban algo más que hierro, pieles y ámbar.

Transportaban ideas.

Los mercaderes regresaban de las islas occidentales hablando de un Dios único. Algunos guerreros saqueaban monasterios y, apenas unos años después, comerciaban con esos mismos monjes. Otros aceptaban el bautismo para sellar alianzas o abrir nuevas rutas comerciales.

No había una frontera clara entre las dos creencias.

Solo una generación obligada a vivir entre ambas.

Eso era precisamente lo que más le había fascinado cuando empezó a estudiar la Era Vikinga.

Los libros hablaban de conquistas.

Pero la verdadera revolución había tenido lugar en las conciencias.

Pensó en Einar.

En la certeza con que pronunciaba el nombre de Thor.

En la serena aceptación con que Arvid veía el destino como un tapiz que nadie podía desentrañar.

Luego volvió a mirar la cruz solitaria que se alzaba entre los abedules.

Dos formas de entender el mundo se observaban ya desde orillas opuestas del mismo fiordo.

Aún no luchaban por destruirse.

Solo estaban aprendiendo, poco a poco, a coexistir.

Un escalofrío recorrió a Astrid.

Quizá aquel pequeño edificio no significaba nada para la gente de Hvaldalen.

Pero para una historiadora, era el anuncio silencioso de que el siglo estaba cambiando.

Y ella había llegado justo en el momento en que el pasado comenzaba a despedirse de sí mismo.