Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo V
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Capítulo V

Bajo el mismo cielo

La sangre siempre devolvía a los hombres a la verdad.

Astrid cayó de rodillas junto a Einar antes siquiera de darse cuenta de lo que hacía.

La lucha había durado apenas unos instantes, pero había bastado para reabrir la herida del brazo.

El guerrero yacía inmóvil, con el rostro vuelto hacia el cielo, y su respiración era tan débil que el murmullo del mar parecía más vivo que él.

Aquella quietud le recordó a otra.

Una habitación iluminada por lámparas blancas y frías.

El olor estéril de un hospital.

Henrik tendido entre máquinas mientras los médicos repetían palabras que ella fingía comprender.

«Las próximas horas serán críticas».

El recuerdo le atravesó el pecho con una fuerza inesperada.

No.

No puedo presenciar otra derrota.

Presionó dos dedos contra el cuello de Einar.

Su pulso seguía ahí.

Débil.

Constante.

Como una llama que se negaba a extinguirse.

Respiró hondo para controlar el temblor de las manos.

La historia le había enseñado cómo vivían estos hombres.

Nunca cómo evitar que murieran.

Rasgó con cuidado la manga de lino empapada en sangre y examinó la herida. El tajo no era mortal, pero había perdido demasiada sangre desde el amanecer. Si permanecía allí, expuesto al frío y consumido por el agotamiento, su propio cuerpo acabaría rindiéndose.

Arrancó una tira limpia del forro interior de la chaqueta y la presionó con firmeza contra la herida.

Einar no despertó.

Solo un leve pliegue cruzó la frente.

Astrid sintió que una extraña calma se apoderaba de ella.

No intentaba salvar a un héroe.

Intentaba salvar a un hombre.

Y eso lo cambiaba todo.

Cuando alzó la vista, vio que todo el poblado se había quedado inmóvil.

Nadie se acercaba.

Los guerreros observaban desde lejos, divididos entre la desconfianza y el respeto.

La mujer desconocida estaba atendiendo al hombre al que cualquiera de ellos habría seguido hasta la muerte.

Nadie sabía qué pensar de aquello.

El viejo Arvid fue el primero en romper el silencio.

Caminó despacio hasta detenerse frente a Astrid.

No miró la herida.

La miró a ella.

—Tus manos no conocen la guerra.

Astrid negó suavemente con la cabeza.

—No.

—Pero conocen el sufrimiento.

Aquellas palabras alcanzaron un lugar que ninguna otra habría podido tocar.

Bajó los ojos.

No respondió.

Porque eran ciertas.

Había pasado años estudiando los restos de personas que ya no podían contar sus propias historias.

Y ahora el pasado respiraba bajo sus manos.

Arvid examinó el vendaje improvisado.

Luego alzó lentamente la cabeza.

—No eres sanadora.

—No.

—Sin embargo, elegiste quedarte.

Astrid tardó unos instantes en responder.

—Marcharme habría sido más fácil.

El anciano sonrió levemente.

No era una sonrisa de alegría.

Era la sonrisa de quien reconoce algo antiguo en el alma de otro ser humano.

—Los caminos fáciles rara vez conducen adonde los dioses pretenden.

Un murmullo se extendió entre los aldeanos reunidos.

Algunos aún no confiaban en ella.

Otros habían empezado a verla de otra manera.

No como una amenaza.

Sino como un misterio.

Dos mujeres del asentamiento se acercaron con una manta de lana.

Lo hicieron con cautela, sin apartar los ojos de Astrid.

Ella se hizo a un lado para dejarlas cubrir a Einar.

Una de ellas, solo unos años mayor que Astrid, vaciló antes de hablar.

—¿Vivirá?

Astrid contempló el rostro del guerrero.

La fuerza aún marcaba aquellos rasgos a pesar de su palidez.

Pero había algo más.

Un cansancio profundo.

Como si hubiera cargado con un peso invisible durante demasiado tiempo.

—No lo sé.

Era la única respuesta honesta.

La mujer asintió.

Nadie pareció perturbarse por la incertidumbre.

En aquella tierra, la vida nunca había prometido certezas.

Entre todos levantaron a Einar.

Hicieron falta cuatro hombres para soportar su peso.

Astrid caminó tras ellos.

Sin darse cuenta.

Como si sus propios pasos ya no le pertenecieran.

Mientras ascendían hacia el poblado, el viento agitó las copas de los abedules.

Se volvió para mirar hacia el fiordo.

Durante un instante fugaz, creyó ver el contorno de un barco moderno emergiendo entre la niebla.

Parpadeó.

Había desaparecido.

Se le hizo un nudo en la garganta.

Henrik seguía esperándola.

Quizá inconsciente.

Quizás luchando por volver a un mundo que ya no habitaba.

Se clavó las uñas en las palmas de las manos.

«No puedo olvidar por qué tengo que volver.

No puedo permitirme empezar a pertenecer a esta época».

Sin embargo, cuando volvió a mirar al hombre que llevaban hacia el gran salón del asentamiento, comprendió algo que la inquietó más que el viaje en sí.

Había llegado convencida de que solo permanecería el tiempo necesario para encontrar el camino de vuelta.

Pero el destino rara vez pregunta cuánto tiempo un corazón está dispuesto a permanecer lejos del hogar.

Y por primera vez desde que el mundo había temblado bajo sus pies, Astrid temió que el verdadero peligro no fuera quedar atrapada en el siglo IX.

Sino descubrir que una parte de ella empezaba, poco a poco, a echar raíces allí.