Cuando las runas callan (Tiempo y destino nº 8) Capítulo IV
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Capítulo IV

El precio de la hospitalidad

La aldea no cuestionaba a la ligera las decisiones de un guerrero.

Sin embargo, aquella tarde, el silencio terminó mucho antes de que el sol alcanzara la mitad del fiordo.

Uno a uno, los hombres abandonaron su trabajo. Las mujeres dejaron de hilar. Incluso los niños percibieron que algo había alterado el orden del asentamiento.

La extranjera permaneció junto a la empalizada, observando sin interferir mientras todas las miradas se posaban sobre ella.

No era solo su ropa.

Ni la forma en que hablaba.

Era el simple hecho de que existiera.

Había aparecido donde ningún ser humano habría podido hacerlo.

Hablaba la lengua de sus ancestros.

No pertenecía a ningún clan.

No llevaba brazalete, no portaba marca familiar alguna y no tenía ningún hombre que respondiera por ella.

Era una mujer sin raíces.

Y eso resultaba más inquietante que cualquier espada.

—No puede dormir entre nosotros —dijo por fin uno de los hombres mayores—. Nadie conoce el nombre de su padre.

—Ni el de su madre —añadió otro.

—Los dioses no envían extraños sin exigir algo a cambio.

El murmullo creció como el viento antes de una tormenta.

Astrid comprendió cada palabra.

Y por primera vez desde que había despertado en aquel mundo, deseó no entenderlas.

Einar escuchó sin interrumpir.

Cuando el último hombre hubo terminado de hablar, dio un solo paso al frente.

No alzó la voz.

No tenía necesidad de hacerlo.

—Dormirá bajo el gran salón.

Varias voces protestaron a la vez.

—Es una locura.

—Traerá desgracia.

—Ni siquiera sabemos quién es.

Einar los dejó terminar.

Luego respondió con la misma calma.

—Precisamente porque no lo sabemos, ningún hombre de esta aldea derramará su sangre hasta que conozcamos la verdad.

El viejo Arvid apoyó lentamente ambas manos sobre su bastón.

—La hospitalidad también es ley.

Nadie volvió a discutir.

No porque estuvieran convencidos.

Sino porque ninguno deseaba ser el primero en desafiar a Einar delante de todos.

Él se volvió hacia Astrid.

—Ven.

Fue la única palabra que pronunció.

Ella lo siguió sin hacer preguntas.

Abandonaron la aldea por un sendero estrecho que bordeaba el bosque antes de curvarse de nuevo hacia el gran salón. El aire olía a resina de pino y tierra húmeda. Durante un largo rato, ninguno de los dos habló.

Astrid empezaba a creer que el silencio era simplemente la forma en que aquella gente ofrecía su confianza.

Entonces los caballos se inquietaron.

Los pájaros alzaron el vuelo todos a la vez.

Einar se detuvo.

Su mano se movió lentamente hacia el mango del hacha.

No llegó a sacarla.

Un lobo joven emergió de los helechos, demasiado delgado para el final del verano. Sus costillas se marcaban bajo el pelaje gris, y no había furia en sus ojos.

Solo hambre.

El animal vaciló un instante.

Luego se lanzó.

Einar reaccionó antes de que Astrid pudiera comprender lo que estaba sucediendo.

La apartó de un empujón y recibió de lleno el impacto del lobo contra el pecho.

Ambos rodaron pendiente abajo.

El lobo fue a por su garganta.

Einar logró bloquearlo con el antebrazo, pero los colmillos del animal encontraron la base del cuello, donde el collar de cuero de la túnica dejaba la piel expuesta.

Un desgarro breve.

Salvaje.

La sangre fluyó de inmediato.

Con un movimiento desesperado, Einar hundió el cuchillo bajo la mandíbula del lobo.

El animal dejó escapar un último aullido antes de desplomarse.

El bosque volvió a quedar en silencio.

Solo quedó el ritmo irregular de la respiración del guerrero, junto con la cinta oscura de sangre que corría por su cuello.

Astrid cayó de rodillas junto a él.

Por primera vez desde que había cruzado los siglos, dejó de pensar en cómo regresar a casa.

Solo vio a un hombre que necesitaba ayuda.

Y supo, con una certeza casi dolorosa, que si quería sobrevivir en aquel mundo, primero tendría que asegurarse de que él no muriera.