Capítulo III
El Peso de un Nombre
Astrid tardó unos instantes en comprender que el silencio podía ser una forma de amenaza.
Ningún hombre dio un paso hacia ella.
Nadie habló.
Solo el guerrero permanecía inmóvil, como si intentara decidir si la figura que tenía delante era una mujer... o un presagio.
El viento le agitó el cabello oscuro.
Entonces notó algo que antes le había pasado desapercibido.
El brazo izquierdo del guerrero estaba vendado bajo el cuero endurecido de la armadura. La sangre había empapado el lino y empezaba a secarse.
Era una herida reciente.
Él siguió su mirada y, sin decir palabra, se cubrió el vendaje con la mano.
No por orgullo.
Por costumbre.
Los hombres que vivían de la espada aprendían pronto que mostrar una herida era mostrar una debilidad.
Astrid habló en voz baja.
En la lengua antigua.
—Estás herido.
Un murmullo recorrió el grupo de aldeanos.
El guerrero no respondió.
Siguió observándola con la misma mezcla inquietante de cautela y curiosidad.
Como si aguardara a que el engaño quedara al descubierto.
—Hablas como nosotros —dijo al fin—. Pero no perteneces a ningún clan que yo conozca.
Astrid le sostuvo la mirada.
Había pasado años reconstruyendo aquella lengua a partir de fragmentos dispersos.
Jamás se imaginó que algún día tendría que usarla para defender su propia existencia.
—No pertenezco a ningún clan.
Frunció levemente el ceño.
La respuesta carecía de sentido para un hombre del siglo IX.
Todo ser humano pertenecía a alguien.
A una familia.
A una granja.
A un jarl.
A un linaje.
Una mujer sin origen solo podía ser una exiliada...
O algo mucho más inquietante.
El anciano del bastón dio un paso al frente.
Sus ojos pálidos parecían ver más allá de la carne misma.
—¿Quién pronunció tu nombre cuando naciste?
Un vacío inesperado se abrió en su interior.
Pensó en su madre.
En el pequeño apartamento de Oslo.
En las fotografías familiares.
En la universidad.
En el laboratorio donde, apenas cuarenta y ocho horas antes, Henrik había sonreído mientras limpiaba con cuidado una piedra rúnica recién desenterrada.
El rugido del derrumbe volvió a atravesarla.
La roca.
El polvo.
Los gritos.
La sangre.
Los médicos llevándose la camilla a toda prisa.
El monitor cardíaco.
Nadie le había prometido que sobreviviría.
Solo que las próximas horas determinarían el resto de su vida.
Se le oprimió el pecho.
Tengo que volver.
No importa cómo.
No podía abandonar a Henrik.
Habían trabajado juntos siete años.
Habían compartido más inviernos en excavaciones que veranos con sus propias familias.
Era la única persona que comprendía de verdad por qué un puñado de piedras talladas podía preservar la memoria de todo un pueblo.
Y ahora respiraba porque unas máquinas se lo permitían.
Si es que aún respiraba.
—¿Quién eres? —repitió el anciano.
Astrid se forzó a volver al presente.
—Mi madre me dio ese nombre.
El anciano asintió despacio.
Pareció aceptar la respuesta.
El guerrero, sin embargo, seguía observándola.
Había algo profundamente inquietante en ella.
No bajaba los ojos.
No lo desafiaba.
No intentaba seducirlo.
Simplemente se mantenía firme.
Como un árbol joven que se dobla bajo el viento sin quebrarse.
Aquella determinación silenciosa le pareció más peligrosa que cualquier espada.
—Soy Einar —dijo al fin.
No ofreció ningún título.
No habló de victorias.
Solo un nombre.
Astrid inclinó levemente la cabeza.
—Gracias.
Pareció sinceramente desconcertado.
—¿Por qué?
—Por decirme quién eres antes de preguntarme quién se supone que debo ser.
Durante un instante, el silencio volvió a instalarse a su alrededor.
Einar Björnsson el Gris jamás habría sabido explicar por qué aquellas palabras calaron en él.
Las comprendió.
Aunque no del todo.
Aquella mujer hablaba como alguien que conocía demasiado bien el peso de la pérdida.
No como una hechicera.
No como una reina.
Desde luego no como una esclava.
Había dolor en su voz.
Un dolor antiguo.
Uno que reconocía.
La misma tristeza que a veces veía en su propio reflejo cuando el alba lo sorprendía aún despierto.
El anciano rompió el silencio.
«No puede quedarse aquí mucho tiempo sin protección.»
Varios hombres protestaron.
Una mujer desconocida podía traer desgracias.
Otros agacharon la cabeza.
Pocos se atrevían a llevarle la contraria al viejo Arvid.
Einar permaneció inmóvil.
Sabía lo que esperaban de él.
Era el guerrero más respetado del asentamiento.
Los demás acatarían su decisión.
Volvió a mirar a Astrid.
El viento levantó un mechón rubio que se había escapado de su trenza.
Ella lo apartó con un gesto distraído.
Aquel simple gesto, tan profundamente humano, hizo añicos la imagen sobrenatural que él había construido de ella.
No parecía una enviada de los dioses.
Parecía perdida.
Y precisamente por eso, resultaba aún más peligrosa.
Porque despertaba algo que él había enterrado hacía mucho.
Compasión.
Einar apretó la mandíbula.
La compasión hacía temblar la mano que empuñaba una espada.
Había aprendido esa lección siendo demasiado joven.
Sin embargo, al mirar aquellos ojos grises, incapaces de ocultar su miedo, comprendió que la amenaza ya no provenía de la mujer que tenía delante.
La amenaza era aquella extraña necesidad de protegerla.
Y ese tipo de impulsos siempre acababan por cambiar el rumbo del destino de un hombre.