Capítulo II
El lenguaje del enemigo
El primer hombre que se acercó a ella no mostraba odio en el rostro.
Solo cautela.
Astrid comprendió entonces que el miedo también existía en el otro bando.
Los aldeanos permanecieron inmóviles, formando un semicírculo silencioso. Ninguno parecía dispuesto a acercarse mientras el guerrero seguía avanzando.
No necesitaba alzar la espada para imponer respeto.
Había algo en su manera de caminar que delataba una fuerza largamente acostumbrada a contenerse.
Astrid inspiró hondo.
No corras.
Todos sus instintos le gritaban que hiciera lo contrario.
Pero había pasado demasiados años estudiando aquel mundo como para ignorar una verdad esencial: un hombre armado perseguía a quienes huían.
Se quedó donde estaba.
El guerrero se detuvo a unos pasos.
La estudió con una intensidad que despojó a Astrid de toda certeza.
No podía comprender su ropa.
No podía comprender su presencia.
Quizá ni siquiera podía comprender por qué ella no parecía lo bastante asustada como para echar a correr.
Su mirada bajó hasta las botas manchadas de barro, se demoró en la tela desconocida de su chaqueta y luego volvió lentamente a su rostro.
Astrid sintió el impulso absurdo de explicarse.
¿Cómo iba a hacerlo?
Ni siquiera ella comprendía dónde estaba.
El silencio se extendió entre ambos.
Entonces él habló.
Las palabras llegaron con claridad.
Nórdico antiguo.
No el idioma de los manuscritos.
No la lengua reconstruida que preservaban los filólogos.
Un idioma vivo.
Áspero.
Musical.
Humano.
Astrid necesitó un momento antes de responder.
No porque no lo hubiera entendido.
Sino porque nunca había esperado oír aquella voz fuera de las páginas de un libro.
Respondió con cautela.
En el mismo idioma.
—No pretendo hacer daño.
El efecto fue inmediato.
El hombre entornó los ojos.
Tras él, los murmullos se propagaron entre la multitud.
Algunos hicieron discretamente el signo protector de Thor.
Otros retrocedieron un paso.
Una mujer que emergía del bosque vestida con ropas imposibles podía ser una hechicera.
Pero una desconocida que hablaba la lengua de sus antepasados resultaba aún más inquietante.
El guerrero no apartó la mirada.
—¿Quién eres?
Astrid sabía que cualquier respuesta sería una mentira.
No podía decir la verdad.
Tampoco podía inventar otro nombre.
Eligió lo único que aún le pertenecía.
—Me llamo Astrid.
Él repitió el nombre en voz baja, como si intentara descubrir de qué tierra procedía.
Luego guardó silencio un largo momento.
—No eres de estas tierras.
No era una pregunta.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No.
Aquella única palabra contenía una distancia de más de mil años.
El viento agitó algunos mechones sueltos de su cabello oscuro.
Solo entonces Astrid reparó en la cicatriz que le surcaba discretamente la mandíbula.
No disminuía su atractivo.
Lo hacía más real.
Aquel rostro no pertenecía a las sagas.
Pertenecía a un hombre que había sobrevivido.
Y por eso mismo, le resultaba imposible apartar la mirada.
Él también parecía estudiarla con una curiosidad involuntaria.
No era hermosa como las mujeres que los escaldos celebraban en sus poemas.
Su belleza procedía de otro lugar.
De la calma con que sobrellevaba el miedo.
De la inteligencia que brillaba en unos ojos incapaces de ocultar lo que pensaban.
Durante un breve instante, ninguno de los dos recordó que eran desconocidos.
El mundo volvió a imponerse cuando un anciano se abrió paso entre la pequeña multitud, apoyándose en un bastón de fresno.
Su cabello era completamente blanco.
Las runas tatuadas en torno a sus muñecas apenas se distinguían bajo la piel curtida.
Miró a Astrid como se mira una profecía olvidada.
Luego se volvió hacia el guerrero.
—Las Nornas no envían a nadie sin una razón.
El silencio volvió a instalarse sobre la aldea.
Un escalofrío recorrió a Astrid.
No sabía qué la inquietaba más.
Que el anciano creyera en el destino.
O que una parte de ella hubiera empezado a preguntarse si tenía razón.
Entonces recordó a Henrik.
El estruendo del derrumbe.
La sangre sobre la roca.
La ambulancia alejándose mientras ella permanecía inmóvil, incapaz de hacer nada.
El recuerdo la asaltó con una fuerza sorprendente.
Cerró los puños.
Tengo que regresar.
Cada momento que perdía allí podía ser otro momento robado a él.
Sin embargo, cuando alzó la mirada de nuevo, el guerrero seguía observándola.
Había algo profundamente contradictorio en su mirada.
La determinación de un hombre dispuesto a expulsarla de su mundo.
Y una vacilación callada que parecía impedírselo.
Astrid comprendió que el verdadero peligro no era haber viajado a través del tiempo.
Era que, por primera vez desde el accidente de Henrik, alguien había logrado apartar sus pensamientos del pasado...
...y obligarla a enfrentarse al presente.