Capítulo 29 #3
Me acerqué a sus labios con sumo cuidado para no alterar su sueño.
Él me había confesado que no había podido dormir bien en todo el mes, y habría caído rendido después de tantas noches de insomnio.
O tal vez se pareciera más a mi padre de lo que yo había imaginado y, como él, fuera incapaz de ver una película completa sin caer en los brazos de Morfeo.
Le di un beso muy muy suave, solo para saborear sus labios, pero mi bello durmiente se despertó.
—Buenos días —bromeé. Él se lo tomó al pie de la letra.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Ya es por la mañana?
Me reí al verlo incorporarse de un brinco.
—No, tranquilo. Solo son las nueve de la noche.
Resopló. Yo le compuse en la medida de lo posible el pelo enmarañado en su frente.
—No te asustes, mis padres ya saben que estoy contigo.
—Ya, pero no vamos a tentar a la suerte. No vamos a pasar nuestra primera noche juntos a dos días de presentarme como tu novio en tu casa... —Me miró de reojo—. Aunque solo hayamos estado durmiendo.
Me reí, pero me levanté sabiendo que tenía razón.
—Sí, debería irme. Es la hora de cenar y no les he avisado de que no iría. Me estarán esperando.
Andoni me acompañó a la puerta.
—Y que conste que aquí el único que se ha dormido eres tú.
—Perdona, es que estaba agotado.
—No te preocupes. He estado la mar de a gusto igualmente. —Me abracé a él de nuevo.
—Yo hacía muchísimo tiempo que no dormía tan bien.
Salimos al porche y recogí mi bici, que estaba tirada en el suelo junto a las marcas del derrape del coche de Jon.
No pude evitar mirar al otro lado del río buscándolo, por si nos espiaba.
Pero era imposible que nos hubiera visto en la casa, tuvo que haber sido cuando estábamos al otro lado del puente.
La carretera quedaba lejos y los árboles de la otra orilla eran demasiado altos.
—¿Quieres que te lleve?
—No, no es necesario. Es temprano, así que daré un paseo.
—Pero estarás cansada —insistió.
—Estoy bien. Además, ya son más de las nueve. Mi padre estará atento a mi llegada. Si te ve conmigo..., no habrá que esperar al domingo para hacer tu presentación oficial. —Me miró dubitativo—. A no ser que tengas prisa.
—No, tienes razón. Voy a necesitar el sábado entero para hacerme a la idea de cómo tratar a unos padres —habló cabizbajo—. La verdad es que... he perdido práctica.
Se me encogió de nuevo el corazón. Aquello iba a ser mucho más duro para él de lo que yo pensaba. Pero enseguida una idea me devolvió la alegría.
Sabía que no sería lo mismo y él ya no era un crío, pero los míos podrían ser también como unos padres para él.
Podría encontrar, en mi familia, su familia.
Preferí no expresarle mi reciente ilusión para que, si quería, la experimentara por sí mismo.
Mis padres eran geniales, cada uno con sus cosillas, pero no podía imaginar unos mejores.
—Espero gustarles —murmuró.
—¡Claro que sí! Es imposible que no les gustes, cuando ya les encantas. De otra forma, ninguno se hubiera tomado tan bien la noticia. Te han invitado a ir a casa, ¿no?
Andoni dio un profundo suspiro y me aupó para montarme en mi bici, igual que la noche anterior.
—¿Volverás mañana? —Me besó sin darme tiempo a responder. Parecía que esa pregunta la hacía por mera cortesía, pues no me daba lugar a poder decir un no. Imposible después de besarme de semejante manera.
Solo pude asentir con la cabeza.
—Hasta mañana, «hada azul» —me susurró en la oreja y la besó con suavidad.
—Hasta mañana, «niño de verdad» —respondí pasando mi mano por su mejilla.
Empujó mi bici desde el sillín y me adentré en el camino del río.
Apenas había recorrido unos metros cuando le oí llamarme.
—¡Espera! —La palabra seguía estremeciéndome.
Me detuve y miré hacia atrás.
—¡Aunque tus padres no lo necesiten, algún día lo haré! —me gritó.
—¡¿El qué?! —No podía imaginar a qué se refería.
—¡Pedirles tu mano!
Me quedé de piedra hasta que él se giró como si nada y se metió de nuevo en su casa.
Tardé varios minutos en reaccionar y reemprender la marcha.
Retrocedí en nuestras conversaciones de la tarde hasta caer en la cuenta de que había utilizado mis propias palabras.
Yo también recordé las suyas. «Lo hemos hecho todo mal».
Él lo creía realmente así, pero yo no opinaba lo mismo.
¿Iba a ser esa su manera de enmendarlo? ¿Pedir mi mano?
Me di cuenta de que tenía una sonrisa de oreja a oreja mientras atravesaba el puente hacia la otra orilla del Bidasoa. Pedaleé más rápido, ansiosa por llegar a casa y confirmar a mis padres que el domingo teníamos que poner un plato más.
Iba tan sumida en mis cavilaciones que de primeras no le di importancia al color púrpura oscuro que había empezado a adquirir el cielo hasta que un fuerte viento me hizo detenerme para no perder el equilibrio y caer al suelo.
Cuando logré apartarme el pelo de la cara y miré hacia arriba, avisté una procesión de nubes violetas avanzando a gran velocidad en dirección al río.
Nunca había visto semejante movimiento ni unas nubes tan peculiares.
Al girarme para seguirlas con la vista, pude divisar un coche rojo atravesando el puente que yo acababa de recorrer.
Era un Seat León que yo conocía muy bien.
Y las nubes parecían seguirlo como la estela de un cometa.