Cuando la noche es púrpura Capítulo 29 #2
97%

Capítulo 29 #2

—Te recuerdo que no habría nada que contar si yo no me hubiera lanzado a tus brazos anoche.

Así que no intentes ir de caballero andante solicitando permiso para pasear con la dama.

—Me giré con la cabeza alta, orgullosa de haber sido yo la que había tomado la iniciativa—.

Y lo hemos hecho perfectamente. Mis padres no necesitan que vayas a pedirles mi mano ni nada parecido.

Con que yo les haya dicho la verdad es suficiente.

Se carcajeó tan fuerte que hizo temblar todo el sofá.

—A veces eres muy graciosa.

—Me alegra divertirte. —No creí haber dicho nada chistoso.

—Caballero andante... —murmuró pellizcándome la mejilla—. ¿No habrás leído el Quijote ?

—Para tu información, leímos varias obras de Cervantes el año pasado en clase de Literatura.

Dejó de reírse, suspiró y me reclinó sobre el sofá, tumbándome de lado junto a él, de forma que estuviéramos frente a frente.

—¿De verdad piensas que yo podría haber aguantado mucho más sin demostrarte cuánto te quiero? —Apartó un mechón de mi pelo y lo sujetó tras mi oreja, robándome un escalofrío.

—Tengo mis dudas. —Confesé mi inseguridad y alcé el rostro para mirarlo—. Ya me rechazaste una vez.

Puso los ojos en blanco, molesto por mi comentario.

—Ya te expliqué anoche por qué reaccioné así. —Me dio un beso firme y largo que me hizo encoger los dedos de los pies—. Jamás volverá a suceder.

Le devolví el beso y me revolví entre sus brazos hasta acoplarme por completo a su cuerpo, tumbándome sobre él. Recorrí su garganta con mis labios y, cuando empecé a soltar los botones de su camisa, detuvo mis manos.

—Hey, para, para. No me refería a esto.

Me levanté al instante y me senté en el sillón, dolida al ver que la pasión no lo dominaba de igual forma.

—Ya veo que no sientes lo mismo que yo —lo acusé.

Se levantó de un salto y se arrodilló frente a mí.

—No digas tonterías. Soy un hombre y tú eres la mujer más deseable del mundo.

Lo miré con gesto de burla en la cara. Sus palabras, más que a muestra de deseo, me habían sonado a palmadita en la espalda. Si lo decía para no hacerme daño, no lo estaba consiguiendo.

De pronto, noté sus manos en mi pierna. La levantó por el pie y acercó su boca a mi tobillo.

—Yo tampoco soy de piedra, ¿sabes? Tengo instintos... animales.

Besó con delicadeza mi empeine antes de ascender con un gran lametón y terminar con un mordisco en mi pantorrilla, acompañado de un rugido. El leve contacto de sus dientes me hizo tantas cosquillas que no pude contener la risa y tuve que apartar mi pierna de sus manos.

Aún me estaba estremeciendo cuando, todavía arrodillado en el suelo, Andoni se aferró con fuerza a mis piernas y apoyó su cabeza en lo alto de mis rodillas. Acaricié la mejilla que quedaba al descubierto y revolví el rebelde remolino de pelo que caía sobre su frente.

—Pero... todo a su tiempo, mi amor —me susurró alzando la mirada hasta encontrarse con la mía. Se quedó así, abrazado en silencio, durante un largo rato.

El revoloteo de un gorrión en el alfeizar de la ventana abierta de la sala distrajo mi vista por un instante. Me sentí molesta con la pequeña ave por haberme obligado a dejar de mirar el rostro de Andoni.

En el camino que recorrió mi mirada desde la ventana hasta mis rodillas, algo fuera de lugar me llamó la atención.

Miré al frente y vi una enorme tele al otro lado de la mesa.

¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta de su presencia hasta ahora?

Me respondí a mí misma en cuanto Andoni levantó la cabeza y me miró a los ojos. Volví a quedarme presa de ellos.

—¿Cuándo has comprado eso? —conseguí preguntarle después de unos instantes perdida en su mirada.

Se levantó y se dirigió hacia ella.

—¿Te gusta? La he traído esta mañana. También he comprado un DVD.

Me levanté a ver el pack electrónico que se había agenciado de un día para otro. La noche anterior nada de eso estaba allí.

—¿Y cómo así? Creía que no te gustaban estas cosas.

Me agarró de las manos.

—¿Por qué va a ser? Desde ya mismo espero que pases mucho tiempo aquí. Sé que a ti te gusta ver películas, y la otra tele no había manera de arreglarla.

Inspeccioné el equipo y pude ver que era nuevo.

—Te ha tenido que costar mucho. Y aún estás empezando a arreglar tu casa.

Me soltó las manos y se agachó para abrir la bandeja del DVD. Metió una película dentro y giró la pantalla hacia el sofá.

—Este mes he aceptado todos y cada uno de los trabajos de carpintería que me han ido saliendo y me he sacado un sobresueldo. —Se giró para mirarme—. Ya sabes, necesitaba estar ocupado.

Se tumbó de nuevo sobre el sofá, arrastrándome y colocándome de espaldas a él. Me abrazó y me tapó con la manta antes de darme los dos mandos a distancia.

—Toma, creo va a ser mejor que esto lo manejes tú.

Conecté ambos aparatos a la espera de ver qué película habría elegido.

Habría apostado por una bélica, de gangsters , de romanos o incluso del oeste.

Cuando empezó a sonar una música suave, me alegré al pensar que podría haber intentado ser romántico conmigo eligiendo una de amor.

Las primeras imágenes tiraron por tierra todas mis hipótesis.

—¡¿ Pinocho ?! —exclamé sorprendida y algo disgustada. ¿Estaba insinuando que era una mentirosa... o que lo era él?

—¿No te gustan las de Disney?

—Sí, claro. Me encantan. —No era ningún secreto que las había visto todas.

—Esta era mi película favorita cuando era pequeño —me confesó—. Por la profesión de mi padre, del verdadero.

La mía era Bambi . Estuve a punto de decírselo, pero recordé que Bambi perdía a su madre al principio de la peli y no creí apropiado abrir la boca. Seguí mirando la tele como si nada.

—Yo antes era un niño de madera —susurró en mi oído. Giró mi cara hacia la suya y me besó—. Tú me has hecho ser un niño de verdad.

Se me encogió el corazón y tuve que contener las lágrimas al oír su metáfora y ver la humedad en sus ojos. Cerré los míos para que no descubriera que yo también estaba a punto de llorar y le devolví el beso, incapaz de responder una sola palabra.

Los diálogos de la película comenzaron y volví la cabeza hacia la tele. Estuvimos viendo toda la película abrazados en el sofá, bajo la manta de cuadros de su habitación.

Cuando la canción final comenzó a sonar, me volví hacia él y le encontré dormido.

Descansaba tranquilo y con media sonrisa en los labios.

Pensé de inmediato en besarlo, pero no lo quería despertar.

Prefería contemplarlo así un poco más. Nunca lo había visto dormir y, salvo porque sus párpados cerrados me impedían ver la belleza de sus iris, dormido era más hermoso si cabe.

Me quedé un largo rato admirando la perfección de su rostro y caí en la cuenta de que estábamos tal y como había fantaseado la tarde que habíamos traído ese tresillo a su casa.

Mi sueño se había hecho realidad y esa iba a ser una de muchas tardes abrazados en su sofá.

No se podía ser más feliz de lo que yo era en ese preciso momento.