Cuando la noche es púrpura Capítulo 29
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Capítulo 29

M e senté y me quité las bailarinas para meter los pies en el río. Andoni se acomodó a lo indio a un par de pasos de mí.

—Para empezar, quiero que quede claro que no soy ningún delincuente. Y, por supuesto, que no he matado nunca a nadie.

—No lo había dudado ni un segundo —le aseguré.

—Pero, además de la caída mortal de mi padrastro cuando me perseguía por las escaleras, sí hubo un incidente grave en el segundo centro de menores en el que estuve. Y sí, estuvo relacionado con drogas y en total hubo dos muertos.

Contuve el aliento. Había creído que eran solo mentiras de Jon.

—El primero fue mi único amigo en aquel lugar horrible al que me trasladaron al cumplir los dieciséis.

Se llamaba Antoine, mi nombre en francés, y también tenía mi misma edad.

Había acabado allí por hurtos menores y tráfico de drogas para costear su propia adicción.

Se estaba rehabilitando, pero alguien empezó a suministrarle anfetaminas.

Las que lo mataron debían de estar adulteradas; lo encontraron muerto en su cama una mañana.

—Lo siento mucho, Andoni.

—Gracias. Era un chaval estupendo, solo había tenido muy mala suerte en la vida, tal vez por eso nos comprendiéramos mutuamente. En su caso, se trataba de un padre alcohólico que le pegaba desde siempre y fue a peor cuando su madre falleció.

—Nunca comprenderé cómo un padre puede golpear a sus propios hijos. Quizá porque yo he tenido mucha suerte con mi familia.

Sin duda, en ese sentido era una privilegiada. Había vivido protegida y al margen de realidades como la de Andoni y otros muchos niños y jóvenes. Aunque era consciente de que existían casos así, no conocer hasta ahora ninguno de primera mano me había hecho considerarlos algo lejano.

—La muerte de Antoine me afectó tanto que me propuse averiguar quién se las había suministrado y hacerle dar la cara para que pagara por ello.

Fingí estar interesado en comprar y el boca a boca hizo que el camello me arrinconara en el gimnasio cuando no quedaba nadie allí.

No se creyó mi artimaña. Recuerdo casi cada palabra que me dijo.

«¿Te piensas que soy estúpido? Te he visto llorar como una nenaza por ese pringado y sé que no probarías ni un porro.

Igual que sé que no tienes huevos como para haber matado de verdad a tu padrastro.

Eres un pardillo. ¿Cuál era tu plan? ¿Que nos pillara el director mientras me pagabas la mercancía? No llevo nada encima, salvo esto».

—¿Qué era?

—Una navaja.

—Dios santo...

—Lo empujé con todas mis fuerzas y eché a correr.

Creo que la similitud a lo que pasó con mi padrastro me hizo batir mi propio récord de velocidad.

Pero habían cerrado la puerta por fuera.

De hecho, sus compinches estaban al otro lado y se rieron cuando di golpes para que abrieran.

Solo tenía dos opciones: pelearme con un tío dos años mayor que yo y de cien kilos de peso, que además iba armado, o escapar por una de las ventanas.

El gimnasio estaba en un primer piso de altura, así que me la jugué. Salté.

»Mathis lo hizo detrás. Yo caí de pie y solo me hice un esguince de tobillo y de rodilla.

Él viró hacia un lado en el aire y cayó de costado a solo un metro de mi posición.

Se fracturó una costilla que le perforó un pulmón.

El vigilante del patio lo vio todo y vino al instante, pidió ayuda... , pero no pudieron hacer nada por él.

—¿Murió allí mismo?

—Antes de que la ambulancia llegara al hospital.

—Cielo santo... —Tragué saliva con dificultad. Me alegraba que Andoni se hubiera librado de ser atacado por aquel chico, pero un final así no se lo deseaba a nadie—. ¿Y tu pierna?

—Estuve unos días en la enfermería, aislado de todos por mi seguridad, hasta que me trasladaron a otro centro bastante menos conflictivo y donde permanecí hasta cumplir los dieciocho.

Este no estaba tan mal, pero la información se cuela por todas partes en esos lugares y mi nombre iba ligado a dos muertes accidentales muy similares entre sí.

Me temían y respetaban, y yo no me metía en líos.

Nadie me preguntó nunca si era culpable o víctima.

Así que no hice ni amigos ni enemigos. Allí pude comenzar la formación en carpintería, que después terminé al ir a trabajar con Vicente una vez que fui libre.

—¿Y por qué no te quedaste con él? —pregunté tras de un largo silencio en el que los dos miramos las aguas meciéndose contra las maderas del embarcadero.

—El hermano de mi padrastro, Nathan, vino un día, a finales de marzo, a joderme la vida un poco más.

Su madre había muerto y, al igual que al fallecer su padre dos años antes, legalmente me correspondía parte de la herencia, como al morir Lucas.

Pretendía que la rechazara en su favor y que no volviera a hacer lo que hice a la semana de cumplir la mayoría de edad: acudir a un notario como me había recomendado el abogado del centro cuando quedé libre de marcharme; solo que, después de aceptarla, la doné íntegramente a asociaciones benéficas.

—Recuerdo que me dijiste que tu padrastro tenía negocios importantes.

—Estaba forrado. Pero como imaginarás, yo no quería ni un céntimo que viniera de él. Tampoco se lo iba a regalar a su familia, que se había encargado de mantenerme internado mientras pudo.

—Los odio a todos ellos por lo que te hicieron —espeté y, cuando él me regañó con la mirada, añadí—: Y no me importa reconocerlo. Me alegra que les dieras esa lección con la herencia.

—Nathan debía de necesitar el dinero con desesperación, porque se enfadó tanto que se dedicó difamarme por el barrio con mentiras y medias verdades.

Eso empezó a perjudicar el negocio de Vicente y algunos vecinos incluso me vinieron a pedir explicaciones de muy malas formas.

Otros, los que conocieron a mis padres y los apreciaban, quisieron interceder por mí.

Llegó a haber un par de disputas vecinales.

Con eso ya toqué fondo y decidí que debía ir a un lugar donde el pasado no me persiguiera y pudiera empezar de cero.

Di con la venta de esta cabaña y me pareció el lugar perfecto.

—Hasta que el memo de Jon ha tenido que ponerse a indagar. Y por mi culpa...

—No ha sido culpa tuya, Edurne.

—Tú estarías de lo más tranquilo aquí si no fuera por mí. Jon jamás se te habría acercado y tu pasado seguiría siendo solo tuyo.

—Tal vez. Pero mi presente no sería ni una milésima parte de lo maravilloso que es ahora, porque tú estás conmigo.

—Me rodeó la cara con ambas manos y sus ojos brillaron al mirarme—.

Vine aquí, precisamente aquí, porque era donde estabas tú.

Ahora lo sé. Mi destino era conocerte. Y aquella noche púrpura fue la señal que me lo anunció, aunque no quisiera darle crédito en su momento, por miedo, por lo difícil que es para mí creer que merezco que me pasen cosas buenas...

—¡Claro que lo mereces! —Más que nadie que hubiera conocido, además.

—Ahora lo sé. Y no pienso permitir que mi pasado me robe la felicidad nunca más.

Aún tenía mi rostro entre sus manos, así que yo hice lo mismo con el suyo y nos besamos con miles de promesas en aquel contacto lleno de ternura y pasión a partes iguales. Después nos quedamos abrazados en silencio, mirando el atardecer.

Di un respingo cuando, de pronto, él me dijo:

—Tú también tienes que darme algunas explicaciones.

Lo miré atónita. ¿Explicaciones? Si se refería a Jon, ya le había dejado claro que nunca había sido su chica, como él había afirmado.

—¿De qué iba eso de que voy a ir a comer a tu casa el domingo?

Miré al agua, algo avergonzada. En efecto, tenía mucho que explicarle y lo había olvidado por completo.

—Es que ayer mi madre me pilló cuando llegué a casa y... no te vas a creer lo que ha pasado hoy.

Andoni se rio ante mi nerviosismo. Me temblaba todo el cuerpo.

—Vamos adentro. Estás helada.

Me cogió en volandas y me llevó hasta la sala. Me encantaba sentirme rodeada por sus brazos.

Me recostó sobre el sofá y trajo una manta de su habitación con la que me cubrió desde el cuello hasta los pies; se sentó a mi lado y me abrazó.

—¿Estás mejor?

—Es imposible estar mejor que ahora mismo. —Me incorporé para besarlo y, aunque me correspondió, se retiró más rápido de lo que yo quería.

—Venga, te escucho.

Suspiré.

—A ver... Mi madre estaba en mi cuarto cuando llegué. Debí de hacer mucho ruido al coger la bici y se quedó esperando a que llegara.

Se rio. No le sorprendía mi poca pericia huyendo.

—El caso es que traté de ponerle varias excusas, pero ella tenía claro que tenía que haber salido a ver a un chico. Lo dedujo por mi estado de ánimo de este mes. —Dudé si decirle esto, pero no quería mentirle en nada—. Y por las veces que me había descubierto llorando, sin que yo me diera cuenta.

—Dios, Edurne, lo siento muchísimo —murmuró y me acurrucó contra su pecho.

—Lo curioso es que no estaba enfadada ni quería que le contara qué habíamos hecho, solo saber quién eras.

Andoni me miró sorprendido.

—Aun así, yo le dije que no habíamos hecho lo que se temía, para tranquilizarla. Cuando supo que eras tú, se alegró. —Por su cara, no parecía muy convencido—. Te tiene en gran estima. Y mi padre también.

—¿También lo sabe tu padre? —Su voz se agitó.

—A él se lo he dicho esta mañana, mi madre ha insistido. Quería que vinieras a casa a comer un día. Y mi padre ha propuesto... que vengas los domingos.

—¿Los...?

—Sí, todos. No solo este.

—¿Dentro de dos días? —El tono de sus preguntas era cada vez más agudo. Casi me reí.

—Sí —confirmé con sencillez y calma.

—¿Estás segura de que quieren que vaya tan a menudo?

—¿Cómo que tan a menudo? Los domingos, a comer. Pero espero que vengas a buscarme a casa otros días de la semana.

Me sentí molesta de repente. ¿Qué tenía pensado él?

—Debería haber ido en persona a contarles mis intenciones contigo. Lo hemos hecho todo mal.