Cuando la noche es púrpura Capítulo 30
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Capítulo 30

A ndoni

No sabría decir qué fue lo primero que me alertó.

Tal vez el repentino cambio del viento, que anunciaba tormenta, y que hizo que la ventana del cobertizo se cerrara de golpe.

Quizá fuera la forma en la que se me erizó la piel ante la electricidad que sentí en el aire al asomarme para comprobar si ya llovía.

El ambiente estaba enrarecido. Cuando alcé la vista, pude apreciar que el cielo ya no era del anaranjado atardecer que rodeaba a Edurne como un halo cuando la vi atravesar el puente en su bici.

Era de un púrpura oscuro, distinto al que contemplé la noche que la conocí y mi corazón volvió a latir con ilusión y esperanza.

Aquel color nocturno fue una señal, no tenía dudas. Así que este tenía que ser otra. Una que, intuía, no auguraba nada bueno.

Temiendo que Edurne hubiera sufrido un accidente antes de llegar a su casa, dejé a medias el boceto del detalle que había pensado llevar el domingo.

En cuanto asimilé la idea de que sus padres me habían invitado a comer, supe que no podía acudir con las manos vacías.

Enseguida resolví qué regalarles y quise ponerme con ello cuanto antes.

El comedero para pájaros en forma de casita para colocar en el jardín fue una de las únicas cosas que mi padre había tenido tiempo de enseñarme a hacer antes de morir; construir uno para Alejandro y Nieves, es decir, para quienes algún día serían mis suegros, me pareció muy simbólico.

En cuanto puse un pie fuera, noté el olor a gasolina. Recorrí con cautela la distancia que separaba el cobertizo de la cabaña. Cuando estaba a medio camino pude divisar a Jon. En sus manos llevaba una garrafa y rociaba con su contenido las paredes de la cabaña.

Grité su nombre y eché a correr hacia él sin pensármelo dos veces.

—¡Eh! ¡Jon! ¡¿Qué te crees que estás haciendo?!

Alzó la vista y sonrió con auténtica maldad. Yo ya había visto sonrisas de ese tipo antes, al igual que aquel odio irracional en los ojos de los hombres que se habían convertido en mis enemigos sin haber hecho nada por merecerlo.

No pareció sorprendido al verme. Al parecer, ya sabía que estaba en el cobertizo.

Seguramente había esperado a que se fuera Edurne para llevar a cabo su insensato plan.

¿Es que acaso pensaba que ella no se iba a dar cuenta de que había sido él el autor del incendio, sucedido pocas horas después de nuestro encontronazo?

—Llegas justo a tiempo para ver cómo tu casa se va a tomar por culo —me gritó, haciéndose oír a pesar del fuerte viento que azotaba—. Lárgate de este pueblo y no vuelvas nunca.

Una vez más, perdí la fe en la humanidad, cuando apenas la acababa de recuperar.

Antes de que pudiera reaccionar, metió un pañuelo hasta la mitad en la boca de la garrafa y sacó un mechero de un bolsillo.

Se disponía a prenderlo cuando pude sentir un nuevo cambio en el viento.

Mi grito de advertencia quedó amortiguado por el fogonazo que provocó la combustión a la vez que una llamarada ascendía un par de metros en el aire.

Aunque Jon soltó el envase, que cayó bajo una de las ventanas, el fuego se extendió por el reguero que él mismo había dejado gotear en el suelo, alcanzándole los pies y, de seguido, las piernas.

A su vez, grandes llamaradas comenzaron a devorar la casa a una velocidad de vértigo, pero eso dejó de tener importancia en ese momento.

Si no hacía algo, Jon —que ya había caído al suelo al tratar de apagar las llamas que parecían trepar por sus pantalones— iba a quemarse vivo.

Me quité la camiseta y me cubrí las manos con ella para golpear las llamas, pero la prenda se prendió con el combustible tan rápido que no sirvió de nada.

En apenas dos segundos evalué mis opciones.

Entrar en la casa a por algo quedaba descartado, pues sería un suicidio.

Arrastrarlo por las axilas hasta el muelle y lanzarlo al río, habría sido efectivo si hubiera estado más cerca.

En cambio, el coche estaba aparcado al otro lado de la casa y dentro llevaba una manta.

Jon gritó mi nombre con desesperación cuando me vio alejarme, creyendo que iba a abandonarlo a su suerte, cosa que él habría hecho en mi lugar, no me cabía duda. Pero yo ya tenía dos muertes sobre mi conciencia, no iba a permitir que una tercera se sumara a mis pesadillas.

Alcancé mi camioneta en pocas zancadas y creí escuchar el motor de algún coche cerca, aunque no me detuve a comprobarlo, pues no tenía un segundo que perder.

Me hice con la manta y me lancé con ella sobre Jon, que gemía de dolor y terror mientras se arrastraba lejos de la casa, que ya era una auténtica antorcha.

—Ya, quieto, ya está —traté de tranquilizarlo.

Me disponía a comprobar los daños y si era capaz de caminar para alejarnos del incendio y, cuanto antes, llevarlo a urgencias, cuando vi correr hacia nosotros a Edurne, seguida de sus padres. No muy lejos, se bajaban de un coche Natalia, Ager y otro hombre adulto al que no conocía.

Después, todo pasó muy rápido. Alguien cubriéndome los hombros con una chaqueta; unas manos comprobando las quemaduras de mis palmas, de las que no era siquiera consciente; la llegada de la ambulancia, la policía y los bomberos, después de que entre varios de los presentes tratáramos de apagar las llamas para salvar al menos parte de la casa.

Ni siquiera la lluvia torrencial fue capaz de evitar que quedara reducida a escombros.

Los bomberos no me permitieron entrar cuando el techo estaba aún sobre las paredes para recuperar los pocos recuerdos que conservaba, era demasiado peligroso. Así que aquella noche mi pasado murió para siempre bajo el fuego. Sin embargo, de aquellas cenizas yo logré renacer.

***

Siete semanas después

Vicente avistó los numerosos coches aparcados al otro lado del puente incluso antes de comenzar a cruzarlo.

Eran muchos más que la semana anterior y tal vez el triple que la primera.

Con ese, ya eran cuatro los fines de semana que acudía a Bera de Bidasoa para colaborar en la reconstrucción de un edificio que, a pesar de ser de propiedad privada, los vecinos consideraban un emblema del pueblo.

En una iniciativa que había promovido Damián —que, además de dueño de la ferretería más antigua de la zona, era concejal en el ayuntamiento—: volver a levantar la cabaña del pescador tras su destrucción a causa de un incendio provocado.

Lo había convertido en una actividad popular.

Todo aquel vecino que tuviera ganas de ayudar era bienvenido.

Bien con sus herramientas, sus ideas o, sencillamente, sus manos.

Había quien colaboraba llevando comida para los recesos, y lo que había comenzado como una breve pausa para recuperar fuerzas, en pocas semanas, había pasado a ser una fiesta de dos horas en la que se compartían platos caseros y postres de recetas familiares.

Aquella actividad colaborativa, en la que los vecinos —tanto de Bera como de otros pueblos cercanos— participaban, no solo tenía como objetivo restaurar el edificio.

También era una muestra de afecto al joven que en pocos meses se había ganado ser considerado un miembro de pleno derecho de la comunidad.

Prácticamente todos lo habían visto con Damián reformando las áreas recreativas, que eran más divertidas y seguras que nunca para los niños.

Zonas de los parques deterioradas, desde hacía tiempo, habían sido por fin reparadas.

Además, el boca a boca había hecho que Andoni hiciera pequeños trabajos para particulares aquí y allá, recomendado por cada nuevo cliente satisfecho.

Que se hubiera ennoviado con la más joven de las hijas de Alejandro y Nieves era solo un extra. El chaval merecía recuperar la casa que había comprado con el compromiso de mantener la estructura original, solo renovándola.

Vicente no podía estar más orgulloso del que consideraba su ahijado, ni más feliz por él.

Había encontrado su destino y, aunque le había vuelto a tocar lidiar con el odio y la violencia intrínsecos al ser humano, también había descubierto que el amor y la amistad son fuerzas aún más poderosas y, sobre todo, duraderas.

Porque allí había encontrado su verdadero hogar.

Bueno, su hogar físico estaba a medio construir, era cierto.

Lo que había hallado era su lugar en el mundo.

Daba igual que tuviera que dormir unas semanas más en el cobertizo —por elección propia, ya que había rechazado ser acogido en casa de Edurne, de Damián e incluso de Ager, con quien había entablado buena amistad desde el accidente de Natalia y aún mejor tras el suceso con Jon—.

Lo de aquel otro muchacho, apenas un año mayor que Andoni, dio mucho que hablar en toda la región durante los primeros días, ya que además era hijo de un inspector de policía que había crecido en Bera.

No obstante, las quemaduras de segundo grado que Jon había sufrido en la mitad de su cuerpo fueron consideradas suficiente castigo por la mayoría.

Si bien, una vez que se recuperara de las lesiones más graves, debería cumplir los servicios comunitarios que se le impusieron en un juzgado de Pamplona.

Y, por supuesto, la idea de seguir los pasos de su padre como policía, una vez terminada la universidad, quedaba descartada por completo.

Vicente divisó a Andoni en una de las ya no tan improvisadas mesas que se habían dispuesto junto al embarcadero con unos tableros y unos caballetes para la hora de la comida.

Le alegró comprobar que ya se había quitado las vendas de las manos, lo que indicaba que sus quemaduras ya habían sanado.

Más aún le ilusionó ver que su sonrisa era más amplia que nunca cuando miraba a aquella dulce muchacha, que le ofrecía un plato con lo que parecía un bizcocho de chocolate, con tanto amor en su expresión que a Vicente casi se le saltaron las lágrimas.

—¿Llego a tiempo para el postre? —preguntó con un nudo en la garganta.

—¡Vicente! ¡Claro que sí! ¡Bienvenido!

Edurne le sirvió una porción del bizcocho que se había animado a cocinar por primera vez y se encargó de hacerle un hueco en la mesa junto a ellos.

Se había mostrado entusiasmada al conocer al fin al «ángel de la guarda» de Andoni, como ella misma lo había bautizado.

Y no había visita en la que no le agradeciera de nuevo la oportunidad que le dio de aprender una profesión y de tener un hogar de verdad cuando por fin fue libre para hacer con su vida lo que quisiera.

Él no se había quedado corto en elogios para ella y su familia, que ahora era la de Andoni.

Aunque él siempre ocuparía un lugar especial en el corazón del muchacho, quien a su vez se mostraba entusiasmado con que Vicente y Damián hubieran hecho buenas migas.

Para Andoni, eran sus dos padrinos, y así se los declaró una de esas tardes de sobremesa antes de reemprender el trabajo de reconstrucción, dejándolos al borde de las lágrimas.

Aquel era el último fin de semana del verano. Los estudiantes volverían a la universidad, los días serían más cortos y el tiempo no acompañaría con cielos despejados y temperaturas agradables que permitieran disfrutar de aquella actividad como algo lúdico.

Sin embargo, muchos años después, cuando por aquella casa corretearon los piececitos de dos niños de ojos verdes y pelo negro detrás de un enorme y juguetón perro de aguas, se siguió manteniendo la tradición anual del último fin de semana del verano, en el que la familia que vivía en la cabaña del pescador organizaba una comida popular en memoria y agradecimiento a lo que el trabajo y el apoyo de una comunidad puede ser capaz de crear.