Cuando la noche es púrpura Capítulo 28
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Capítulo 28

—D espierta dormilona. —Mi padre abrió las cortinas y dejó que el sol inundara mi habitación.

—¡Papá! ¡Me estás dejando ciega! —protesté.

—Son las once de la mañana y ni tu madre ni tú os habéis levantado aún. —Me atizó con el periódico enroscado, como si fuera un toro en San Fermín. No me hizo daño, pero gruñí—. ¿Se puede saber qué anduvisteis haciendo anoche?

Tragué saliva. Mi padre podría habernos oído desde su habitación.

—Nada, ¿por qué?

—Tu madre me despertó al volver a la cama casi a las tres de la mañana. Me dijo que había estado hablando contigo. ¿Te ocurre algo?

—No, nada. Es que ninguna de las dos podíamos dormir —intenté sonar despreocupada.

—Pues bien, que podéis dormir hoy. Venga, a la ducha. —Volvió a intentar darme con el periódico, pero lo esquivé dando un salto de la cama.

Cuando salí de la ducha me crucé con mi madre. Estaba sonriente.

—Corre, Edurne, vístete y baja a ayudar a tu padre. Me ha dicho que hoy va a preparar él la comida, eso es que tiene que estar de muy buen humor. Aprovecha.

—Vale, enseguida voy. —Me apresuré a secarme con la toalla hasta que, de pronto, sumé dos más dos—. Pero ¿qué tengo que aprovechar?

—Es el momento perfecto para que le digas lo de Andoni.

Me quedé helada.

—Mamá, no hace falta que sea hoy mismo.

—Claro que sí, es mejor que se lo digas mientras esté de vacaciones. La vuelta al trabajo le va a poner de mal humor. Solo tienes hasta el lunes, y hoy es viernes.

Cerró la puerta del baño y yo me fui a vestir.

¿Cómo se suponía que iba a contárselo? Jamás había hablado de esos temas con él. No sabía cómo empezar.

Cuando bajé a la cocina mi padre estaba tarareando Satisfaction , de los Rolling Stones, mientras picaba los pimientos para la paella. Efectivamente, estaba de muy buen humor. Si había un momento para decírselo, sin duda era ese.

—Qué bien huele. —Quise empezar con buen pie la conversación. Además, era cierto.

—¡Edurne! Ven, corre, aparta las patas de conejo del fuego, que se van a churruscar.

Estuvimos unos minutos mezclando los ingredientes sin decir nada. Los tarareos de mi padre hacían más llevadero aquel silencio. No era capaz de empezar una conversación que me llevara a lo que le tenía que decir.

—¿Por qué no vas poniendo la mesa? Aquí no hay mucho más que aportar, solo esperar a que se haga el arroz.

Saqué el mantel, los platos, los cubiertos... Todo más despacio que de costumbre. Cuando fui a coger los vasos del armario, tuve que ponerme de puntillas para alcanzar los de la última balda. Mi padre se acercó para ayudarme, pero yo ya me había hecho con tres.

—¿Cuándo has dado ese estirón? Juraría que la última vez que cociné, no llegabas a esa estantería.

¡Por fin! Algo que me daba pie a sacarle el tema. Ahora me moría de nervios de decírselo. Pero tenía que hacerlo, quería hacerlo.

—Papá, ya no soy una niña.

—Tú siempre serás mi princesita —me dijo a la vez que me revolvía el pelo.

Odiaba que me llamara princesita . De pequeña me gustaba, pero ahora me hacía sentir como si tuviera diez años. Justo lo contrario a lo que le quería hacer ver.

—A lo que me refiero es a que ya soy mayor para ciertas cosas.

Apartó la vista del fuego y me miró arqueando una ceja. Mala señal.

—¿Adónde quieres que te deje ir esta vez?

—No, papá. La cosa no va por ahí.

—¿Entonces, es que piensas llegar tarde este fin de semana?

Esto iba a ser más difícil de lo que pensaba.

—Tampoco. No te quiero pedir permiso para hacer nada. Quiero contarte algo que ha sucedido... hace poco.

Mi padre debió de notar cómo temblaba mi voz y se asustó. Bajó el fuego y me sentó en mi silla. Él cogió la suya y se acomodó frente a mí.

—¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien?

—Sí, estoy muy bien. No es nada por lo que te tengas que preocupar.

Demasiado tarde. Ya estaba preocupado. Nos miramos en silencio unos segundos.

—¿Entonces, qué es? —me apremió con nerviosismo en su voz.

Podía hacerlo, no era para tanto. Mi padre ya tenía una hija casada. Se había ido de casa con apenas veintidós años. Esto no podía suponer una tragedia familiar.

—Verás, hace un tiempo conocí a un chico y nos empezamos a llevar bien. Nos vimos más a menudo y estamos tan a gusto juntos que...

—Edurne, ¿intentas decirme que tienes novio?

Asentí en silencio. Mi madre entró en la cocina y nos encontró en plena conversación. Volvimos la cabeza hacia ella al notar su presencia y ella nos sonrió.

—Tú ya lo sabías, ¿verdad? —la acusó mi padre.

—Me he enterado hace poco. —Se acercó al fuego y maneó la paella con movimientos circulares—. Esto se está pegando.

Mi padre se levantó y apagó el fuego. Yo me quedé sentada esperando que se volviera a sentar y me hiciera un interrogatorio digno de una película policíaca.

—¿Ya le has dicho quién es?

—¿Es que le conocemos? —Mi padre se sorprendió más ante esa posibilidad que cuando había deducido de mis torpes explicaciones que tenía novio.

Los dos se quedaron mirándome esperando mi respuesta. Mi madre no lo iba a decir.

—Sí, es Andoni. —Noté que la expresión de mi padre no cambiaba—. El chico que nos ha hecho el armario del desván —añadí.

—¡Ese chico es mucho mayor que tú! —exclamó en cuanto terminé de hablar.

—No, no lo es. Me lleva solo dos años.

Mi padre se quedó pensativo unos segundos y se volvió hacia el fuego para remover la paella.

—Aparenta más de veinte —murmuró—. Habla como un adulto.

—Ha tenido una vida... difícil. Se ha visto obligado a madurar demasiado pronto.

No le iba a dar más explicaciones sobre su pasado. Era un tema personal que, si Andoni quería, algún día les contaría a mis padres él mismo.

—Cariño, ¿has olvidado la edad que teníamos cuando nos conocimos?

Mi madre había decidido intervenir. Ya era hora.

—Ya veo que estáis compinchadas —rumió.

—Bueno, ya estoy enterado de vuestro secreto. Me alegra que hayáis decidido dejarme formar parte de él.

Estaba resentido por haberse enterado más tarde que mi madre. Me resultó gracioso verlo enfurruñado más por eso que por el hecho en sí de que estuviera con un chico.

—Venga, cariño, no te pongas así. —Mi madre le dio un beso—. Ya te he dicho que lo sé desde hace muy poco. Ni siquiera he hablado con el muchacho.

Mi madre miró hacia mí y me guiñó un ojo. Era el aviso de que pensaba dar algún paso.

—De hecho, quería proponerte que le invitáramos a comer. Solo lo conocemos en calidad de carpintero. Estaría bien que tuviéramos con él un trato más allá de lo profesional.

Mi padre le arqueó una ceja esta vez a mi madre antes de retirar la paella del fuego y llevarla a la mesa.

—Me parece bien. —Aluciné al ver que mi padre accedía sin más—, Puede venir los domingos. Es demasiado joven para vivir solo en esa cabaña como un ermitaño.

¿Había dicho los domingos? ¿No algún domingo?

—¡Estupendo! —exclamó mi madre y se sentó a la mesa—. El próximo domingo pondremos un plato más.

La atravesé con la mirada. Estábamos a viernes. Solo quedaban dos días y Andoni ni siquiera se podía imaginar que mis padres supieran nada. ¿Cómo le iba a decir que estaba invitado a comer el domingo? Bueno, ese y todos los siguientes según mi padre. Esto era surrealista.

—Edurne, tú coméntaselo y, si puede o le apetece, que venga.

—¿Por qué no iba a querer? —planteó molesto mi padre.

—No lo sé. Igual le da algo de apuro.

—¿Apuro? Ya nos conoce y, si pretende salir con nuestra nena, ya puede venir aquí y dar la cara.

Tuve que cortar la conversación para que no llegara a convertirse en una discusión. Quería que el tema se zanjara cuanto antes.

—No os preocupéis, seguro que si no tiene trabajo viene encantado. Luego voy a ir a verlo y se lo diré.

—¿Trabajo un domingo? ¿Un carpintero?

—Sí, papá, un domingo. Además de los trabajos de carpintería que le van saliendo, se encarga de la conservación de las zonas recreativas del río. Si algo se rompe, no puede esperar a que llegue el lunes —lo excusé.

—¡Al menos tendrá que parar a comer! —concluyó mi padre—. Dile que aquí nos sentamos a la mesa a las dos y media. Que no se retrase.

Sirvió la paella en los tres platos y dio por finalizada la conversación. Mi madre me sonrió con una mirada cómplice y probó un bocado.

—Está muy rica, cariño, apenas se nota que se haya pegado.

Mi padre gruñó algo irritado, pero suspiró cuando la probó. Yo comí con apetito y di mi aprobado con un gesto de asentimiento. Él puso los ojos en blanco y acabamos los tres riéndonos. Asunto zanjado.

Después de fregar los platos me lavé los dientes, me puse la camiseta que me había comprado en Francia y mi falda blanca por la rodilla. Sabía que me molestaría para pedalear, pero me encantaba cómo me quedaba.

Bajé de tres saltos las escaleras y salí corriendo de casa.

—Me voy a ver a Andoni, hasta luego —anuncié antes de coger mi bicicleta.

Por primera vez desde que le había conocido había confesado a pleno pulmón que iba a verlo, nada más y nada menos que a mis padres.

Ellos se habían enterado antes que mis propias amigas.

Quién lo iba a decir. Pensé la forma de explicarle a Andoni lo ocurrido en mi casa sin que se asustara.

No tenía ni idea de cómo se lo iba a tomar.

Por lo menos él era el que me había dicho que quería que mis padres supieran que nos veíamos.

Pero de ahí a ir a comer a mi casa una vez por semana había un abismo.

En cuanto me adentré en el puente, pude ver el techo de la cabaña y, pocos segundos después, distinguí un coche rojo aparcado al final del camino. No me hizo falta estar mucho más cerca para reconocer el Seat León de Jon. ¿Qué rayos hacía allí?

Dejé mi bici junto al coche y miré por la ventanilla.

Las llaves estaban puestas en el contacto, pero él no se encontraba dentro.

También pude divisar varias latas de cerveza vacías sobre el asiento del copiloto.

Traté de mantener la mente fría y enseguida descarté la posibilidad de que le hubiera ido a hacer algún encargo de carpintería, y menos habiendo bebido.

Tenía un pálpito, y no auguraba nada bueno.

Entré en la cabaña sin llamar a la puerta.