Cuando la noche es púrpura Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

—Tanto que la he gastado. —Rio como avergonzado—.

Antes de acostarme, me he estado dando el masaje como tú me lo hiciste antes de irte.

Era una forma de sentirte conmigo. Es normal que luego no pudiera pegar ojo pensando en ti, en tus caricias...

—Volvió apretarme contra su cuerpo, recorriendo mis brazos con sus manos.

El sonido del motor de un coche nos sobresaltó.

Estaba a pocos metros, en la carretera paralela al río, y avanzaba con lentitud y sin encender las luces, por lo que, en la oscuridad y detrás de los árboles del paseo, no se distinguían ni el modelo ni el color.

De pronto aceleró y se perdió a lo lejos.

La misteriosa presencia me hizo recordar que yo debía marcharme a mi casa cuanto antes.

—Vas a coger frío —bromeé frotando su espalda. Su piel aún ardía a pesar de que el viento había empezado a soplar más fresco—. Será mejor que me vaya.

Sonrió de forma traviesa, delatando sus intenciones, y me levantó del suelo como lo había hecho antes en su cocina. El corazón volvió a latirme de forma descontrolada.

—¿Vendrás mañana? —inquirió justo antes de besarme, sin darme tiempo a responder a la pregunta. Cuando liberó mis labios estaba tan aturdida que casi no podía ni hablar.

—Si de verdad quieres que me vaya a casa, no deberías besarme así —le advertí intentando bajar de su cintura. Tardó unos segundos en soltarme y dejarme en el suelo—. No soy de piedra, ¿sabes? —Deslicé mi dedo índice por el contorno de sus abdominales.

—Tienes razón. Esta vez ha sido culpa mía —reconoció entre risas—. Pero es que ya no puedo resistirme a tus labios. Me vuelven loco.

Acarició mi mejilla con su ahora suave mano y dibujó el contorno de mi boca con su pulgar. El pulso se me aceleró al recordar que no era la primera vez que recibía esa caricia. En su día me había negado a interpretarla como lo estaba haciendo ahora. ¿Sentía eso por mí desde entonces?

Dando un paso hacia atrás, tomó mi mano e, inclinándose hacia delante, hizo una reverencia y la besó en el dorso.

— À demain, mademoiselle —se despidió de mí hasta el día siguiente, en un guiño a mi viaje a Francia, supuse.

— Enchanté, monsieur —le respondí en un francés muchísimo peor que el suyo.

Temí que el recuerdo de sus años en el país lo perturbara, pero siguió de un humor excelente.

—Oh, el placer ha sido mío. —Me sentó en la bici como si fuera una niña pequeña que está aprendiendo a andar—. Ve con cuidado.

Lancé un beso al aire y me adentré en el camino mirando hacia atrás mientras me alejaba de él. Se quedó quieto al final del puente hasta que me perdió de vista. Pude sentir su sabor en mis labios mientras pedaleaba.

Al llegar a casa dejé la bici de vuelta en el garaje y entré con sigilo por la puerta de atrás.

Subí los escalones de puntillas y con las bailarinas quitadas para no hacer ruido.

Al pasar por delante de la puerta de la primera habitación, pude oír los ronquidos de mi padre.

Entré a cámara lenta en la mía y casi me dio un infarto al ver una silueta sentada en mi cama a oscuras.

—¡Mamá! —exclamé tapándome la boca para evitar que se oyera mi grito.

—Cierra la puerta y ven aquí, Edurne. —Cuando encendió la luz de mi lamparita de noche, pude ver que su rostro era tan severo como su tono de voz.

Obedecí sin rechistar. Me senté junto a ella en la cama. Tenía la cara aún más seria que el día que había llevado a casa el boletín de quinto curso con tres suspensos.

—¿De dónde vienes? —Su voz se volvió neutra.

—De dar un paseo en bici —respondí lo más rápido que pude. ¡Qué mal se me daba mentir!

—Sabes que no me gustan las mentiras, Edurne. —Me señaló con el dedo índice a la altura de la cara.

No tenía ninguna excusa creíble. Pensé en decirle que había ido con mis amigas, que me habían llamado repentinamente al móvil y que no había querido despertarlos.

Pero no iba a colar. La mayoría estaba de vacaciones y, además, ¿a dónde íbamos a ir esa noche?

Era jueves, nada en el pueblo estaría abierto a partir de las doce, aun siendo verano.

—Sé que has ido a ver a alguien —me advirtió—. Dime quién es él.

Mi madre siempre se adelantaba a los acontecimientos, parecía que podía ver más que cualquier otro ser humano. Intenté eludir su interrogatorio, pero no pude.

—¡Qué cosas tienes, mamá! ¿A quién iba a ir a ver a estas horas? —Arqueó una ceja como lo habría hecho mi padre—. Me apetecía dar un paseo por el río después de un mes sin estar en casa. Echaba de menos el pueblo.

—Vamos, hija, que no nací ayer. Has estado todas las vacaciones ausente, con la cabeza en otro lado. Juraría que te he pillado llorando en más de una ocasión.

Me sorprendió que me hubiera visto llorar. Había intentado esconderme todas las veces que me daba el bajón. Pero eso no había sido suficiente para escapar al talento de mi madre.

De pronto, cambió el tono de su voz y levantó mi barbilla con ternura.

—Edurne, no tiene nada de malo estar enamorada. —Abrí los ojos como platos—. Lo que no está nada bien es que te escapes de noche para estar con él.

—Lo siento, mamá, es que no podía esperar más —me excusé a la vez que admitía su afirmación.