Capítulo 27 #2
Una ola de calor recorrió todo mi cuerpo cuando Andoni volvió a bajar por mi cuello besándome hasta llegar al final del pronunciado escote de mi camiseta.
Se detuvo y levantó la parte inferior dejando mi estómago al aire.
Recorrió con sus labios el contorno de mi cintura, parándose a cada poco para acariciarme con la punta de su nariz y rozar su mejilla contra mi abdomen.
Perecía un gatito mimoso olfateando y comprobando la suavidad de mi piel.
Con su rostro hundido a la altura de mi ombligo, colocó sus manos sobre mis costillas y coló las puntas de sus dedos por debajo de mi camiseta, levantándola unos centímetros más.
Sus yemas quemaban al contacto con mi piel y la forma en que su lengua comenzó a ascender, zigzagueando desde mi ombligo, me hizo respirar a un ritmo tan desacompasado que no pude evitar dejar escapar un desesperado gemido.
Al instante, Andoni se detuvo.
Se incorporó y se sentó. Me miró unos segundos antes de tirar de mí, agarrándome por las muñecas, y me sentó sobre su regazo.
—Dios mío. Casi consigues hacer que pierda el control —me reprochó, aunque con una sonrisa, y apartó unos mechones de pelo de mi cara.
Yo todavía jadeaba intentando controlar los latidos de mi corazón. Podía sentir el suyo golpear desbocado en su pecho desnudo.
—Tú me has hecho perderlo por completo —contraataqué mientras me acurrucaba entre sus brazos.
Volví a percibir el maravilloso olor de su piel e inhalé profundamente para llenarme de ese aroma que me turbaba. Empecé a besar su pecho a la altura de su corazón para poder sentir también su sabor. Pero me detuvo, levantando mi barbilla y posando su pulgar sobre mis labios.
—Para, o conseguirás volver a confundirme. —Esta vez me miró con gesto severo.
—No quiero dejar de besarte. —Posé mis labios en su dedo con suavidad.
Andoni volvió a detenerme cogiendo mi cara entre sus manos. Pude ver una sombra de culpabilidad en su mirada antes de que cerrara los ojos y me diera un delicado beso en los labios.
—Edurne, yo tampoco quiero dejar de besarte, pero es lo que debemos hacer —susurró con su boca aún en la mía.
—¿Por qué? No lo entiendo.
—Precisamente porque no quiero dejar de besarte nunca, debes volver ahora a casa. Estoy seguro de que tus padres no saben que estás aquí.
—No, no lo saben. Pero ya me he escabullido. Si se llegan a enterar, da lo mismo que vuelva ahora o a la mañana —resolví acariciando su hombro.
—No da lo mismo. Quiero poder estar contigo mañana, y pasado, y al otro. Es mejor que ahora te marches.
Me incorporé y me senté a horcajadas sobre él, colocando sus manos alrededor de mi cintura.
No quería irme, quería estar con él y lo demás me daba igual.
Me sentía incapaz de razonar, había un impulso más fuerte que la razón que me ordenaba tocarlo, besarlo, respirarlo...
Decidí continuar donde él lo había dejado.
Me quité la camiseta y le dejé caer a un lateral del sofá.
—Edurne, detente ahora o yo no podré hacerlo después.
—Estaba muy serio, pero en sus ojos había un profundo deseo que ya no podía ocultarme.
Hice caso omiso de su advertencia y busqué de nuevo su boca, incrementando poco a poco la intensidad.
Pude sentir cómo su respiración se volvía a acelerar y cómo sus manos recorrían mi espalda apretándome contra él.
Besé el contorno de su oreja y le susurré:
—Quiero quedarme esta noche contigo.
Sus labios, que estaban recorriendo mi garganta, se detuvieron en seco al llegar a mi clavícula. Me agarró por los hombros y me separó de él.
—Basta, por favor, no me hagas esto —me rogó cerrando los ojos.
Me levanté y busqué mi camiseta para volver a ponérmela. Andoni estaba petrificado en el sofá, mirándome como un cachorro perdido. Me senté en el sillón para darle un poco de espacio.
—Edurne, no quiero que te vuelvas a equivocar. —Se inclinó hacia mí y me cogió las manos—. No quiero que te vayas; si fuera por mí pasaría esta y el resto de las noches de mi vida contigo. Pero debes irte.
—Vale, tranquilo, lo entiendo. —Mi capacidad de razonar empezaba a reactivarse en mi cabeza.
—Vamos a ir poco a poco. Hoy ha sido nuestro primer beso. Dejemos lo demás para más adelante —propuso entre risillas.
—Bueno..., hoy hemos hecho mucho más que darnos un beso —le recordé por si había sido capaz de olvidarlo en tan poco tiempo.
—Cierto, y no deberíamos haber ido tan lejos. —De pronto se puso serio—. Vamos a justificarnos con que ha sido todo a causa de la euforia del reencuentro.
—Si prefieres verlo de ese modo —le dije algo resentida—. Yo lo veo así: nos hemos dejado llevar por lo que sentimos. Y eso no tiene nada de malo.
Me soltó las manos y se apoyó contra el respaldo del sofá.
—Sí tiene algo de malo. Tengo veinte años, tú solo diecisiete, y tus padres ni siquiera se imaginan que estás aquí.
—Esa excusa no me vale —protesté enfadada y él puso gesto de enfado también—.
Ya estoy más cerca de los dieciocho que de los diecisiete.
Y no es como si fueras un señor de cuarenta, solo me llevas dos años.
Mis padres se llevan más. Mi cuñado le lleva más a mi hermana.
Hasta Ager es tres años mayor que Natalia. Así que no, no hemos hecho nada malo.
Andoni se echó a reír. Me sorprendió que lo hiciera después de ponerme una cara tan seria. Tal vez con mis cálculos de edades se había hecho un lío.
—¿Cómo haces que todo parezca tan sencillo siempre?
—Es cuestión de práctica —le respondí como ya lo había hecho en otra ocasión y le devolví la sonrisa—. Pero aún tengo más. Dudo de que los padres de ninguna adolescente sepan cuándo, dónde y, si me apuras, con quién se acuestan sus hijas por primera vez.
—No puedo rebatirte tampoco eso. Pero concédeme por lo menos que los tuyos sepan que tú y yo... Bueno, de momento, que sepan que vienes por aquí. No quiero que piensen cosas raras, sobre todo después de ser tu madre la primera en darme trabajo en el pueblo.
—Está bien —accedí—. De momento les diré que somos amigos y que te suelo visitar. ¿Estás contento?
—Muy contento. Y ahora —se levantó y me cogió de la mano para acompañarme hasta la puerta— te llevaré a casa.
—De acuerdo, me iré. Pero creo que es mejor que vaya sola. Si te ven conmigo, sí que empezarán a imaginarse esas cosas raras que tú dices.
Me acompañó hasta la bici y anduvimos muy cerca el uno del otro hasta que cruzamos el puente.
—Este es el límite seguro. Más allá podría vernos alguien. —Me detuve, solté la bici sin miramientos y lo abracé.
—Está bien. Pero ve con cuidado. Es muy tarde, casi tanto como cuando te conocí.
—Estás tal como te recuerdo de aquel momento. —Acaricié su pecho, besándole en el corazón.
—Y tú. Aunque hoy estás preciosa, como siempre, aquella noche...
—hizo una pausa y levantó mi cara para que le mirara— eras una aparición.
Creí que estaba soñando cuando te vi. —Lo vi tratar de contenerme y me satisfizo de manera inexplicable que se rindiera y me besara con dulzura antes de seguir con su confesión—.
Al día siguiente aún dudaba de si aquello había sido un sueño o no.
De hecho, no estuve del todo seguro hasta que te volví a ver.
Sonrió. Yo no pude evitar besar la comisura de esos labios que rozaban la perfección.
—Quién me iba a decir que iba a tener entre mis brazos a aquel ser divino. —Recorrió mi mejilla con una caricia de sus dedos. Se me erizó toda la piel.
—Quién me iba a decir que iba a volver a besar al chico que me había rechazado hacía solo un mes. —Me miró con cara seria—. Antes te has equivocado. Hoy no ha sido nuestro primer beso.
—Sí, sí que lo ha sido. Porque aquel día yo fui tan imbécil de no confesarte mis sentimientos y de no corresponder a aquel beso que he estado recordando una y otra vez desde entonces.
No pude evitar echarme a llorar. Y no quería volver a hacerlo delante de él. No ahora que ya conocía sus verdaderos sentimientos.
—No llores, por favor —me rogó refugiándome entre sus brazos.
—¿Por qué? ¿Por qué dejaste que pensara que no me querías? —le reproché a moco tendido.
—No lo sé. Estaba asustado. He pasado tantos años a la defensiva, tratando de evitar cualquier tipo de relación lo suficientemente cercana como para volver a sufrir si la perdía que... me cerré en mí mismo. Hasta que llegaste tú.
—No vas a perderme. —Me apreté contra su pecho. Él me besó en lo alto de la frente.
—Me he estado atormentando cada noche de este último mes pensando en que podría pasarte algo y que no te volvería a ver.
No sabía nada de ti, ni dónde estabas ni si te encontrabas bien.
—Me abrazó con más fuerza—. Cuando me contaste que te irías de vacaciones, estuve pensando en pedirte que me escribieras, incluso en comprarme un móvil para llamarte.
Pero esa noche me dijiste que adelantabas el viaje y te fuiste sin dejar que me explicara.
Incluso fui a tu casa al amanecer para hablar contigo y, cuando llegué, ya no estabas.
Recordé la visión de su camioneta por el camino del río cuando nos marchábamos aquella mañana. No lo había soñado, era él.
—Unos minutos antes y no habríamos sufrido tanto ninguno de los dos.
—La electricidad y la fontanería de la cabaña no irían tan avanzadas si no me hubiera pasado las noches arreglándolas para no pensar en ti.
—Lo miré con el ceño fruncido—. Requieren mayor concentración y era lo único que te disipaba de forma temporal de mis pensamientos.
La carpintería me resulta más sencilla y me deja pensar en otras cosas.
—Vaya, al menos mi ausencia ha resultado productiva. —Entrelacé mis manos con las suyas.
—Habría preferido que no te fueras y tener que seguir bañándome en el río o encendiendo velas.
Noté que sus manos ya no estaban tan ásperas. Antes ya las había sentido suaves y dulces por todo mi cuerpo, pero no me había podido parar a pensar en el porqué.
—Veo que has usado la crema. —Le acaricié los nudillos.