Cuando la noche es púrpura Capítulo 27
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Capítulo 27

E ran casi las once de la noche cuando llegamos a casa.

Llevaba todo el camino pensando en lo que iba a decirle a Andoni cuando le volviera a ver.

No quería perder su amistad y, si eso era todo lo que podía darme, era mejor que no poder estar con él.

Con ese mes separados había tenido más que suficiente.

Mi padre y yo descargamos las maletas del coche mientras mi madre empezaba a preparar la cena.

Yo no tenía hambre, estaba demasiado nerviosa como para sentarme a la mesa.

Aun así, le di un bocado al pastel de frambuesas de mi tía, demasiado delicioso como para no comerse un trozo en cualquier momento.

—Mamá, para mí no hagas nada. Estoy agotada y me voy a la cama —anuncié y subí las escaleras hacia mi habitación cargando mis dos maletas.

—Edurne, no has comido apenas nada en todo el día. Tienes que cenar algo —me regañó mi padre.

—De verdad que estoy agotada , solo quiero dormir. Con un poco del pastel de la tía me vale, de veras —concluí sin detenerme. Ya estaba en mi habitación cuando terminé la frase.

Necesitaba estar sola y dormirme para al día siguiente ir lo más pronto posible a casa de Andoni.

Me moría de ganas de verlo, de hablar con él.

No sabía qué pensaría tras nuestro último encuentro.

¿Y si no quería volver a verme? Había tenido todo un mes para olvidarse de mí.

Si no quería complicaciones con una chica que buscaba en él algo más que amistad...

No, no iba a pensar eso. Él quería ser mi amigo y no había querido que me marchara mal, pero yo no podía quedarme allí llorando mientras él me rechazaba.

Había necesitado un mes alejada para asumirlo y poder enfrentarme a ello sin llorar.

Deshice mis maletas, separando la ropa para lavar, que era casi toda.

Cada movimiento que hacía era más lento que el anterior, por lo que tardé una hora en vaciarlas, aún más de lo que había tardado en hacerlas.

No podía concentrarme en lo que tenía entre manos.

Lo único que ocupaba mi cabeza era que me encontraba muy cerca de Andoni y que quería verlo. No podía esperar más.

Me aseguré de que mis padres se hubieran ido a la cama antes de bajar las escaleras.

Si me pillaban me iba a caer una buena. No tenía ninguna excusa creíble para escaparme a las doce de la noche.

Me deslicé por la puerta trasera para coger mi bici del garaje y pedaleé despacio unos metros, pero aumenté la velocidad en cuanto me adentré en el camino del río.

El cálido viento veraniego hacía que mi falda se levantara y me molestara para pedalear. Estuve a punto de caerme un par de veces intentando sujetarla, así que empecé a avanzar más despacio, angustiándome por no poder llegar unos minutos antes.

En cuanto pasé el puente al otro lado del río, pude ver la luz encendida en la cabaña del pescador.

Andoni estaba en casa y, además, despierto.

Respiré aliviada y bajé de mi bici para acercarme a pie.

Necesitaba pensar una excusa para explicarle qué hacía allí a esas horas de la noche.

No quería que creyera que lo estaba acechando ni nada parecido.

Para cuando llegué a la puerta, aún no tenía ningún motivo convincente.

Aun así, llamé, pensando improvisar mis palabras a la vez que sabía que no era una buena idea. No respondió.

—¿Andoni? ¿Estás aquí? —pregunte antes de tratar de girar la manilla. La puerta se abrió y avancé casi de puntillas por la sala. No estaba allí.

Atravesé la estancia y llegué a la de la cocina. Pude oír unos golpes, aquellos familiares sonidos que tanto había extrañado durante ese mes. Andoni estaría arreglando alguna cosa incluso a medianoche. Me sentí más relajada, seguía siendo el mismo Andoni del que me había enamorado.

Entré en la cocina y lo encontré tumbado boca arriba con medio cuerpo metido debajo del fregadero. Apretaba una tubería y el suelo estaba encharcado. Decidí hacer notar mi presencia con suavidad para no asustarlo y que no se diera un golpe en la cabeza.

—Andoni —lo llamé tras dar dos suaves golpes en la puerta.

Dejó de girar la llave inglesa y se quedó quieto. Esperé unos segundos y volví a llamarlo.

—Andoni, soy yo, Edurne —entoné un poco más alto, por si no podía oírme bien con la cabeza metida en el armario.

Se incorporó poco a poco. En cuanto se puso en pie, todos nuestros momentos juntos se agolparon en mi mente hasta llegar a la noche que lo conocí.

Estaba casi igual que entonces. Llevaba puestos, medio desabrochados, sus vaqueros.

Y nada más. Se sacó del bolsillo trasero un trapo y se limpió las manos mientras me miraba sin pestañear y sin decir nada.

Yo tampoco era capaz de articular palabra, solo podía suspirar por dentro ante aquel gesto dulce que me hacía sentir como si me acariciara con la mirada.

Había ido allí con el propósito de dejarle claro que podía ser su amiga, si eso era lo que él quería.

Pero mi corazón no podía soportarlo. El mero hecho de tenerlo frente a mí había tirado por tierra los argumentos con los que me había tratado de autoconvencer una y otra vez.

—Hola —susurró dando un único paso hacia mí—. ¿Cuándo has vuelto?

De pronto, las palabras brotaron a toda velocidad y sin control de mi boca, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.

—Acabo de llegar. No quería esperar a mañana para venir a verte. No podía. —Agaché la mirada, avergonzada por mi rotunda sinceridad—. Perdona que venga a estas horas.

—¡No! —La palabra fue gritada y apretó la boca antes de seguir en un tono más bajo—. No hay nada que perdonar. Me alegra que hayas venido. —Sonrió con timidez y dio otro pequeño paso hacia mí.

Yo me mantuve quieta a duras penas hasta que sus palabras acabaron con la poca fuerza de voluntad que me quedaba.

—Han sido los treinta y siete días más largos de toda mi vida.

En cuanto dio otro paso, corrí hacia él y lo rodeé con mis brazos, hundiendo mi rostro en su pecho.

Él me abrazó con fuerza y expulsó mucho aire de golpe, como si mi impacto llevara el ímpetu de un tren de mercancías.

Con una mano me aferró por la cintura, pegándome a su cuerpo con firmeza, y con la otra acarició mi pelo con la suavidad de una pluma.

Permanecimos en aquella postura sin decirnos nada durante un largo rato.

No podría calcular cuánto. Hasta que, de pronto, oí su voz pronunciando mi nombre como una oración y no pude controlarme.

Un poderoso instinto me llevó a besar la piel cuyo aroma había estado inhalando hasta llenar mis sentidos de él.

Con delicadas caricias de mis labios, mi nariz y mis mejillas, fui ascendiendo con lentitud por su pecho y su cuello, deleitándome en su anatomía, en cómo lo hacía temblar y tomar aire de forma entrecortada.

Lo interpreté como una muy buena señal y, a riesgo de equivocarme y acabar pagando las consecuencias, seguí mi impulso y me apoyé en sus hombros para fundir mis labios con los suyos, como lo había hecho la última vez que nos vimos.

Pero en esta ocasión no me limité a un roce fugaz, sino que lo besé con toda la intensidad que se había acumulado en mi corazón.

La parte de mí que había estado tratando de convencerme de que ser solo amigos era posible me atormentaba diciéndome que Andoni me apartaría de sus brazos y me rechazaría para siempre, incluso como amiga, por volver a intentar algo que él no compartía.

Para mi más absoluta euforia, no fue así.

Andoni respondió a mi beso con la misma ansia, incluso con más.

Me levantó del suelo como si apenas pesara diez kilos y enroscó mis piernas alrededor de su cintura, a la que yo me aferré para estar lo más cerca posible de él.

Apreté todo mi cuerpo contra el suyo sin parar de besarlo ni un solo instante.

Su sabor me embriagaba, sus brazos parecían abrasar mi espalda, al igual que sus manos en y mis nalgas, mientras las mías revolvían su pelo y sujetaban su cara para comenzar con mayor profundidad el siguiente beso.

Nuestros corazones latían a un ritmo frenético.

En un par de ocasiones estuvimos a punto de perder el equilibrio, chocando contra las paredes de la cocina, hasta que Andoni deshizo el nudo de mis piernas y me llevó en sus brazos hasta el sofá de la sala.

Sin separar sus labios de mi piel, me recostó y se tumbó sobre mí.

Estaba desorientada, ni siquiera sabía dónde me encontraba, solo importaba que estaba entre los brazos de Andoni y que no quería separarme ni un centímetro de él.

Enrosqué una pierna alrededor de la suya, acoplándome a él, quien respondió acariciándola desde mi tobillo hasta mi muslo.

En ese momento me besó más despacio para empezar a bajar por mi cuello hasta llegar a mi hombro.

Respiraba con tanta dificultad que al abrir los ojos sentí cómo la cabeza me daba vueltas.

Debería haberlos cerrado para frenar el mareo, pero no quería perderme la visión de Andoni acariciándome y besándome con semejante pasión.

Me estremecí al verlo dibujar con su lengua un triángulo uniendo las tres pecas de la parte delantera de mi hombro.

Lo abracé contra mí para sentir aún más el peso de su cuerpo sobre el mío. Mis dedos caminaron por su columna vertebral antes de apresar los músculos en tensión de su espalda. Noté cómo su piel se erizaba.

Una explosión de sentimientos estalló en mi interior cuando volvió a subir por mi cuello y se detuvo al llegar a mi boca, abriendo sus ojos y mirando los míos. Con eso bastó para decírnoslo todo. Nos amábamos y nos deseábamos tanto en ese momento que no queríamos frenar.