Capítulo 26 #3
Nos alojamos en un hotel del Barrio Latino, cerca de la Sorbona, y recorrimos en metro la ciudad un día tras otro.
Mis padres ya habían estado, mi madre incluso varias veces, pero estaba más que dispuesta a ver de nuevo la Catedral de Notre-Dame, los impresionantes Jardines de Luxemburgo o subir hasta el tercer piso de la Tour Eiffel.
Además del increíble paseo desde el Arco del Triunfo hasta el Museo del Louvre, recorriendo los interminables Campos Elíseos, con sus boutiques y sus bistrots , lo que más me gustó fue el barrio de Montmartre.
En la guía que me había comprado nada más llegar a la ciudad, ya había visto que el Moulin Rouge estaba en este barrio más humilde y apartado del resto de la ciudad.
Desde que había visto la película musical con Nicole Kidman y Ewan McGregor, me había propuesto visitar el molino rojo en cuanto tuviera la oportunidad.
El metro nos dejó a las puertas del famoso cabaret, que justo estaba encendiendo las luces rojas de las aspas de su icono en lo alto del edificio.
Comprobé al grabar en vídeo la secuencia de encendido de luces que mi cámara se estaba quedando sin memoria.
Llevaba dos semanas haciendo fotos de todos y cada uno de los lugares que había estado deseando visitar desde que había visto el álbum de fotos del viaje de fin de curso del instituto de mi madre.
No recordaba ninguna que no hubiera visto con mis propios ojos en esas semanas.
Le pedí la cámara a mi hermana para hacer una foto de grupo con el molino de fondo.
Cuando me acerqué a ver el cabaret de cerca, me sorprendió leer algo conocido.
En el local de al lado había una discoteca cuyo nombre quizá hubiera sido el que inspirara al de la que había ido con mis amigas hacía un par de meses, La Loco.
El corazón se me encogió al recordar que aquella noche conocí a Andoni.
Había tenido su recuerdo adormilado en mi memoria y mi corazón para poder, al menos, seguir respirando.
Ser capaz de disfrutar de la hermosa ciudad había sido un privilegio al que no aspiraba cuando habíamos salido de Saint-Suliac.
Pero ahora que había encendido el botón de los recuerdos con un estímulo tan simple como el nombre de una sala de fiestas, iba a ser imposible reprimir mi necesidad de pensar en él a cada instante.
La sillita de Saray fue una carga bastante pesada por las empinadas cuestas del barrio de Montmartre.
Tuvimos que turnarnos para empujarla y llevar a la niña a ratos en brazos.
Subir las escaleras hasta el Sacré Coeur fue lo que acabó por destrozar la espalda de mi padre.
Ya no estaba para esos trotes. Casi le da un infarto cuando, al llegar arriba, descubrimos que había un funicular.
Mi madre tuvo que jurarle que no lo sabía.
Se quedó sentado con Roberto y la niña, que por fin se había dormido, mientras mi madre, mi hermana y yo recorríamos en silencio el interior de la majestuosa catedral. Encendimos unas velas y rezamos en silencio una oración por mis abuelos.
Cuando salimos, casi todos los turistas estaban sentados en las escaleras que acabábamos de subir. Un dúo musical amenizaba a los visitantes con una guitarra, una caja y una prodigiosa voz. Nos sentamos a escucharlos mientras veíamos el atardecer.
La panorámica desde lo alto del Sagrado Corazón era inigualable.
Los tejados de todo París podían verse bajo un cielo anaranjado y la luna empezaba a asomarse a la vez que algunas estrellas en el despejado cielo de finales de julio.
Habría dado cualquier cosa por contemplar aquella postal con Andoni a mi lado.
Decidí borrar alguna foto repetida de mi cámara para poder grabar la escena con una música increíble de fondo.
A ese dúo le quedaba muy poco de andar cantando por las calles.
Tenían un gran talento que pronto sería descubierto por alguna discográfica.
Protesté cuando mis padres me urgieron a que me levantara de allí y fuera con ellos a por las últimas compras.
Era nuestra última tarde en París y la ruta de souvenirs nos esperaba.
El carrito de Saray resultó ser de lo más útil para cargar con todos los trastos que compramos.
Dudé en atreverme a usar alguna vez la típica boina parisina que me había comprado.
En cambio, la camiseta seguro que me la ponía más.
La última noche en el hotel no pegué ojo.
Sabía que en menos de veinticuatro horas estaría tan cerca de Andoni que podría llegar hasta él incluso a pie.
Al menos, estaba convencida de lo que le iba a decir.
Valoraba su amistad por encima de mis sentimientos, no iba a darle un ultimátum para que eligiera quererme u olvidarse por completo de mí.
Si aún quería mi amistad, yo se la daría sin reservas.
Siempre había oído decir que amar era más dar que recibir. Por fin sabía de qué iba ese juego de palabras, uno muy cruel y muy injusto. Andoni ya no era el único que no creía en la justicia de este mundo. ¡Con todo el amor que yo tenía para darle! ¿Por qué él no quería recibirlo?
Acabé por dormirme intentado responderme a mí misma a esa pregunta, pero ni en mis sueños encontré la respuesta.