Cuando la noche es púrpura Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Napoleón pareció notar mi estado de ánimo y se acercó hasta sentarse bajo mi columpio. Parecía que llevaba medio mes soportando mis bajones, como un fiel amigo.

Me columpié con más fuerza y me recosté para ver el cielo estrellado a través de la humedad de mis ojos.

Pude divisar el vertiginoso paso de una estrella fugaz cuando atravesó el cielo en consonancia con la canción para acabar de torturarme por completo.

¿Es que el cielo siempre iba a profetizar mi destino?

«Y cada noche vendrá una estrella a hacerme compañía, que te cuente cómo estoy...».

¿Cómo estaría Andoni? ¿Estaría trabajando a diario y durante todo el día?

¿Seguiría arreglando su cabaña? ¿Iría con Damián a arreglar los parques de la zona?

¿Se habría vuelto a dejar barba? ¿Regaría al menos una vez por semana nuestro pequeño avellano?

¿Y... se acordaría de mí, aunque solo fuera un segundo entre todas sus actividades?

Mi hermana interrumpió mis divagaciones. Se acercó a nuestros columpios y nos impulsó a ambas a la vez. Saray se carcajeó de nuevo y canturreó tan alto que solapó la música que me había hecho llorar a mares, unas lágrimas que mi hermana tenía que haber visto al llegar.

—¿Cómo se llama?

Estiré los pies para frenar de golpe. La intuición de mi hermana era aún más sorprendente que la de mi madre.

—¿Lo conozco? ¿Es de tu clase?

Me hice la loca. Aún no estaba preparada. Necesitaba dejar de llorar antes.

—¿Quién?

—¡¿Quién va a ser?! El chico por el que lloras.

Para qué seguir tratando de ocultar lo evidente.

—Andoni. No lo conoces. Acaba de llegar al pueblo.

—Vaya, pues sí que te has enamorado rápido, entonces.

Mi hermana giró mi columpio y me miró a los ojos en la penumbra del jardín.

—Sí, demasiado rápido. Y demasiado profundamente —confesé con voz nasal.

Ane se sentó a mi lado en el tercer columpio de la fila. Saray protestó al ver que se alejaba y la balanceé de nuevo para que se calmara.

—¿Él lo sabe? —directa al grano. Como siempre.

—Sí.

—Se lo has dicho.

—Eh..., sí, más o menos.

—¿Cómo que más o menos?

—No le he dicho «te quiero» con todas las letras, pero se lo he dado a entender.

—Y él... ¿qué te dijo?

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Que no quería estropear nuestra amistad, o algo así.

—¿Algo así o te dijo eso?

—Qué más da. No me corresponde y punto.

Ane volvió a girar mi columpio hacia el suyo.

—Mira, si algo he aprendido sobre los hombres es que hay que decirles las cosas de la forma más clara posible. Y sobre las mujeres, que, aunque nos las digan muy claramente, sabremos darles la vuelta hasta que signifiquen lo contrario.

Miré confusa a mi hermana. Sus palabras no me aclaraban gran cosa.

—¿Quieres decir que tengo que volver a decírselo, pero aún más claro?

—Eso. Y él tiene que aclararte también qué ocurre con vuestra amistad. Si él de verdad quiere que seáis amigos, no es tan mala señal. Seguro que no tarda mucho en enamorarse de ti. ¡Mírate! ¡Ya eres toda una mujer!

Los ánimos de mi hermana me consolaron durante solo unos instantes.

—No sé, Ane. No lo conoces. Andoni ha sufrido mucho y no quiero agobiarlo con mis sentimientos. Si solo quiere mi amistad, tendré que tragarme el amor que siento para poder, al menos, estar con él.

Sin darme cuenta, acababa de tomar una decisión. Me resignaría a ser su amiga y, así, podría verlo como si nada hubiera ocurrido. Aunque no sabía si eso sería posible. Igual él no era capaz de aceptarme como su amiga después de lo que le había dicho.

—Nadie sabe mejor que tú lo que debes hacer. Pero te aconsejo que no te quedes con la duda. Si yo hubiera dejado pasar el tiempo y no hubiera decidido hablar con Roberto, ahora no estaríamos aquí columpiando a mi preciosa hija.

Mi hermana soltó la cadena del asiento y sacó a mi sobrina para que correteara por los jardines. No tardó en atrapar a Napoleón y agarrarle por las orejas. Era realmente una niña muy inquieta.

—Gracias. Hablaré con él cuando volvamos.

—Y hasta entonces... ¿podrías tratar de no llorar tanto y divertirte un poquito?

—Lo intentaré.

—Seguro que lo que hemos estado hablando mientras estabas aquí, mortificándote con tu dolor, consigue que te alegres.

Ane se hizo la interesante y se quedó callada más de un minuto. Odiaba que hiciera eso.

—¡Vamos, suéltalo! ¿El qué?

—En menos de dos semanas... ¡nos vamos a París!

Si algo podía despejar mi mente era cumplir uno de mis sueños. Visitar la Ciudad de las Luz.

El resto de las vacaciones que pasamos en Saint-Suliac se me hizo más corto.

La casa se había llenado de alegría con las risas de Saray, y las charlas con mi hermana me ayudaban a pensar en otras cosas.

¡Cómo la había echado de menos! En el pueblo, estando con mis amigas, no me había dado tanta cuenta de lo que la necesitaba.

Ella había sido la persona a la que le había contado todo desde pequeña.

Cuando se casó, dejó un enorme vacío en casa, pero yo estaba en plena adolescencia y había empezado a salir más con mis amigas, a conocer a gente nueva.

Eso había amortiguado un poco el dolor de la distancia.

Las separaciones resultaban ser algo demasiado dolorosas para mi sensible corazón.

Mi tía también era muy sentimental y lloró a moco tendido cuando nos despedimos de ella el día que salimos hacia París.

—¡Prometo ir a visitaros en Navidad, palabra! —Me dieron ganas de llorar de nuevo al verla tan afligida.

— Bon voyage. —Jean intentó consolarla mientras nos despedía, pero mi tía quería desahogarse a gusto y no le dejó. Era todo un carácter.