Cuando la noche es púrpura Capítulo 26
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Capítulo 26

E xceptuando la parada a mitad de camino para echar gasolina y tomar un café y un pincho, llegamos de tirón a Saint-Suliac, ayudados por el GPS.

La calidad de la orientación de mi padre no tenía nada que ver con la de su cocina.

Eran casi las tres, demasiado tarde para comer en Francia, pero mi tía tenía aún costumbres españolas. Seguro que no comían a las doce.

Mi tía Lourdes se asomó a la ventana de la pequeña y preciosa casita en cuanto mi padre dio uno de sus inconfundibles chiflidos. En cinco segundos salió corriendo por la puerta principal.

—¿Dónde está mi hermana favorita? —canturreó tan jovial como siempre.

—Venga, Lu. Soy tu única hermana. —Mi madre no solía seguir sus bromas.

—Edurne, ¡cómo has crecido! La última vez que te vi llevabas dos coletas y te hurgabas la nariz.

—Tía, no exageres. Hace solo tres años que me has visto.

Fue en la boda de mi hermana, pero ya tenía catorce años por aquel entonces. No recordaba haber llevado dos coletas jamás.

—La de las coletas era tu sobrina mayor, hace más de quince años. Pero la que se hurgaba la nariz eras tú. —Mi madre parecía más dispuesta a bromear en esta ocasión.

—Ay, sí. La pequeña Ane ya no es tan pequeña. ¿Cuándo vienen? ¡Me muero por conocer a mi sobrina-nieta!

Si yo no había visto a mi hermana más de dos veces en el último año viviendo en el mismo país, no me sorprendía que mi tía no conociera aún a Saray. Pensar que iba a ver a la enana de un añito me animó un poco.

—Vendrán la próxima semana. Nosotros nos hemos podido escapar antes, pero Roberto no tenía vacaciones hasta julio. —Se referían a mi cuñado.

Mientras sacábamos el equipaje del maletero, mi tío salió de la casa seguido de un pequeño bulldog marrón oscuro que enseguida se enredó entre mis pies.

—Le has gustado, ma petite fille .

Mi tío Jean tenía serios problemas para hablar nuestro idioma.

A pesar de haber estudiado un año en la universidad de Pamplona, donde conoció a mi tía, jamás conseguía formular una frase completa sin meter alguna palabra en francés.

A veces me parecía que lo hacía a propósito, marcando su propio estilo.

Mi tía hablaba el idioma desde pequeña y ese era en el que se comunicaban entre ellos.

Pero, cuando estábamos nosotros, preferían hacerlo en español para que mi padre no se sintiera fuera de lugar.

Yo aún podría cazar algo de la conversación y mi madre la comprendía in problema.

—¿Cómo te llamas, bonito? –—Alcé al bulldog hasta la altura de mi cara y él me miró a los ojos e inclinó la cabeza. Tal vez solo entendiera francés.

—Napoleón —respondió mi tío. Por su cara, deduje que no lo había elegido él.

Dejé al pequeño tocayo del emperador en el suelo, pero él me siguió todo el camino hasta descargar el coche por completo. Solo se separó de mí cuando empezamos a comer. Le oí devorar su ración desde la otra punta del salón.

Durante las más de tres horas que duró la comida, sobremesa incluida, mi madre y mi tía monopolizaron la conversación poniéndose al día sobre miles de anécdotas que eran totalmente ajenas a mi interés y también al de los maridos, que huyeron de la mesa del comedor en cuanto les fue posible.

Jean llevó a mi padre al sótano para enseñarle su selecta bodega.

Yo aproveché para escapar con ellos, pero decidí dar una vuelta por el pueblo en la bici de mi tía.

Napoleón se animó a venir conmigo. Tal vez me hiciera de guía por las desconocidas callejuelas de Saint-Suliac.

Recorrí los alrededores intentando evitar las cuestas más empinadas.

Llegué al puerto y el olor de la brisa del mar consiguió relajar mis sentidos.

Realmente el pequeño pueblo de apenas ochocientos habitantes merecía estar entre los denominados pueblos más bellos de Francia .

Una repentina lluvia me obligó a dejar el turismo por ese día y volví a la casa recién restaurada de mis tíos, guiada por Napoleón, puesto que yo no recordaba el camino ni por asomo.

Hasta que a mediados de la semana siguiente llegaron mi hermana Ane, Roberto y la niña, la rutina fue salir a pasear en bici con Napoleón y darme algún chapuzón en el mar.

El tiempo no acompañó mucho, por lo que, en cuanto empezaba a llover, volvía a la casita situada en la Rue de la Gare, sin perderme a partir del tercer día.

Mis padres, y sobre todo mi tía, insistían en que fuera con ellos a todas partes, pero yo prefería estar sola.

Necesitaba aclarar mi mente, y pasear por el pueblo descubriendo rincones nuevos cada día me ayudaba, aunque solo fuera un poco.

Poder llorar a solas, con la única compañía de mi nuevo amigo, Napoleón, era todo un consuelo dadas las circunstancias.

Por las noches me costaba más acallar mi llanto.

Mis padres dormían en la habitación contigua y las paredes de la vieja casa, aunque renovada, no eran muy gruesas.

Llegué a meter la cabeza debajo de la almohada hasta casi ahogarme para que ellos no consiguieran oírme. No tenían por qué sufrir por mí.

El primer sábado del mes amaneció mucho más soleado que el resto de los días que llevábamos allí.

Más de una semana, aunque perfectamente podrían haber sido meses.

El tiempo parecía haberse detenido en las calles aquel pueblo costero.

Decidí aprovechar que no iba a tener que regresar a la casa en pocas horas y cogí la bici dispuesta a recorrer mayor distancia.

Seguí las indicaciones de los lugareños, que con amabilidad me habían estado informando los días anteriores cómo encontrar los puntos turísticos más señalados, como la escultura de La Vierge de Grainfolet , desde donde pude divisar unas espectaculares vistas del puerto, o la Dent de Gargantua , un menhir neolítico.

Esta vez me dirigí a Le Moulin de Beauchet y mi nuevo amigo decidió no seguirme.

Tal vez el pequeño bulldog me entendiera mejor de lo que yo pensaba y supiera que me dirigía demasiado lejos.

Llegué a pensar que había entendido que ese día me sentía aún peor que el resto.

La distancia que me separaba desde hacía casi dos semanas de Andoni había generado un vacío en mi estómago y apenas era capaz de dormir, comer o hablar con nadie.

Era una suerte que mis padres estuvieran entretenidos con mis tíos y así no fijaran su atención en mí.

La excusa de hacer turismo por el bello pueblo me había venido de perlas para tener tranquilidad durante un tiempo.

A media mañana llegué al antiguo molino de mareas. Me intrigaba conocer uno que se servía de las corrientes marinas en lugar de un típico río.

En cuanto vi el edificio, tuve que dar media vuelta y marcharme de allí. Aunque era de piedra y estaba a la orilla del mar, la visión me trajo unos recuerdos que ardían en mi memoria. Me recordaba a la cabaña del pescador junto al río de mi pueblo. La casa de Andoni.

Pedaleé con tanto ímpetu para huir de aquel insistente dolor que llegué sofocada a la casa, sorprendiendo al resto de mi familia en su llegada.

—¡Edurne! ¡Dame un beso!

Mi hermana llevaba a su hija en brazos mientras Roberto sacaba miles de trastos del maletero. La mayoría, juguetes de Saray.

—¡Hola, Ane! ¡Qué alegría veros!

La abracé con más fuerza de la que se esperaba. Me dirigió su típica mirada comprensiva, lo que significaba que había descubierto ya que algo me pasaba. Me conocía más que yo misma.

La pequeña Saray se escurrió de sus brazos y caminó ella solita hasta la entrada de la casa, siguiendo a su padre a través del umbral. Napoleón también quiso darles la bienvenida, pero huyó en cuanto Saray decidió tirar de sus orejas de murciélago. Esa tarde le vimos menos de lo habitual.

La sobremesa fue mucho más animada en esta ocasión.

Los orgullosos padres contaban sin parar las travesuras de la pequeña Saray.

Mi hermana no dejaba de decir que su hija le recordaba muchísimo a mí cuando era pequeña, que era igual de inquieta que yo.

La niña lo corroboró subiendo y bajando de los sofás y tirando todo lo que encontraba en su camino.

Decidimos salir a pasear al atardecer. Hacía una temperatura muy agradable y no parecía que a la noche fuera a refrescar, por lo que nos quedamos a cenar en un restaurante del puerto.

Llevarme a mi sobrina a jugar en un jardín cercano me valió como excusa para evadir las conversaciones de adultos que comenzaban tras cada comida.

Era incapaz de seguir el hilo durante más de media hora; enseguida mi mente volaba a ochocientos kilómetros de allí y las ganas de llorar llamaban a mis ojos.

Saray parecía muy entretenida en el columpio en que la había montado mientras Napoleón husmeaba entre los arbustos de la plaza central del jardín.

Nunca se separaba de mí. Ajusté el cierre de seguridad del columpio y pude dejar de agarrar a mi sobrina para montarme a su lado, balanceándome al ritmo de la música que emanaba de otro de los bares cercanos, sin dejar en ningún momento de vigilarla y dándole un empujoncito cada vez que protestaba porque mi columpio iba más alto que el suyo.

La preciosa nenita de ojos azules y rizos dorados se carcajeó al ver que conseguíamos ir sincronizadas en el balanceo y canturreó alguna canción que solo ella parecía entender.

En contrapartida a sus alegres balbuceos, pude distinguir las notas de una canción que llenó de nuevo de tristeza mi corazón.

La desconocida música que había estado sonando en el bar hasta ese momento fue sustituida por una de las canciones de Miguel Bosé que siempre lograba enternecerme, sin tener motivos reales para ello.

Llorando casi a cada hora, escuchar esa canción acabaría conmigo.

Y, para colmo, se trataba de la versión en la que cantaba con Shakira, que me parecía aún más emotiva.

«Si tú no vuelves, se secarán todos los mares».

Yo podría haberlos llenado de nuevo con mis saladas lágrimas.