Cuando la noche es púrpura Capítulo 25
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Capítulo 25

M is padres, que hasta la fecha no me habían insistido mucho en que fuera a la universidad a estudiar Administración y Dirección de Empresas —quizá porque creían que la nota de corte era demasiado alta para mis posibilidades—, cambiaron de opinión tras mi último boletín.

Y me animaron a que aprovechara los últimos días para dar lo mejor de mí en selectividad.

No quise decepcionarlos. Además, yo también había acabado deseando intentar acceder a esa carrera.

Así que, muy a mi pesar, aunque en el fondo era también una manera un poco cobarde de postergarlo, dejé mi declaración para después del último examen. El mismo día en el que mi madre me confirmó que nos marcharíamos en veinticuatro horas.

Me sentí incapaz de comer y mucho menos de hacer las maletas.

Necesitaba llorar antes de ir a despedirme de Andoni.

Mejor a solas que delante de él. Pasé media tarde en mi habitación tratando de expulsar toda la angustia para que él no la viera después.

Pasadas las siete, me sentí con fuerzas para salir de casa y afrontar lo que tuviera que pasar.

Llamé a la puerta y entré anunciándome.

—Hola... ¿Andoni? Soy yo.

—Adelante. Pasa, estoy en la sala.

Seguí el sonido de su voz y el de unos golpes secos. Estaría arreglando algún cacharro de tantos. Él siempre trabajando.

—¡Maldito trasto! No sé ni por qué me molesto. Apenas la voy a usar.

Andoni intentaba arreglar una pequeña televisión por la fuerza bruta.

Pero los golpes en la parte superior no conseguían que la imagen dejara de verse a saltos.

Recordé la tarde que le había preguntado si no se sentía solo y si una mascota o incluso una tele no le harían algo de compañía.

En cuanto a la mascota, prefería no recordar la triste historia de Toro, su caniche asesinado por un rottweiler .

En cambio, sobre la tele recordaba perfectamente sus palabras:

«Yo no la necesito, es algo a lo que nunca le he prestado mucha atención. Pero, si eso va a hacer que te aburras menos cuando vengas a visitarme, me haré con una».

¡Cómo me había molestado que pensara que me aburriría yendo a verlo! Por otra parte, me hizo mucha ilusión que quisiera verme a gusto en su casa. Eso significaba que me quería a su lado.

—Darle golpes no creo que ayude mucho —dije entre risas.

—Lo sé —admitió riendo también—. Este ha sido mi último recurso. Llevo intentando que se vea algo toda la tarde. Pero con esta antena de cuernos no creo que consiga nada mejor que esta imagen capaz de producirme un ataque epiléptico.

Volví a reír al verlo parpadear a toda velocidad antes de desenchufar la vieja tele. Cuando estaba de buen humor apenas se podía ver esa perenne sombra de tristeza en sus ojos. Aproveché su estado anímico para que me resultara más fácil hacerle aceptar mi regalo.

—Deja eso un rato y siéntate. Te he traído una cosa.

Andoni me miró con los ojos abiertos como platos.

Miró la bolsita que llevaba en la mano y se sentó en su sillón orejero.

Parecía muy sorprendido. Recordé lo que me había dicho cuando me había regalado el joyero y me di cuenta de que era probable que hiciera mucho tiempo que no recibía un regalo de nadie más que del socio de su padre.

Y yo me iba a estrenar con uno de lo más absurdo.

Hice memoria y agradecí no haberle mencionado en ningún momento la palabra regalo .

—¿Una cosa? ¿Qué cosa? —preguntó impaciente.

—Es una tontería. —Me acerqué a él y me senté en el borde de la mesita que separaba el sillón y la tele—. De hecho, sé que piensas que es una chorrada, pero la necesitas. ¡Mira como tienes las manos!

Andoni frunció el ceño e intentó levantarse al ver el tubo de crema Extreme. Le empujé de nuevo hacia el sillón y decidí sentarme en sus rodillas para que no pudiera huir. Me había propuesto obligarlo a usarla, incluso a echársela yo misma si fuera necesario.

—Vamos, Edurne. No me hagas esto —protestó de nuevo, cogiéndome por la cintura e intentando levantarme. Tuve que usar todas mis fuerzas para impedirle auparme. Por suerte, el sillón le forzaba a tener una postura bastante reclinada y no pudo incorporarse, así que vencí.

—Por favor, Andoni. Hazlo por mí. —Puse cara triste y quité el tapón del tubo. Dio un largo resoplido y estiró las manos sobre los reposabrazos con las palmas hacia arriba.

—Adelante, tú ganas.

Me apresuré a empezar con el masaje antes de que cambiara de idea.

Sus manos estaban ásperas y llenas de llagas.

Intenté extender la crema poco a poco y con suavidad para no hacerle daño.

Acaricié los dedos de su mano izquierda uno a uno y muy despacio.

Seguí el masaje por la zona de los nudillos, que estaban enrojecidos y hasta pelados.

De pronto, levantó las rodillas haciéndome dar un bote y me cogió por la cintura.

En menos de un segundo estaba reclinada de espaldas sobre él, con la cabeza apoyada sobre su hombro derecho y casi todo mi cuerpo sobre la parte derecha del suyo.

Miré hacia mi izquierda y pude ver que nuestras cabezas estaban a escasos centímetros.

—La otra —susurró.

Por un momento me quedé pensando a qué se refería, hasta que noté su mano derecha apoyada en las mías.

Quise incorporarme para alcanzar la crema, que había dejado en la mesa, pero Andoni volvió a sujetarme por la cintura y, cogiendo impulso, agarró el tubo con su mano izquierda.

Rebotamos contra el sillón y, al caer, nuestros rostros quedaron todavía más cerca.

Ignorando la proximidad, Andoni se limitó a echar un chorrito de crema en la palma de mi mano y a abrir la suya.

Sin apenas mover ninguna otra parte de mi cuerpo, repetí el masaje que le había dado anteriormente. Pero esta vez Andoni no mantuvo la mano inmóvil, si no que jugueteó un poco, deslizando los dedos entre los míos, quedando entrelazados cuando terminé de extender la crema.

Miré nuestras manos durante un par de minutos esperando alguna reacción por su parte.

—Me encanta esta sensación —pronunció finalmente emulando las caricias que había estado haciéndole—. Tienes unas manos mágicas.

Detuve sus caricias y me giré para encontrar nuestras miradas.

Vi dulzura en sus ojos, pero se limitó a apoyar su cabeza sobre la mía y a abrazarme rodeando mi cintura.

A pesar de estar más a gusto así de lo que hubiera estado en ningún otro momento de toda mi vida, me aparté y busqué de nuevo sus ojos.

Me armé de valor y le dije lo que estaba esperando casi desde la primera noche que le vi.

—¿Es que no piensas besarme nunca?

Nos quedamos mirándonos unos segundos. Yo esperaba que la respuesta no fueran palabras, pero lo fueron.

—Hace mucho que no estoy tan cerca de alguien. De hecho, nunca lo he estado tanto, Edurne. No sé muy bien... cómo actuar.

—No tienes que actuar de ninguna forma. Solo tienes que ser tú mismo y hacer lo que tu corazón te pida.

Andoni esquivó mi mirada, provocando un vacío en mi estómago.

—Edurne, no quiero equivocarme. No quiero perder la amistad que tengo contigo haciendo algo inapropiado o... que te disguste o... no sé. Solo tienes diecisiete años y yo... Perdóname.

—¡No me pidas perdón! —Me levanté de su regazo sin saber muy bien por qué. Realmente no quería separarme de él. Pero estaba enfurecida—. No tienes que disculparte porque solo sea una amiga para ti.

Me dirigí hacia la puerta y Andoni corrió para cruzarse en mi camino.

—No te pongas así —me pidió con los ojos enrojecidos y la cara desencajada.

—Andoni, había venido a decirte que mis padres han adelantado el viaje y nos vamos mañana mismo. —No pude alzar la vista del suelo. No quería que viera que estaba a punto de llorar.

—¿Cómo? ¿Mañana?

—Sí. Mañana al amanecer. Son ocho horas en coche y mi padre quiere llegar para comer. —Mi voz era temblorosa y no pude evitar que salieran las primeras lágrimas.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? —Tenía la misma voz que yo. Juraría que estaba a punto de llorar, pero mis ojos empañados no me permitían ver los suyos.

—No lo sé, pero ya da lo mismo. No volveré hasta agosto.

—No da lo mismo, Edurne. No puedes irte así. Deja que te explique...

No podía oír nada más. Solo quería despedirme de él y marcharme a mi casa a llorar sobre mi almohada. Sin darle tiempo a esquivarme, me apoyé en sus hombros y le di un fugaz beso en los labios.

Salí corriendo hacia mi bici y vi a Andoni mirar a través del marco de la puerta que yo había dejado entreabierta en mi huida. Pedaleé lo más rápido que pude hasta llegar a mi casa. Subí corriendo las escaleras y me lancé sobre mi cama para llorar hasta el día siguiente.

Mi madre me despertó a las cinco de la mañana. Parecía que acababa de ver un zombi cuando la luz iluminó mi cara.

—¡Hija! ¡Tienes las ojeras moradas!

—Apenas he dormido, mamá.

—Eso es por irte a la cama sin haber cenado nada. ¿Te encuentras bien? ¿Te duele el estómago?

Me dolía todo el cuerpo, pero a la vez era como si no lo sintiera, como si ya no fuera mío.

—Es solo insomnio. Ahora me levanto.

—Serán los nervios por el resultado de la selectividad y por el esperado viaje. —Mi madre no veía la hora de reunir a toda la familia—. ¿Quieres que te eche una mano para terminar con tu maleta?

Me ayudó a levantarme de la cama como a una enferma. Realmente estaba convaleciente, pero mi dolencia no tenía cura. No conocía ningún remedio efectivo para sanar un corazón roto.

—No, gracias. Me ducho y la termino yo misma. Tú ponte con vuestras cosas.

Conseguí, con pequeños y lentos pasos, llegar hasta el baño y me duché con agua casi fría, pero ni así logré hacer reaccionar mi cuerpo.

O tal vez fuera mi mente la que no estaba dentro de él y por eso no podía notarlo.

Empecé a sentirme como una marioneta dirigida por mí misma, pero desde un sueño.

Cerré la maleta sin estar segura de lo que llevaba dentro y mis padres tuvieron que esperar a que me vistiera.

—Ya era hora. Está a punto de amanecer. —Mi padre ya estaba pisando el acelerador impaciente.

—¿Has desayunado algo? —Mi madre miró por el espejo retrovisor central.

—Sí. No te preocupes —mentí. Mi estómago estaba cerrado, o ni estaba...

—Seis y diez. Demasiado tarde. —Mi padre salió como un rayo del garaje haciendo rugir el motor del Mercedes que había decidido regalarse a sí mismo tras su ascenso en el restaurante—. A ver cómo te portas, bonito.

En cualquier otro momento me habría reído al oírle hablar con su coche.

Llevaba meses deseando darle rodaje. Este viaje de casi dos mil quinientos kilómetros, ida y vuelta, iba a ser la prueba de fuego que estaba esperando.

Yo apenas había montado tres o cuatro veces y me sentía en un coche extraño.

El altavoz de la parte trasera me sobresaltó. No estaba acostumbrada a oír tan de cerca la música. En nuestro viejo Peugeot 406 solo sonaba en las puertas delanteras. Pensé que el MP4 que llevaba en la bandolera no me iba a hacer falta, pero me equivoqué.

—Lo siento, mis chicas, pero vais a tener que aguantarme cantando si no queréis que me duerma —nos amenazó entre risas.

El CD de Il Divo que mi madre le había regalado por Navidad emitía las primeras notas de la versión de Unbreak my Heart , de Toni Braxton, y sentí como si lava hirviendo se escapara entre los resquicios de mi corazón hecho pedazos.

Busqué mi MP4 desesperada. La música discotequera que había sustituido al chill out hacía unos días me vendría muy bien para sellar mis oídos. ¡Malditos auriculares! ¿Dónde los habría metido?

La triste canción me llegó tan adentro que creí ver la camioneta de Andoni a punto de atravesar el puente cuando salíamos del pueblo. La humedad de mis ojos me estaba jugando una mala pasada. ¿O estaba teniendo alucinaciones de nuevo?

El sonido bumping de mis cascos bloqueó por un buen rato la música de uno de mis discos favoritos. Las cuatro maravillosas voces habían sido demasiado inoportunas. Sus palabras escocían como sal en las heridas.

Por suerte, al cabo de media hora el sueño me venció y dormí gran parte del viaje.