Cuando la noche es púrpura Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Frené el roce de mi mejilla y volví a besar la suya, casi alcanzando la comisura de su boca. Sus manos, que hasta ese momento apenas estaban apoyadas, se volvieron más seguras y ascendieron por mi silueta hasta apretar con firmeza mi cintura.

Aparté mi rostro del suyo para poder mirarlo.

Andoni permanecía con los ojos cerrados, pero su expresión había cambiado.

Su gesto ya no era relajado, como lo había tenido mientras le había estado afeitando.

Ahora lucía un ceño fruncido y sus párpados estaban tan apretados que parecía que le doliera algo.

No era capaz de entender qué significaba esa tensión en su expresión y una gran tristeza me inundó por dentro.

¿Había hecho algo mal? Antes ya le había besado y lo máximo que había percibido había sido un leve rubor.

Solo había repetido el gesto, aunque esta vez no tenía el mismo significado.

Con este último beso no quería decirle «gracias», sino «te quiero».

Si lo había comprendido y eso le hacía tanto daño como parecía, solo había una explicación posible.

Él me veía como una amiga y no quería nada más allá de eso.

Sentí como si una gran espada se clavara en mi pecho al contemplar la posibilidad de que me viera como una hermana.

Un único hilo de esperanza me mantenía sujeta y evitaba que me hundiera en la más absoluta de las penas. A pesar de la tensión de su mandíbula y de sus párpados comprimidos, sus manos no me rechazaban, sino que me seguían aferrando por la cintura y me atraían hacia él lentamente.

Tuve un arrebato de locura y estuve a punto de lanzarme a sus brazos y de besarle, esta vez en los labios, para comprobar cuál de sus impulsos era más poderoso, si el rechazo que demostraba el gesto de su cara o la atracción que ejercían sus manos sobre mi cuerpo.

Pero mi intención se vio truncada por el inoportuno sonido de mi móvil.

—Te llaman. —Andoni se levantó de un brinco y salió hasta la sala para ir en busca de mi bandolera. Me la trajo al baño en menos que canta un gallo.

—¿Sí? —respondí solo porque era mi madre la que llamaba. Cualquier otro tendría que haber esperado y posteriormente sufrir el más cruel de los castigos por haber interrumpido semejante momento.

—Hija, ¿dónde estás? Te estamos esperando para comer.

—Eh... Estamos celebrando que nos han dado las notas y que... ¡ninguna vamos a tener que recuperar nada! —Solo era una mentira a medias. Ya no lo estábamos celebrando.

—¡Qué buena noticia! Ya verás cuando se lo diga a tu padre... O, mejor, ven cuanto antes y se lo dices tú misma.

—Ahora mismo voy, mamá.

—Venga, te esperamos.

Colgué el teléfono y vi a Andoni mirando con detenimiento su cara en el espejo, subiendo y bajando la barbilla.

—No está nada pero que nada mal —reconoció pasando ambas manos en distintos sentidos por su rostro—. Has apurado bastante.

—Tanto que te he dejado rojeces. Debería echarte algún after shave .

—Yo no uso eso. Me irrita la cara.

—Si tienes la piel sensible existen bálsamos hidratantes especiales.

—¿Bálsamos? —Sacudió la cabeza—. Eso son chorradas.

—¡No digas eso! Mi padre usa uno de esos en vez de la típica loción con alcohol. Lo usan muchísimos hombres. Y no tiene nada de chorrada cuidarse la piel.

Se echó a reír.

—Las rojeces se me irán en unos minutos. Me pasa siempre.

—Tú sabrás. Es tu cara.

Me colgué la bandolera antes de salir del baño.

—Tienes que irte a comer, ¿verdad? —Su tono era triste ahora.

—Mis padres me están esperando. —Me acerqué a la cama y cogí mi joyero—. Muchas gracias por el regalo. Me gusta mucho.

—Me alegro. —Sonrió fugazmente antes de ponerse muy serio—. ¿De dónde vas a decirles a tus padres que lo has sacado?

La pregunta me descolocó.

—¿No puedo decirles que me lo has regalado tú? —No tenía nada de malo.

—No lo sé. Le acabas de mentir a tu madre. No le has dicho que estabas conmigo. No saben que somos amigos. ¿O sí?

Me sentí más avergonzada de lo que lo había estado en mucho tiempo. Tenía razón. Parecía que renegaba de Andoni ante mis padres. No les había mencionado ninguna de las ocasiones en las que había estado con él, y habían sido unas cuantas.

—La verdad es que... no les suelo decir con quién voy o dejo de ir. —Me miró con desconfianza.

—Creía que habíamos quedado en decirnos siempre la verdad y no tener secretos —me increpó con amargura en la voz. Sus ojos reflejaban decepción.

—Lo siento. No me ha parecido apropiado decirle que estaba en tu baño afeitándote. —Sonreí. A él no le cambió la cara—. Está bien. No les he dicho que suelo venir a verte. Pero saben que nos llevamos bien. Recuerda el día que nos vieron estudiando en el desván.

—Eso no significa nada. —Esta vez parecía enfadado.

—No te lo había contado, pero mi madre me dijo que estaba bien que fuéramos amigos. Que al ser nuevo en el pueblo no conocerías a mucha gente aún y que yo podría presentarte a mi cuadrilla.

Andoni abrió la boca para decir algo, pero se mordió el labio. Cogió las llaves del Land Rover de la mesita de noche y salió del cuarto. Le seguí fuera de la casa.

—¿Qué ibas a decir? —pregunté inquieta.

—Yo no puedo formar parte de tu cuadrilla.

—¿Por qué no? Te he propuesto varias veces que vinieras con nosotros y nunca has querido.

—No he querido porque sería un error. A algunos de tus amigos no les gusto.

—¿Por qué dices eso?

No entendía nada.

—¿Te acuerdas del día que estuvisteis en el quiosco del parque? ¿Y del día que Jon fue a tu casa a pedirte disculpas? Sé interpretar una mirada mejor de lo que piensas.

—Jon no es de mi cuadrilla. Es amigo de Ager, nada más. Mi cuadrilla son el resto de los chicos de su pueblo y mis amigas de aquí.

Andoni volvió a morderse el labio.

—Edurne..., no quiero que tengas problemas por mi culpa. Es mejor que dejemos las cosas como están, ¿sí?

Se subió a la camioneta y esperó a que yo lo hiciera también antes de arrancar.

—¿De qué problemas hablas? No entiendo nada.

No me respondió.

—Andoni, nada de secretos.

Me miró de reojo antes de contestar.

—Tú tenías tu vida antes de que yo llegara. No quiero que cambie por mi culpa.

—Demasiado tarde. Mi vida cambió en cuanto te conocí.

Aceleró al entrar en el puente. Nunca le había visto conducir tan rápido. Esperé a que se calmara antes de seguir intentando descubrir de qué estaba hablando.

—No quiero que tengas que perder otras amistades por querer ser mi amiga —me explicó finalmente al detenerse frente a mi casa.

—¿Es eso lo que te preocupa? ¿Qué vaya a perder algún amigo?

—¿Acaso no has dejado de hacer algunas cosas con tus amigos porque estabas conmigo?

Lo miré directamente a los ojos.

—Hasta que tú accedas a estar con ellos en alguna ocasión, tendré que repartir mi tiempo entre todos mis amigos. Valoro tu amistad tanto como la de ellos. —Realmente más.

Andoni seguía serio, pero ya no estaba enfadado.

—De acuerdo. Un día de estos me uniré a vuestras actividades. En breve solo voy a trabajar por las mañanas.