Capítulo 24
P asamos toda la mañana del lunes celebrando el pleno de las cinco.
¡Ninguna íbamos a tener que recuperar nada!
No recordaba otro curso tan exitoso. Las clases de refuerzo de Matemáticas de Nerea y Tania habían dado sus frutos, aunque el esguince de Natalia había manchado su impecable boletín con un suficiente.
Al menos, Ramón no había hecho honor a su apodo por lo sucedido.
Me bajé del autobús en la siguiente parada a la habitual.
Quería ir a ver a Andoni y enseñarle mi brillante resultado en Historia, además del resto de los aprobados y ningún suspenso.
No tener que estudiar para recuperar nada me daba algo de margen para estar con él antes de los exámenes de selectividad, para los que tendría que repasar lo que ya sabía, por si acaso. Pero lo importante ya estaba hecho.
Recorrí el puente lo más rápido que pude y entré en su casa sin llamar. Estaba entretenido leyendo el periódico y mi avasalladora forma de irrumpir en la sala le sobresaltó. Dio un bote en el sillón y lanzó el diario sobre la mesa antes de levantarse para recibirme.
—Mira, mira —canturreé e hice bailar mi boletín de notas delante de su cara. Me lo arrebató de la mano y lo leyó con atención.
—Enhorabuena, no están nada mal. —Me lo devolvió y se marchó a su habitación.
Lo seguí.
—¿Solo nada mal? No he bajado del seis y tengo tres nueves. —Eran mis mejores notas de los últimos años—. Las de Educación Física y Mates son habituales en mí. Pero la de Historia es mérito tuyo.
—De eso nada. El examen lo hiciste tú. —Asomó la cabeza por la puerta del armario de su cuarto al hablarme y siguió buscando algo.
—Ya, pero tú me ayudaste un montón. Del seis al nueve puedes considerarlos puntos tuyos.
Se rio y cerró la puerta del armario, escondía algo detrás de su espalda.
—Cierra los ojos.
—¿Para qué? —Me puse nerviosa de repente.
—Para recibir tu regalo. No me he dado cuenta de envolverlo. —Se encogió de hombros y entrecerró los ojos. Parecía avergonzado—. Hacía mucho que no le regalaba nada a nadie.
—¿Un regalo? ¿Por qué? —Mi voz delataba mi ilusión.
—Te lo has ganado por aprobar todas. Mi madre siempre me hacía un regalo a final de curso. Premiar el esfuerzo era su tradición.
—No tendrías que haberte molestado. —En realidad me entusiasmaba la idea.
—Lo he hecho encantado. —Me regaló una de sus radiantes sonrisas. Con eso habría tenido más que suficiente.
—Espera... Aún no sabías que había aprobado todas. Te acabo de enseñar las notas.
—Sabía que lo lograrías. Y, aunque no lo hubieras hecho, te repito que se trata de un premio al esfuerzo. He visto cuánto has estudiado.
—En ese caso... ¡Muchas gracias! —Me sentía eufórica por verlo seguir la tradición de su madre conmigo.
—Vamos, ciérralos. —Se impacientó.
Apreté los párpados y estiré los brazos juntando las palmas abiertas hacia arriba para recibir mi premio.
Noté cómo agitaba su mano por delante de mi cara, queriendo comprobar si de verdad no podía ver.
Apreté más los ojos y solté una risilla.
Me había pillado, aún podía ver un poquito, lo justo para enfocar mis manos.
Posó una de las suyas sobre mi cara y noté cómo apoyaba un objeto en mis palmas extendidas. Antes de apartar su mano, recorrió mi cara con una caricia hasta llegar a mi barbilla. La piel se me erizó.
—Ya puedes abrirlos.
Despegué mis párpados lentamente. Todavía podía sentirlos temblar por el dulce contacto de sus dedos. Una linda cajita apareció ante mi vista.
—Es lo único que me enseñó a hacer mi padre de niño con madera. Ábrelo, es un joyero.
Levanté la tapa y descubrí el interior forrado en terciopelo púrpura.
—Es precioso. —El color me hizo recordar nuestro primer encuentro.
—Gira la manija. —Señaló un lateral de la cajita.
Palpé recorriendo con mis dedos el finísimo barniz y encontré una pequeña manivela. Le di vueltas sin ser capaz de reconocer la melodía. Andoni me hizo señas girando sus dedos más despacio de lo que yo lo estaba haciendo. En unos segundos identifiqué la canción.
— Strangers in the night?
—Sí... Bueno..., de las melodías que he encontrado, era la que me pareció más apropiada. —Bajó la mirada—. Teniendo en cuenta cómo nos conocimos.
Creí enloquecer.
—Muchísimas gracias. —Me acerqué a él y lo besé en la mejilla. Me pareció ver algo de rubor camuflado por su barba, que me pinchó un poco.
—Vaya, rascas —protesté llevándome la mano a la comisura del labio.
—¿En serio? —Se frotó la cara.
—Estás mejor sin esa cosa. Tienes una cara demasiado bonita para esconderla bajo todo ese pelo. —El comentario me salió del alma y no pude evitar confesar lo que pensaba.
Se desternilló.
—Es mucho más cómodo que tener que afeitarse casi a diario.
—Pues a mí no me gusta.
—Es mi barba. Podré decidir si quiero o no llevarla.
—Si un día te despiertas y no la tienes, es que yo misma te la he afeitado.
—¿En serio lo harías?
—¿Entrar a hurtadillas en tu casa cuando estés dormido?
—No, afeitarme. —Puso los ojos en blanco—. Lo otro sé que no serías capaz de hacerlo.
Le saqué la lengua por su comentario final.
—Afeité varias veces a mi padre cuando se rompió el brazo derecho hace tres años. Y de lo otro sería capaz de sobra. —Me eché un farol. ¿Me estaba retando?
Se quedó un rato pensativo y tirando de los pelos más largos de su perilla.
—¿Hace tres años no fue la boda de tu hermana?
—Sí, exactamente. —Me sorprendió que recordara detalles como ese.
Cada vez tenía más claro que prestaba una gran atención a todo lo que le contaba, aunque eso lo recordaría de cuando mi madre le habló de la reforma de su habitación, porque yo no le había hablado del tema—.
Tendrías que ver las fotos. El padrino vestido de frac y con el brazo en cabestrillo. Todo un espectáculo.
Me miró con una expresión juguetona que me dejó atónita y entró en el cuarto de baño.
Inspeccioné mi regalo mientras regresaba.
Era precioso. El joyero de madera era perfecto, aunque era evidente que estaba hecho a mano.
La cajita musical estaba encajada en una esquina y la manivela atravesaba el lateral derecho con un finísimo agujero forrado con el mismo terciopelo púrpura que envolvía el interior.
No solo la música estaba inspirada en nuestro primer encuentro, también el color del cielo estaba presente en el obsequio.
¿O tal vez fuera el color de mi vestido?
Hice sonar el estribillo de la conocida canción de Sinatra hasta que Andoni salió del baño.
—Hazlo —me ordenó entregándome una cuchilla de afeitar y un bote de espuma.
—¿Me estás hablando en serio? —No me lo podía creer.
—Si no lo haces, no me la quitaré.
—Eso no lo puedo permitir —exageré mi tono para demostrar aún más disgusto del que sentía. ¿De verdad le gustaba llevar esa cosa puesta?
Apoyé mi nuevo joyero en su cama y lo empujé de vuelta al baño. Tropezó con la pequeña bañera y se sentó en el borde.
—Necesito una toalla. —Me empezaron a temblar las manos. Hacía mucho que no manejaba una cuchilla. Yo me depilaba con cera. ¿Y si le cortaba?
Estiró el brazo y alcanzó una toalla que tenía junto al lavabo. La apoyé sobre sus hombros a modo de babero.
—¿Listo? —Lo amenacé con la maquinilla como si fuera el cuchillo de Psicosis —. Te estás jugando el cuello —le advertí y, de pronto, el mundo se me cayó encima. Recordé de golpe lo que le había ocurrido con su padrastro y... quise que me tragara la tierra.
Él debió de notar mi malestar y me sonrió con una calma inesperada.
—Confío en ti —respondió con rotundidad y levantó la barbilla—. Adelante.
Sus palabras me dieron ánimos para comenzar con la labor. Si lo hacía con cuidado, no tendría por qué sufrir ningún daño. La oportunidad de tocar su rostro me resultó demasiado tentadora como para dejarla escapar.
Cogí un poco de agua formando un cuenco con las manos y le mojé bien la cara antes de extender la espuma. Él se aferró con ambas manos al borde de la bañera donde estaba sentado y puso la espalda muy recta.
—Allá voy —avisé en el momento de pasar la cuchilla por primera vez.
Avancé despacio, muy concentrada en cada pasada, procurando no hacer ningún movimiento brusco para no cortarle. Puse especial precaución en las zonas más angulosas y delicadas, como las curvas de sus sensuales labios. Durante todo el tiempo pude sentir su mirada clavada en mí.
Cometí el error de apartar un instante la vista de mi labor, cruzándome durante una fracción de segundo con sus penetrantes ojos negros. La mano se me fue y la cuchilla llegó hasta su garganta.
—¡¿Te he cortado?!
—No, creo que no —respondió dando un par de toques con sus dedos por la zona del accidente—. Pero ha faltado poco.
—Me has desconcentrado —me justifiqué—. ¿Te importaría cerrar los ojos hasta que termine?
—Sí, me importaría. Quiero verte hacerlo. —Clavó su mirada en la mía, pero cerró los ojos en unos segundos.
Seguí afeitándole con más cuidado, intentando descifrar el significado de lo que me acababa de decir. En pocos minutos, su cara volvía a ser el rostro perfecto de siempre. Le aclaré los restos de espuma y le sequé con la toalla. Él permaneció inmóvil y con los ojos cerrados.
Me quedé mirándolo y tuve que reprimir el instinto que me impulsaba a besarlo en ese preciso momento. Estaba a tan solo unos centímetros de su boca y él no me vería acercarme, por lo que no podría huir a tiempo. Si quería, podía robarle un beso allí mismo.
Aunque me moría de ganas de saborear sus labios, el miedo a su reacción me disuadió. Decidí cumplir mi fantasía solo a medias y besarlo en la mejilla como lo había hecho al recibir el regalo.
—Mucho mejor así. —Apoyé mis manos en sus hombros y besé con suavidad su mejilla antes de rozarla contra la mía dibujando círculos—. Ya no rascas —susurré.
Sus manos soltaron de inmediato el borde de la bañera y se posaron sobre mis caderas atrayéndome un poco más cerca de él. La sangre de mis venas comenzó a arder al sentir su contacto y su agitada respiración cerca de mi oído.