Cuando la noche es púrpura Capítulo 23
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Capítulo 23

E l viernes volví directa a casa tras el último examen. Estaba agotada y solo quería comer algo y echarme una siesta. Cuando entré oí a mi madre hablar por teléfono. Por sus últimas palabras, deduje que al otro lado de la línea estaba mi tía Lourdes, su hermana.

—Hola, Edurne. ¿Qué tal el último examen?

—Bien, ya sabes, era el de Mates. —Si la media con las notas de selectividad me lo permitía, quizá me decantara por unos estudios universitarios en el que las mates fueran la base, como ADE.

Si no, tal vez hiciera algún módulo de contabilidad.

Pero paso a paso, aún tenía que aprobar todo—. ¿Hablabas con la tía?

—Sí. Estamos preparando todo para el viaje.

—¿Qué viaje?

—El que vamos a hacer todos juntos este verano, tu hermana también irá. A tu padre le han dado todo el mes de julio y yo no tendré problemas para cambiar algunas fechas con las compañeras.

—¿Nos vamos a ir todo el mes? —No, no era posible.

—Sí, hija. ¿No te hace ilusión? Siempre habías querido ir a Francia.

Y ahora que tus tíos han arreglado la casa en la que nació Jean, podremos pasar con ellos el verano.

Yo me muero por conocer Saint-Suliac, me han hablado maravillas de ese pueblito marinero.

Y seguro que convencemos a tu padre para pasar unos días en París.

¡Hace tanto que estuve que apenas me acuerdo de lo bellísima que es!

Mi madre estaba entusiasmada con la idea. Yo quería conocer Francia desde pequeña, París en especial. Pero la oportunidad resultaba ser más bien inoportuna.

—Sí, pero un mes... Nunca nos hemos ido tanto tiempo.

—Ya, tu padre siempre ha tenido mucho trabajo en verano, y yo suelo tener que partir las mías en quincenas. Pero ahora que le han ascendido a primer chef, tiene ciertos privilegios.

—Sí, supongo que papá lo necesita.

—Todos lo necesitamos. ¿Cuándo te dan las notas?

—Esto..., el lunes que viene. Pero toda esa semana serán las recuperaciones. Puede que tenga que hacer alguna antes de selectividad.

—Seguro que no hará falta, ya lo verás. De todas formas, no tendrías nada a partir de julio.

La matrícula de la universidad la puedes hacer online .

—Mi madre era partidaria de la uni y daba por hecho que la nota me daría—.

Así que nos podemos ir... —se acercó a mirar el calendario pegado en la nevera— el sábado, que es día uno.

—Claro..., genial.

Después de comer subí a mi habitación, pero no pude echarme la ansiada siesta. Esas dos semanas sin apenas ver a Andoni habían sido agónicas. ¿Cómo se suponía que iba a sobrevivir durante todo un mes alejada de él?

Salí de casa y recorrí a pie el camino hasta la cabaña. Como me temía, tuve que dar media vuelta sin poder verlo. Nunca le encontraba en casa. ¿Por qué tenía que trabajar tanto?

Caminé con desgana hasta el parque, donde había quedado con toda la cuadrilla.

Lo de Natalia había resultado ser un esguince, pero no podía andar largas distancias, aunque Ager la llevaba a caballito a todas partes.

Así que nos quedamos en el pueblo por ella.

Si no, habríamos ido hasta la ciudad a celebrar el fin de los exámenes yendo de compras, al cine o a merendar algo.

Lo dejaríamos para el día que nos dieran las notas, si había motivos de celebración, claro.

Esa tarde noté a Nuria más inquieta que de costumbre. Cuando entramos en la tienda de golosinas aproveché que estábamos solas para preguntarle:

—¿Qué te pasa, Nuria? Hoy estás rarísima.

—Bueno... —Se puso colorada. Esperé una confesión inminente—. Hay algo que llevo días queriendo contarte.

—¡Y a qué estás esperando! ¡Suelta por esa boquita!

Nuria había sido mi paño de lágrimas durante las últimas semanas y yo no me había dado cuenta de que ella también necesitaba desahogarse. Me sentí muy egoísta.

—Creo que me gusta... Koldo.

—¡En serio! ¡Es fantástico!

De los tres amigos de Ager que solían venir con nosotras, sin duda era el más majetón.

—No es fantástico. No creo que yo le guste a él. —Nuria pagó un único paquete de pipas, poca cosa en comparación con los atracones de gominolas que se solía pegar.

—¿Y por qué no ibas a gustarle?

—Mírame, ningún chico se fijaría en mí.

Su inseguridad me enfureció. Nuria era muy guapa, pero no se arreglaba demasiado. Vestía con ropas anchas que no favorecían su curvilínea figura.

—¡No digas bobadas! Cualquier chico se moriría por que tú le hicieras caso. Y a Koldo en concreto creo que le caes muy bien. Siempre habláis mucho. De hecho, creo que contigo es con la que más habla.

—¿Tú crees? —Un brillo de esperanza relució en sus ojillos tristones.

—Estoy segura.

—¿Crees que debería decirle algo?

—No soy la más indicada para aconsejarte algo así. Mírame a mí. Estoy aquí suspirando por Andoni sin decirle lo que siento por él.

—Somos unas cobardes. —Tenía razón.

—Hagamos un pacto. —De pronto, la valentía se apoderó de mí.

—¿Cuál?

Nos detuvimos a unos pasos de donde estaban el resto de nuestros amigos. Pude ver que Koldo miraba hacia nosotras..., más bien hacia Nuria. ¿Cómo no me había fijado antes? La pecosa cara del nuevo amor de mi amiga estaba más sonriente cuando la miraba.

—Hagamos lo que tú misma me aconsejaste el otro día: ¡luchar por lo que queremos!

Nuria abrió su boca con una marcada O. Pero en sus ojos observé determinación. Estaba dispuesta a dejar de ser una cobarde, como yo.

—¿Se lo vamos a decir? No sé si seré capaz. ¿Y si me rechaza?

—No hay que pensar eso. Hay que estar seguras de que se mueren por nuestros huesos. —Aunque a mí también me iba a costar convencerme de ello.

—Está bien. Lo haremos. ¿Cuándo? ¡Ahora no!

Pensé en mi próximo viaje. Me quedaba poco tiempo.

—Antes de irnos de vacaciones. —Eran escasas tres semanas, pero no podía esperar más.

—Yo no me voy hasta agosto. Creo que Koldo se va la segunda quincena de julio.

—Ya tienes más tiempo que yo. Creo que me voy el día uno.

—¡Dios mío, Edurne! ¿Te imaginas que nos dicen que sí?

Koldo nos saludó y nos indicó que nos acercáramos. Parecía impaciente por que volviéramos junto al resto. Era muy buena señal.

Señal... Recordé que Andoni había mencionado que el cielo púrpura de la noche que nos conocimos había sido una señal de que algo muy bueno iba a suceder. Casi lo había olvidado. Aquello me dio nuevas esperanzas.

—Tú ya tienes el sí, te apuesto lo que quieras. —Le di un codazo para que se diera cuenta de la impaciencia de Koldo y volvimos junto a ellos.

Pasé el resto de la tarde facilitando que se sentaran juntos, procurando no ser demasiado descarada. La química entre ellos saltaba a la vista. Un trocito de mi afligido corazón se alegró al ver que era posible. El ser valiente podía tener su recompensa.

Ahora yo solo tenía que encontrar el momento adecuado, pero no tenía mucho tiempo.

El domingo volví a la misma hora que la semana anterior. Esperaba encontrar a Andoni en su casa antes de que se fuera a trabajar por la tarde. Debí haber ido antes, porque cuando bajé de mi bici volví a pillarlo a punto de marcharse.

—¿Otra vez a trabajar? —Ese no iba a ser el momento adecuado. Necesitaba más tiempo para hacerle una declaración.

—Así es, me quedan pocos días y mucho trabajo pendiente.

Ni siquiera me saludó. Cargó las herramientas en el vehículo y subió al asiento.

—¿No vas a coger libre ni un solo día a la semana?

—Ahora mismo no puedo, Edurne. Ya te dije que tenemos hasta fin de mes para terminar, y vamos algo atrasados.

—Entonces... —agaché la cabeza y mi voz sonó llorosa—, no nos veremos hasta agosto. En julio me voy de vacaciones.

Por fin le hice reaccionar. Bajó del coche, se acercó a mí y alzó mi cara por la barbilla.

—¿Todo el mes? —A él también le parecía mucho.

—Sí, todo julio.

Le noté una extraña expresión que no identifiqué con ningún sentimiento que conociera. Al menos, no parecía indiferencia.

—¿Y a dónde os vais? —Su voz también era extraña.

—A un pueblo de la Bretaña francesa. Es donde nació el marido de mi tía. Y tal vez mi madre convenza a mi padre para que pasemos unos días en París.

—Eso está bastante lejos. —Se subió de nuevo al asiento y arrancó el motor—. Seguro que lo pasáis muy bien.

Su extraña voz sonaba ahora enfadada. No sabía si eso era una buena o una mala señal.

—La verdad es que no me apetece irme tanto tiempo. —Me acerqué a su ventanilla. La bajó del todo cuando me asomé y detuvo el motor.

—¿Mañana te dan las notas? —La pregunta fue formulada por su voz de siempre. La extraña y enfadada se había esfumado.

—Sí. —Me alegraba que se acordara.

—Volveré a casa a comer sobre la una. Podrías venir a enseñármelas.

La sangre circuló rauda por mis venas de nuevo. Volvía a querer verme.

—Aquí estaré. Prepara pañuelos por si vengo llorando desconsolada.

Se rio y volvió a encender el motor.

—Estoy convencido de que no van a hacer falta. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Esa noche descansé de verdad por primera vez durante las dos últimas semanas, sabiendo a ciencia cierta que al día siguiente lo vería.