Capítulo 21 #2
Nuria se pasó las dos horas mandándome papelitos camuflados con apuntes en los que me preguntaba si había visto ya a Andoni y de qué habíamos hablado.
Le llamé la atención varias veces por precaución.
Aún no había encontrado el momento adecuado para confesarles a mis amigas que mi relación de amistad con Andoni era más especial de lo que les había contado hasta el momento.
Al menos lo era para mí. Sabía que podía confiar en ellas, pero la relación de Ager con Jon me coartaba las ganas de explicar mis profundos sentimientos a Natalia.
Ella habría sido la primera a la que se lo habría explicado si no hubiera detectado en mi mejor amiga su predilección hacia Jon.
Empecé a ponerme nerviosa al entrar en el gimnasio.
El profesor no nos había dicho en qué iba a consistir el examen.
Lo único que sabíamos era que se trataba de una prueba individual y otra en equipos.
Según íbamos saliendo de los vestuarios, nos fue entregando un peto a cada uno.
En total, doce rojos y trece azules completaban la clase, chicos y chicas mezclados.
Cada uno tenía un dorsal con un número del uno al veinticinco.
Ramón nos explicó que primero haríamos la prueba individual, que iba a consistir en una serie de saltos de vallas y un recorrido cronometrado de cincuenta metros.
La prueba grupal sería después y consistiría en un partido de baloncesto, rojos contra azules, en el cual él iría indicando los cambios de los jugadores para poder examinarnos a todos.
Salimos al patio e hicimos una fila ordenada según nuestros dorsales para el salto de vallas y la prueba de velocidad.
Yo tenía el número siete. Cambiarme rápida y salir del vestuario de las primeras había sido penalizado con ser la primera de las chicas en hacer el examen.
Me temblaron las rodillas cuando el quinto de los chicos de mi clase saltó como una gacela las vallas y terminó la prueba con un increíble sprint, batiendo el récord del instituto, según mi profe.
Esperaba otra envidiable muestra de agilidad del chico que me precedía en la fila, pero el pobre Fernando rozó con la punta de la zapatilla una de las vallas y aterrizó en el suelo de cemento del campo de fútbol.
Tuvieron que llevárselo a Secretaría entre dos de los compañeros que ya se habían examinado para conseguir material de botiquín.
Al parecer, no tenía nada roto, pero sangraba por los codos, la barbilla y la nariz.
Cuando el profe me indicó que era mi turno ya no me temblaban las rodillas, me tambaleaba yo entera.
El guantazo que se había pegado Fernando iba a ser poca cosa en comparación con mi inminente caída.
Me abriría la cabeza y me fracturaría ambos brazos, tal vez solo una pierna, la primera en impactar con el suelo después de tropezar con la primera o, a lo sumo, la segunda de las cinco vallas.
Solo habíamos practicado ese tipo de ejercicios un par de días y había sido a principio de curso.
No me sorprendió la elección de la prueba en el profesor menos apreciado por todo el instituto, al que solían apodarle con un insulto que rimaba con su nombre.
El profe dio otro pitido con su silbato indicándome que era mi turno.
—Venga, Edurne, tú puedes. —Natalia me agarraba por los hombros y Nuria levantaba ambos pulgares con una sonrisa radiante. Confiaban más en mí que yo misma.
No alargué más el suplicio y cogí carrerilla para salvar al menos el primer obstáculo.
Creí que había llegado mi hora cuando, en la cuarta valla, el pie se me quedó algo retrasado tras el salto y perdí un poco el equilibrio, tirando la valla tras de mí.
Me desvié unos pasos hacia la derecha del circuito, pero conseguí recobrar la verticalidad y me lancé a por la última valla emitiendo un gutural grito al concentrar todo mi esfuerzo.
Los cincuenta metros hasta el final del campo de fútbol los recorrí con rabia, orgullo y un inmenso alivio.
Iba a salir ilesa de la cruzada y, además, tendría buena nota por haber tumbado una única valla.
Sonreí triunfal y sin aliento al llegar a la portería más alejada, donde se acababa el patio del instituto.
Aún estaba dando los últimos pasos de frenada de mi carrera cuando pude oír el silbato del profesor dando por concluida mi prueba.
Unos aplausos demasiado cercanos me hicieron levantar la vista, pero no pude incorporarme.
Seguía jadeando y con las manos apoyadas sobre mis rodillas, tratando de recuperar el aliento, cuando mis ojos se encontraron con la sonriente cara de Andoni, que aplaudía con los brazos en alto.
—¡Guau! ¡Has estado genial!
No lo podía creer. Había venido a ver mi examen. ¿Por eso me había preguntado el día anterior a qué hora lo tenía?
—¿Cuándo has...? —No podía ni hablar, me faltaba el aire por la carrera, pero aún más por el impacto de su presencia—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
Alcancé a ver su camioneta aparcada junto a la acera, al otro lado de la verja que me separaba de él.
—Desde el dorsal tres. Cuando el seis se ha caído, he estado a punto de saltar esta verja para preguntarle a tu profesor si era un sádico y si pretendía acabar con todos vosotros.
—Sus ojos reflejaban verdadera preocupación—.
Pero tú lo has hecho tan bien que tal vez le deje torturar al resto de tus compañeros.
Se echó a reír y apretó con su dedo índice la punta de mi nariz, que sobresalía entre las rejas de la verja. Ojalá tuviera fuerzas para separarlas y pasar al otro lado con él.
—No lo he hecho tan bien, he tirado una, y eso baja nota.
—Que yo sepa, eso no penaliza.
—Pues mi profe sí lo hace.
—Para mí tienes un diez. —Se agarró a las rejas y se acercó a mí con gesto de preocupación—. Me había asustado mucho al ver que perdías el equilibrio, pero te has recuperado enseguida y has saltado la última como un cervatillo.
Me hizo reír al compararme con Bambi. Su nueva sonrisa, rodeada por una perilla que le hacía varios años mayor, me hipnotizó como lo habría hecho su sonrisa más juvenil.
—Como mucho, tendré un nueve. Y aún falta el partido de baloncesto.
—¿Saldrás a las dos? —Miró su reloj.
—Algo más tarde. Lo que tarde en ducharme.
Torció el gesto.
—Te iba a proponer acercarte a casa cuando salieras. Tengo que recoger unos materiales de la cabaña, pero he quedado con Damián a las tres y aún tengo que comer...
—Estaré aquí a las dos y cinco. No te marches.
—Muy bien. —Se separó de la verja y anduvo unos pasos a la derecha, acercándose más al campo de baloncesto, paralelo al de fútbol—. A ver qué tal encestas.
Volví corriendo junto con el resto de la clase antes de que el profesor me llamara la atención.
Era un alivio que la segunda prueba fuera un partido de baloncesto, deporte que no se me daba del todo mal.
Si hubiera sido de fútbol, habría echado a Andoni de allí con cualquier excusa.
No quería que viera cómo rompía las piernas de mis compañeros con mis involuntarias patadas.
Mis amigas, que aún aguardaban su turno, me miraban atónitas cuando llegué.
—¿Quién era ese, Edurne? —La sonrisilla de Tania respondía a su propia pregunta.
—Es el carpintero. —El tono de Natalia sonó despectivo—. ¿Qué quería?
Me sentí muy molesta con ella.
—Me va a llevar luego a casa, así que no me esperéis para coger el bus.
No pensaba darles más explicaciones. Natalia había decidido con su actitud que ese no era el momento para confesarles mis sentimientos hacia él.
—¡En serio! —Nuria se mostró demasiado entusiasmada y Nerea lo notó.