Cuando la noche es púrpura Capítulo 21
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Capítulo 21

E xceptuando la cargante mañana del lunes, el resto de la primera semana de exámenes fue de lo más monótona.

Durante las cuatro horas que pasamos repasando en la biblioteca para preparar el examen de Historia, tuve que aguantar el sermón de Natalia sobre lo mal que me había portado con Jon en el río el día anterior, no haciéndole ni caso en las dos escasas horas que me había dignado a estar con ellos.

No podía creer cómo le había ignorado mientras él contaba una y otra vez cómo habían ganado la final por el último triple que había marcado Ager gracias a su preciso pase.

Según ella, le había hecho el mayor desprecio que se le puede hacer a un chico y, probablemente, pasaría de mí a partir de ya.

Si estando ausente esas dos horas pensando en el chico que de verdad me importaba había logrado desinteresar a Jon, mi involuntario pasotismo había logrado lo que no había conseguido yo misma de forma voluntaria. Era mejor que Jon se fijara en cualquier otra chica cuanto antes.

No me atreví a acercarme a la cabaña de Andoni hasta el jueves por la tarde, después del examen de Lengua y Literatura.

No había sabido nada de él desde el domingo anterior.

Ya no tenía que acudir a mi casa para trabajar y venir a verme no parecía estar entre sus prioridades.

Yo había tenido que obligarme a mí misma a quedarme estudiando para no recorrer con cualquier excusa el escaso trecho que nos separaba.

El jueves, después de comer, subí al desván.

Cogí los prismáticos de mi abuelo, ahora guardados en uno de los cajones del nuevo armario, y espié por la ventana esperando divisar el Land Rover de Andoni como prueba de que le encontraría en casa.

Pero no lo vi. Tardé poco en convencerme de que lo podría haber aparcado detrás de la cabaña y que por eso no estaba a la vista, así que en menos de un minuto estaba montada en mi bici camino de su casa.

Aparqué junto a la barandilla del pequeño porche y llamé a la puerta. Traté de abrirla al no obtener respuesta, pero estaba cerrada. Su coche tampoco estaba tras la casa; me acerqué al cobertizo a asegurarme de que no estuviera trabajando allí.

Tampoco respondió nadie, pero la puerta no estaba cerrada con llave, así que entré para comprobar que, como me temía, no le iba a ver tampoco esa tarde.

Antes de salir de su taller, vi por el rabillo del ojo la regadera que habíamos usado el domingo al plantar nuestro avellano y decidí sacar partido a mi paseo hasta la cabaña. La llené en el pequeño grifo que había junto a la puerta y me adentré en el bosque.

La montañita de tierra que abrazaba el esqueje apenas se elevaba ya del suelo y estaba casi seca.

Tal vez Andoni hubiera olvidado cuidar del «recién nacido».

Una llamita de instinto maternal prendió en mí al considerar a ese nuevo ser al que habíamos dado vida juntos como nuestro hijo.

El retoño necesitaría agua y cuidados, aunque solo fuera de vez en cuando...

No, imposible. No podía haberlo olvidado.

Él tenía una tradición y no habría decidido crear otro ser vivo para dejarlo morir después.

Me agaché y miré la ramita y las tres hojas con detenimiento.

Parecía sano y bien arraigado en el terreno.

Derramé un chorro de agua sobre él y empapé bien la tierra y las hojas de nuestro pequeño.

Me senté a observarlo absorber el alimento e imaginé cómo sería cuando creciera y las deliciosas avellanas que nacerían de él. La naturaleza era algo mágico.

Me relajó bastante estar allí sentada un largo rato, pero volví a la cabaña esperando encontrar a Andoni de vuelta. Al ver que no era así, me marché a casa a seguir estudiando para los últimos exámenes, pero la añoranza me estuvo importunando toda la tarde.

El viernes no fuimos al instituto a repasar ninguna materia y me levanté tarde. Volví a ir a la cabaña antes de comer y el sábado lo hice por la tarde, un par de horas antes de ir al parque con mis amigas. Pero Andoni no estaba ni un día ni el otro. ¿Dónde se había metido?

Pasar, había pasado por su casa. Pude comprobar que la puerta del cobertizo estaba cerrada con llave cuando el sábado pensé en regar de nuevo el avellano y así hacer tiempo para que volviera.

Pasé a visitar al futuro arbusto y pude ver unas huellas de botas que no había visto el jueves.

Por el tamaño de las pisadas, era muy probable que fueran de Andoni.

Además, ¿quién iba a caminar por el bosque en línea recta hasta el pequeño avellano, dar un rodeo y volver hasta el camino donde se perdían las huellas?

Me alegró comprobar lo que en el fondo ya sabía, que iría a darle los cuidados que necesitara. Parecía que lo había vuelto a regar. Deberíamos hablar de ello. ¡A ver si lo íbamos a acabar ahogando!

El domingo estuve toda la mañana tratando de estudiar para el examen de Filosofía, pero me sentía incapaz de concentrarme al recordar la tarde que había pasado estudiando con Andoni, en la que me había recomendado el libro de un filósofo-político.

Todo lo que hacía me recordaba a él. Bajar a beber zumo, ir a ducharme, ayudar a mi madre a preparar la comida, verme reflejada en el espejo de la entrada...

Decidí hacer algo de deporte después de comer para despejar la mente y preparar mi cuerpo para el examen de Educación Física del día siguiente.

Correr por el camino del río me pareció una buena excusa para pasar por allí de forma casual.

Aunque ya estaba agotada cuando atravesé el puente, aceleré el ritmo en cuanto divisé el capó del Land Rover tras la cabaña. ¡Por fin iba a verle!

Llegué con la lengua fuera y me encontré de frente con Andoni, que salía de su casa bastante acelerado.

—¿A dónde vas tan rápido? —inquirió mientras frenaba delante de él.

Yo podría haberle preguntado lo mismo.

—Estoy entrenando. Mañana tengo examen de Educación Física.

—Y si se te ha ocurrido venir corriendo hasta aquí. —Parecía una acusación. ¿Es que le molestaba?

—Pues sí. Ya que tenía que correr, venir aquí era la mejor elección. Hace una semana que te no veo y quería saludarte. —Dios mío, ¡cómo le había echado de menos!

—Muchas gracias, pero me temo que la visita va a tener que ser muy corta. Tengo que marcharme ahora mismo.

Al final el pasar a saludarle iba a ser justo eso. Hola y adiós.

—¿A dónde tienes que ir con tanta urgencia?

Le noté en la cara rastros de cansancio. No estaba segura de si esa era la expresión que tenía, porque llevaba barba de varios días y ocultaba parte de su expresivo y perfecto rostro.

—Estoy trabajando en la renovación de las áreas recreativas de la comarca. Damián y yo tenemos hasta fin de mes para terminar las que están más deterioradas.

—¿Trabajas todo el día? —Sus ojeras estaban muy marcadas.

—Y todos los días. Ya ves, es domingo por la tarde y allá voy de nuevo.

Se dirigió hacia su coche.

—Andoni, deberías descansar más. Tienes mala cara.

—Últimamente tengo algo de insomnio. —Ya éramos dos. Se subió al asiento y me habló desde la ventanilla—. ¿Quieres que te acerque a tu casa... o a otro sitio?

Me habría encantado poder pasar con él más rato, pero había ido allí con la excusa de salir a correr. No iba a resultar convincente volver a casa a rueda.

—No, gracias, volveré corriendo. Quiero aprobar mañana el examen.

—¿A qué hora lo tienes? —La pregunta me extrañó.

—A última, de una a dos.

Asintió con la cabeza.

—Que tengas suerte. Seguro que los haces muy bien. —Arrancó el motor y se marchó dejándome desconcertada de nuevo.

Esa noche tardé en dormirme aún más que el resto de la semana.

La frustración me hacía dar vueltas en la cama.

¿Cómo podía haber tenido una conversación tan fría con Andoni esa tarde después de haberme abierto su corazón de par en par una semana antes?

Ni qué decir sobre la interminable semana sin verle.

¿Es que él no me extrañaba? Se había pasado toda la semana trabajando y, además, apenas había dormido.

No había tenido tiempo para pasar por mi casa a saludarme.

Y, aunque lo hubiera tenido, quizá tampoco se habría acercado.

Ni siquiera me había preguntado qué tal me habían salido los exámenes que ya había hecho.

El de Historia entre ellos. ¿Dónde estaba su perfecta educación?

Tenía que encontrar la manera de que pudiéramos vernos más a menudo, o al menos hablar.

Sabía que no tenía ordenador, ¡ni siquiera tele!

Pero en los tiempos que corrían, llevar un móvil era como portar el DNI, por lo que, si aún no se había hecho con uno, yo me encargaría de eso.

No me costaría mucho convencerlo de que lo iba a necesitar.

Todo trabajador autónomo, como él, precisaba de un número de contacto para sus clientes.

Andoni de momento hacía trabajos pequeños en los pueblos cercanos y tenía el contacto de Damián en la ferretería.

Me daba la impresión de que era una especie de padrino para él.

Tal vez lo más parecido a un padre que había conocido en mucho tiempo, además del socio de su padre que lo había acogido.

Me alegré por él y conseguí relajarme un poco. Al final logré conciliar el sueño.

El lunes fuimos a la biblioteca del instituto un par de horas antes del examen de Educación Física. Ya no teníamos clases y quedar para repasar juntas nos hacía obligarnos a estudiar. Después de haber hecho ya los controles más difíciles, las ganas de hincar codos iban mermando.