Cuando la noche es púrpura Capítulo 20
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Capítulo 20

E l resto de la historia la escuché sin apenas respirar, sentía que si hacía un movimiento en falso Andoni se rompería en mil pedazos.

Me resultaba imposible comprender cómo había sobrevivido a todo lo que vino después de aquel terrible suceso en su casa.

Cómo había pasado por la investigación policial, los peritos, psicólogos, la prensa...

Y todo, completamente solo. Porque la familia de su padrastro había negado en todo momento la historia que había contado Andoni, llegando a presentar una denuncia en su contra y acusándolo de haber sido él mismo quien había matado, no solo a su padrastro, sino a su propia madre.

Cualquier cosa con tal de excusar a su hijo de lo que había hecho.

Por supuesto, las pruebas forenses revelaron la verdad; testimonios como el de la profesora amiga de su madre y los registros de llamadas corroboraron la versión que Andoni consiguió dar días después ante un psicólogo especializado.

Sin embargo, él era menor de catorce años y esos supuestos abuelos que habían querido acusarlo de doble asesinato, sus tutores legales.

Consiguieron ingresarlo en un centro de régimen cerrado con informes fraudulentos sobre su salud mental.

Y, como muchos de los otros internos sí que provenían de entornos desestructurados, acabó teniendo más de un problema con varios de ellos.

Andoni no quiso entrar en detalles en esa parte de su historia, solo me contó que había pasado por dos centros distintos y que, cuando estaba a punto de lograr que le concedieran la independencia legal al cumplir lo dieciséis, sucedió el peor de aquellos incidentes en los que se vio envuelto sin remedio y, dado su expediente, un juez estableció que permaneciera bajo custodia del estado hasta su mayoría de edad.

—Por suerte, me trasladaron a un centro de régimen abierto y pude solicitar estudiar un módulo de carpintería.

En cuanto cumplí los dieciocho, busqué al antiguo socio de mi padre en su negocio y le pedí una oportunidad como aprendiz.

Me acogió sin pensárselo dos veces. Me pagó un sueldo muy por encima de mi categoría profesional y me permitió vivir en el primer piso de la carpintería.

Cuando ahorré lo suficiente para un vehículo y un sitio propio donde vivir, me marché a buscarme la vida por mi cuenta.

Y aquí estoy —concluyó con un suspiro resignado que acompañó de una sonrisa tímida.

No pude evitar soltar mucho aire de golpe y, después, un sollozo que fue el inicio de un sentido llanto. Me llevé la mano a la boca, enfadada conmigo misma por no poder evitar expresar por fin todo lo que había estado reteniendo casi una hora.

Andoni secó las lágrimas que me habían desobedecido y se habían escapado de mis ojos, recorriendo mis mejillas a gran velocidad. Yo no pude evitarlo más y lo abracé con todas mis fuerzas. Él no solo lo permitió, sino que me correspondió con el mismo fervor.

—Gracias —susurró—. No sabes cuánta falta me hacía esto.

—De nada. Siempre que quieras.

Perdí la noción del tiempo. Había soñado que él me tenía entre sus brazos varias noches desde que le había conocido. Pero que fuera yo quien lo refugiaba en los míos era algo que superaba mis propias fantasías.

El abrazo iba mucho más allá de lo puramente físico. No sentía que tocaba solamente su piel, llegué a creer que tenía su alma entre mis dedos cuando los deslizaba por su pelo y que entraba por cada poro de mi piel cuando su respiración me rozaba.

Cada uno de sus fuertes latidos era una prueba irrefutable de su vitalidad, a pesar de que había estado a punto de perder la vida.

Era casi un milagro que siguiera en este mundo, y para mí lo era tenerlo a mi lado.

Había superado adversidades que yo no era capaz ni de imaginar y, por encima de todas ellas, había llegado a ser la mejor persona que había conocido jamás.

Cuando se separó poco a poco de mí, sus ojos negros mi miraron con una ternura que me desarmó.

—Siento no poderte contar un pasado más alegre y... normal.

—Y yo siento no poder volver atrás en el tiempo para que nada de todo eso hubiera pasado. —No controlaba lo que le decía—. No poder evitar llorar cuando el que debería llorar eres tú... y... ¡haberte hecho sentirte obligado a recordarlo todo para contármelo!

—Sh, tranquila. —Esta vez fue él quien acarició mi pelo para tratar de relajarme.

Lo consiguió un poco—. Ya no hay nada que hacer, he necesitado años para ser consciente de eso.

He llorado cientos de días y más de mil noches por lo sucedido.

Y tú no me has hecho contártelo, he querido hacerlo yo. Lo necesitaba.

Andoni seguía acariciándome tratando de consolarme. ¿Cómo había llegado a eso? El que tenía que ser reconfortado era él. Me erguí y recuperé sus manos entre las mías.

—Gracias. Gracias por confiar en mí y... abrirme tu corazón.

—Me acabo de quitar un gran peso de encima —resopló—. Sobre todo, porque no has salido corriendo.

—¡Dios mío! ¡Claro que no!

—Los vecinos no podían evitar mirarme de reojo al pasar. Sabían lo que la prensa y lo rumores habían contado de lo sucedido. Vicente perdió algunos clientes cuando me acogió.

—Pues que les den a todos.

Mi vulgar expresión le hizo sonreír y acabamos riéndonos a carcajadas.

—Yo no contaré nada. No hace falta que nadie sepa nada sobre tu pasado. Pero gracias por confiármelo a mí.

—Confío en ti. Y quiero que tú también puedas estar segura de que puedes confiar en mí, siempre. Nunca te haría daño, Edurne.

—No hace falta que lo digas. Lo sé perfectamente.

Aunque no conociera tu pasado, de alguna forma, sí sentía que te conocía a ti, a la persona que eres en realidad, la que habita aquí —toqué su pecho con mi dedo índice—.

Y tú también me conocías a mí, ¿recuerdas?

Lo supiste la primera vez que me viste, aquella noche púrpura.

—Era una señal —susurró él y sus ojos brillaron de un modo peculiar.

—¿Una señal de qué?

—De que, a pesar de todo lo malo, algo muy bueno estaba a punto de suceder —pronunció con tono solemne.

Recordé la historia de cómo se conocieron mis padres una noche similar y tuve que darle la razón. Aunque no pude verbalizarlo porque mi móvil sonó en algún lugar de la casa.

—Creo que te llaman. —Se incorporó y fue a por mi mochila.

—No, deja que suene. Ya llamaré más tarde.

No me hizo caso y dejó la mochila sobre la mesita de la sala.

—Cógelo, puede ser importante.

Sus ojos estaban secos, pero seguía habiendo una gran nostalgia en ellos. Decidí cumplir su petición, aunque con desgana.

—¿Sí? —intenté sonar casual. Era Natalia.

—Edurne, guapa, son las cinco de la tarde. ¿A qué hora piensas venir? ¿Cuándo se haga de noche?

—¿Ya son las cinco? No me había dado ni cuenta. Me he entretenido, perdona.

Vi a Andoni recoger mi mochila y sacudir en su mano las llaves de su camioneta. Me hizo un gesto con la cabeza hacia fuera de la cabaña. Se me pasó toda la tristeza de golpe al entender que aceptaba acudir al río con mis amigos.

—¿Y cuándo piensas venir?

—Ahora mismo salgo para allá. ¿Estáis donde siempre?

—Sí, en la primera cascada. No tardes, que empieza a hacer algo de fresco.

—Llego en quince minutos.

Me enganché al brazo de Andoni y frené cuando le vi intención de salir por la puerta.

—Ya sé que te gusta bañarte vestido, pero creo que sería mejor que cogieras una toalla y un bañador. —Me reí, tratando de animar un poco el ambiente, pero él estaba demasiado serio.

—Solo voy a llevarte.

—¿Por qué? Te vendrá muy bien estar con más gente, te ayudará...

—Otro día, de verdad. Hoy prefiero quedarme en casa.

—Me quedo contigo.

Lo solté y me dirigí de nuevo al sofá. Él me sujetó del brazo sin dejarme avanzar más de un paso.

—No. Tú tienes que ir con tus amigos, ya habías quedado y no puedes dejarlos colgados.

—Pero quiero quedarme contigo. —Me aferré a su brazo.

—Edurne... —Miró hacia otro lado—. Me gustaría estar un rato solo.

El corazón se me rompió como un cristal al caer al suelo. No lo podía creer después del día que llevábamos juntos, de todo lo que habíamos hecho y lo que nos habíamos dicho. ¿Por qué de pronto no me quería a su lado?

—¿Qué...? ¿Por qué?

—Lo necesito. Es todo.

Solté su brazo y salí corriendo por la puerta. Me subí a mi bici tratando de no llorar, otra vez.

—Espera, deja que te lleve. —Salió trotando tras de mí.

—Puedo ir sola. Si no vas a quedarte, no hace falta que te molestes.

—No es molestia.

—Entonces, ven y quédate. —No pude contener una traicionera lágrima. Él la contuvo por mí con su dedo índice.

—Cada cosa tiene su momento y su lugar. Tú ahora tienes que estar en el río con tus amigos. Yo tengo que estar aquí solo. Es lo que ambos necesitamos ahora mismo. Durante la semana nos volveremos a ver.

Siguió acariciando mi mejilla con dulzura con el resto de sus dedos.

—Andoni, no tienes ni la menor idea de lo que necesito en este preciso momento. —Apreté su mano más fuerte contra mi mejilla antes de agarrar el manillar y alejarme de él—. ¡Hasta pronto! —le grité a medio camino del puente.

Un pensamiento aterrizó en mi mente mientras pedaleaba y me torturó durante todo el camino.

La tarde anterior a la noche que conocí a Andoni, mi mayor preocupación había sido qué ropa ponerme para salir.

En cambio, Andoni a mí misma edad —y ya mucho antes— lidiaba con problemas de verdad, de los que te marcan de por vida, y no con tonterías superficiales.

Debía de pensar que era una cría inmadura.

Yo misma me sentía de esa forma, cuando lo que más ansiaba era ser la mujer que le devolviera la fe en que en la vida pueden ocurrir cosas buenas.

Yo quería ayudarlo a vivir con tanta alegría e ilusión que los años malos fueran solo un espejismo en su memoria.

Quería contribuir a que fuera todo lo feliz que puede ser un ser humano en esta vida.

Quería... quería asegurarme de que cada día del resto de su existencia se sintiera acompañado, comprendido, protegido...

Si no era eso amar a alguien, es que yo no comprendía nada, ni siquiera a mi propio corazón.