Cuando la noche es púrpura Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Sin abuelos ni otros familiares, fueron sus profesores y algunas madres de sus compañeros de colegio quienes se encargaron de ciertos aspectos del día a día de Andoni, hasta que una noche se puso enfermo, con fiebre tan alta, por lo que su madre tuvo que llevarlo a urgencias.

Solo fue una neumonía, pero aquel episodio la hizo empezar a salir a flote.

Parecía que poco a poco todo se iba arreglando, ella incluso había mencionado pedir la reincorporación a su trabajo.

Pero era verano y aún podían disfrutar de las vacaciones.

Así que se fueron a la zona de las Landas francesas.

Y allí, en un restaurante junto a la playa, fue donde conoció a un hombre y su vida dio un giro de ciento ochenta grados.

Sus manos volvieron a formar dos piedras bajo las mías cuando llegó a ese punto de la historia. Me acerqué un poco más a él en el sofá y le acaricié el pelo, aún húmedo. Pareció ejercer un efecto relajante, que lo ayudó a continuar.

—Al principio pensé que sería algo bueno que se enamorara de nuevo.

Y Lucas parecía un gran tipo. No la culpé por querer olvidar el dolor e ilusionarse con una nueva vida, ni siquiera cuando se casaron y tuve que alejarme de todo mi mundo, mi colegio, mis amigos...

Él me adoptó legalmente y nos trasladamos a Toulouse —me explicó—.

Allí conocí a su familia: sus padres y su hermano menor, quienes parecían admirarlo más que quererlo.

Era un hombre de negocios que viajaba mucho y siempre estaba alardeando de sus logros, sus contratos millonarios y cosas que a mí me aburrían, así que no hacía mucho caso en las comidas familiares de los domingos.

Fingía que aún no comprendía bien el idioma, aunque lo aprendí rápido.

A mi madre siempre la trataron como alguien inferior, a pesar de su puesto en la universidad, al que renunció de forma definitiva.

De hecho, no volvió a trabajar; se convirtió en la perfecta ama de casa que nunca había sido.

Lucas ganaba más que suficiente para los gastos de los tres, para el colegio privado en el que me inscribió, además de todos los deportes y actividades extraescolares que le fue posible.

Pasaba tantas horas fuera que apenas era consciente de lo que ocurría entre las paredes de mi casa, hasta que fue demasiado tarde.

Calló de golpe y respeté su silencio. Me negué a adelantarme a sus palabras, aunque mil preguntas se agolpaban en mi garganta. Me temía algo muy muy malo.

—El primer golpe que presencié no fue el primero que ella recibió, pero sí marcó un antes y un después.

Yo tenía once años, estaba en mi habitación porque me habían puesto un montón de deberes.

Hacía tiempo que los resolvía solo; Lucas decía que mi madre no debía ayudarme en esos asuntos.

Pero tuve una duda que no me dejaba avanzar en las tareas y fui a buscarla a su dormitorio, que estaba en la planta de arriba.

Lo oí gritar ya desde el pasillo. La acusaba de mentir, de haber manipulado los resultados de una clínica para hacerlo quedar a él como menos hombre, alguna estupidez así decía.

Al parecer, estaban intentando que ella se quedara embarazada y no lo conseguían.

Y el problema lo tenía él. «¡Yo no soy estéril!

», gritó y después sonó el golpetazo. Cuando entré, mi madre estaba tirada en el suelo y tenía la mano en la cara.

—Ay, Andoni, lo siento mucho.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Intenté que no cayera ni una sola de ellas, bastante tenía él con contener su voz para disimular que estaba a punto de echarse a llorar como para estropearle los esfuerzos y desahogarme yo en su lugar.

Tragué saliva y apreté la mandíbula intentando no visualizar la escena que me estaba describiendo. Pero era imposible.

—Me lancé contra él como un toro embravecido.

Era muy joven, pero fuerte. Él mismo había contribuido a que me desarrollara con tanto deporte.

Como no se lo esperaba, cayó al suelo de espaldas y se dio en la cabeza.

Pero, antes de que yo pudiera hacer nada más, se levantó y me amenazó con su puño.

Entonces mi madre se interpuso entre nosotros, ocultándome a su espalda, y, aunque recibió el golpe por mí, le gritó: «¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo, cabrón! ».

»Al parecer, no se esperaba que lo enfrentara ni que se refiriera a mí como únicamente suyo, cuando desde la boda siempre me había nombrado como «nuestro», así que se quedó desconcertado.

Yo salí de detrás de ella, dispuesto a una pelea si fuera necesaria.

Algo lo hizo echarse atrás y, tras una mirada de absoluto odio a ambos, cogió las llaves del coche y salió de casa.

Nosotros lo hicimos también, antes de que volviera, con nuestras cosas más esenciales en un par de maletas.

—¿Se divorciaron? —pregunté después de un rato de silencio.

—Ella le envió los papeles desde Logroño al cabo de unos meses.

Nunca los recibió de vuelta. Su hermano es abogado y volvió locos a los que mi madre contrató con mil líos burocráticos.

En cambio, el propio Lucas se encargó de atormentar a mi madre con cientos de llamadas, daba igual que ella cambiara de número móvil o fijo.

Hasta nos mudamos de casa dos veces, porque de vez en cuando la llamaba borracho y le decía que cualquier día se presentaría en casa y la haría cumplir con sus deberes conyugales.

Eso lo sé porque la oí contárselo a una amiga, otra profesora de la universidad, que la estaba tratando de animar a volver a trabajar.

La aconsejaba que lo denunciara. Como yo estaba de acuerdo, pero creí que a un crío de trece años le haría menos caso que a una mujer de su misma edad, fingí no haber escuchado nada y volví a mi cuarto, donde se suponía que estaba estudiando.

»Me convencí de que mi madre había acudido a la policía y que las llamadas y amenazas acabarían. Por eso no estaba preparado cuando llegué una tarde de jugar con mis amigos al fútbol y lo encontré sobre ella en mitad del salón, en el preciso momento en el que la asfixiaba con sus propias manos.

Contuve el aliento y entrelacé aún más fuerte mis dedos con los suyos. Él no me miraba y su rostro era una máscara impenetrable.

—Una vez más, me abalancé sobre él. Ya era de su misma altura, aunque Lucas seguía siendo más fuerte que yo.

Forcejeamos en el suelo y vi que pretendía acabar conmigo del mismo modo que había hecho con mi madre.

Una parte de mí esperaba que abriera los ojos y se levantara del suelo, aunque en el fondo sabía que ya estaba muerta.

—Dios santo, Andoni...

Él sacudió la cabeza, pidiéndome que lo dejara continuar. Ahora no podía parar, supe que necesitaba llegar al final de la historia, así que me mantuve callada.

—Logré darle un rodillazo en las tripas y me lo quité de encima. Me apresuré a salir de casa para pedir ayuda y él trató de alcanzarme... con un cuchillo de cocina en la mano.

Mi grito ahogado lo hizo apartar la mirada del lugar perdido en el suelo donde la había fijado.

Tardó unos segundos en enfocar la vista, pero sus ojos se encontraron con los míos y, de pronto, soltó mis manos, retirándolas como a cámara lenta contra su propio regazo, punto donde fijó su mirada.

Entonces comprendí la gran culpa que cargaba a sus espaldas.

Supe lo que pasó antes de que me lo confesara.

—Vivíamos en un sexto piso. Yo no volví a mirar hacia arriba después de verlo bajar con el cuchillo en alto; me aterraba la idea de tropezar, caer o simplemente perder unos segundos de la ventaja que le llevaba y que él me alcanzara.

Mi objetivo era llegar a la calle, porque no podía perder el tiempo llamando a las puertas de los vecinos, que tal vez no se encontraran en casa o no quisieran ayudarme.

»Supe que había tropezado por el grito ahogado que escuché a pocos metros de mí y los golpes que sustituyeron al sonido de los zapatos.

Luego, solo hubo silencio. Yo estaba casi en el portal, pero tuve que girarme a mirar.

Y lo vi en una postura imposible, retorcido sobre las escaleras y el cuchillo...

clavado en un costado. No pude moverme hasta que la anciana del primero salió al rellano, alarmada por los golpes, supongo, y se encontró la escena.

—¿Estaba... muerto?

—Eso dijeron. Yo apenas recuerdo el alboroto del resto de los vecinos, la policía poco después y los gritos en el sexto piso cuando descubrieron el cuerpo de mi madre.

Porque yo no pude articular palabra hasta días después.

Tengo muchas lagunas de lo ocurrido. Y lo que me hizo la familia de mi padrastro terminó de hundirme.

—¿Qué te hicieron?

—Trataron de convertirme en el culpable de ambos asesinatos.