Capítulo 19
—¿Q ué? —No podía creer el giro que había dado la situación.
—Te debo una comida, y ya que estás aquí...
Soltó el nudo de mis muñecas tras su nuca y nadó a toda velocidad hasta el embarcadero.
Yo estaba tan desconcertada que tardé en seguirlo, mucho más despacio. Para cuando llegué a la orilla, Andoni me esperaba con una toalla sobre su cuerpo y otra en la mano para mí.
Me ayudó a salir del agua y me rodeó con ella, frotándome los brazos.
—No hacía falta que te molestaras, tengo mi toalla en la mochila. —Frené sus cuidadosos movimientos y me giré para mirarlo. Aún estaba trastornada por lo que acababa de suceder.
—Hoy eres mi invitada. —Se señaló a sí mismo—. Así que déjate atender como corresponde.
Avanzó hasta el muelle y recogió mi vestido y mis bailarinas.
—Vamos, tienes que quitarte el bikini mojado. Te vas a quedar helada.
Lo seguí hasta la casa tiritando. Una vez dentro, llevó mi ropa y mi mochila a su cuarto.
—Puedes cambiarte aquí. Y, si quieres —encendió la luz del baño—, puedes ducharte mientras hago la comida. —Miró al suelo un momento—. Perdona..., igual tienes que irte ya. Había olvidado que te estaban esperando.
—Ya te he dicho que van a estar allí todo el día. Puedo quedarme un ratito más. —Cerré la puerta, empujándolo con ella fuera de la habitación. No quería que insistiera en que me marchara. No después de que me hubiera invitado a comer con él. Era mucho más de lo que esperaba ese día.
Observé su habitación. Era humilde, como el resto de la casa, pero estaba muy limpia y ordenada.
Entré en el baño y decidí darme una ducha rápida para quitarme los restos de tierra del cuerpo.
El agua caliente de la ducha recién arreglada me hizo dejar de temblar, pero, en cuanto me cubrí con la toalla para secarme, volví a estremecerme al recordar que Andoni había tenido ese mismo gesto minutos antes.
Contuve mis pensamientos mientras me vestía.
Si me ponía a recordar nuestro abrazo en el río y la confusa frase de Andoni, «vas a acabar conmigo», me sonrojaría y él lo notaría en cuanto saliera de su cuarto.
Me concentré en los momentos divertidos que habíamos vivido, la lucha con el barro y los juegos acuáticos.
Era como si fuéramos otra vez niños pequeños, excepto por la sensación que había recorrido todo mi cuerpo al entrar en contacto con el suyo.
Me puse mi bikini de recambio y la misma ropa que había llevado y salí en busca del cocinero.
Al atravesar la sala, percibí un aroma de lo más apetecible y unos canturreos que provenían de la cocina.
Hubiera jurado que los tarareos eran su propia versión del «Te quiero, te quiero», de Nino Bravo.
El corazón se me aceleró y decidí asegurarme de que mis oídos no empezaban a tener alucinaciones como las habían tenido mis ojos una vez en el porche.
—¡Qué bien huele!
—Si huele bien, espera a probarlo. —Se giró y me guiñó un ojo. Era un buen momento para preguntar.
—¿Qué cantabas? —Me acerqué a los fogones a curiosear.
—¿Cuándo? —Dejó de pelar la patata que tenía en las manos.
—Ahora, antes de que entrara.
—No sabría decirte... A veces canturreo de forma inconsciente, lo primero que me sale. Suelo hacerlo cuando cocino o cuando trabajo.
—Y cuando conduces. —Le recordé que habíamos ido juntos en su coche cantando las propuestas de la radio.
—Sí, también. Y en la ducha, como todo el mundo. —Sonrió. Parecía de muy buen humor.
—Por cierto, ¿quieres ducharte tú también? Puedo seguir yo con eso hasta que vuelvas. —Cogí una de las patatas que estaban aún sin pelar.
—Cuando meta las truchas al horno. Por ahora, tú te sientas y yo cocino. ¿De acuerdo?
—Déjame ayudar, porfa . —No quería estar sentada sin hacer nada.
—No puedes pedir a tus invitados una cosa y luego tú hacer otra cuando estás al otro lado. No es justo.
—¿Eres un justiciero? —Quise poner algo de humor a la conversación, que se había vuelto muy seria de pronto.
—Digamos que no creo mucho en la justicia de este mundo.
Sabía a lo que se refería. Estaba segura de que hablaba de la muerte de sus padres. Me abstuve de preguntar nada y me quedé sentada en silencio. Si él quería, sabía que podía contármelo.
—¿Puedes echar un ojo a los tallarines mientras vuelvo de la ducha? —Volvía a parecer relajado. Sus altibajos me trastornaban.
—¡Tallarines! —exclamé. Me encantaba la pasta.
—Solo vigila que no se peguen. Estarán hechos en cinco minutos.
—Eso no es mucha labor que digamos. ¿Puedo al menos poner la mesa?
Se detuvo en la puerta antes de marcharse.
—Como quieras. Estás en tu casa.
Encontré sin problemas los platos y los cubiertos, por lo que apenas tardé un minuto. Me concentré en remover la pasta para que no se pegara. Sus tallarines tenían una pinta de lo más apetitosa.
—¿Cómo va ese primer plato? —Di un bote al oírle a mis espaldas. No había hecho nada de ruido al entrar.
—Yo creo que ya están. —Apagué el fuego y me senté en la silla—. Ya he cumplido lo pactado. Ahora, me dejo atender.
Soltó una carcajada y sirvió la comida.
Tras el banquete me sentí encoger hasta hacerme del tamaño de una pulga.
¿Cómo se supone que iba a sobrevivir el día que me independizara después de probar manjares como la cocina de mis padres o la de Andoni?
Yo no era capaz ni de freír un huevo sin estrellarlo.
De ese verano no pasaba. Tomaría clases de cocina.
Además, estaba rodeada de tres grandes profesores en potencia.
—¿Quieres postre? —Hice amago de recoger mi plato cuando Andoni se levantó, pero me lo retiró antes de que llegara a hacerlo.
—He repetido de todo. Si como algo más, voy a reventar. —Me golpeé la curva de la tripa que deformaba mi vestido.
—Tengo algo a lo que no te podrás resistir. —Abrió la nevera para sacar una tarrina de plástico que posó sobre la mesa.
—¡Helado de avellana! —exclamé impactada por la sorpresa.
—¿Una bola o dos? —Ya se acercaba con dos platos y un cucharón.
—Una, una. No puedo negar que me encanta, pero de verdad que me siento llenísima.
—No te preocupes. El helado es digestivo. —Hizo caso omiso de mi petición y me sirvió dos bolas de mi helado favorito, al igual que para él.
—Muchas gracias. —Comí una cucharada y la saboreé cerrando los ojos—. Delicioso —murmuré.
Cuando volví a abrirlos, Andoni me miraba con suma atención.
—Oye..., una pregunta. ¿Cómo es posible que tengas mi helado favorito en la nevera, si te dije ayer mismo que me gustaba?
Arqueó una ceja. Pero sonrió.
—No te voy a desvelar todos mis secretos.
—Deberías. Los auténticos amigos siempre se dicen la verdad y no tienen secretos. —Lo creía de verdad y siempre lo había cumplido. Aunque últimamente no estaba siendo coherente con ello. Llevaba una semana ocultando mi gran secreto a mis amigas, excepto a Nuria.
Me pareció notar que la última cucharada de helado se le atragantaba.
—Cierto. No debería ocultarte nada. Perdona. —Suspiró profundamente, como si fuera a hacerme una gran confesión. Dónde había comprado el helado no me parecía tan difícil de reconocer.
—¿También es tu helado favorito? —Era posible que fuera así y que lo tuviera en la nevera desde hacía días. Aunque lo acabábamos de empezar.
—Podría serlo. —Comió otra cucharada y se relamió—. Lo compré ayer en la ciudad. Cuando salí de tu casa fui hasta allí en busca de un esqueje de avellano. Pasé cerca de una heladería y... me acordé de ti.
—¿Eso es todo? —No parecía nada del otro mundo, salvo por que yo me sentía de lo más halagada.
—¿A qué te refieres?
—¿Ese es el secreto que no me querías desvelar?
—No, no era ese. Y sí quiero decírtelo, pero aún no he encontrado el momento.
De pronto me sentí hecha un manojo de nervios.
—Este me parece un buen momento para hablar de lo que quieras. —Tuve que controlar mi voz para que no notara que me costaba respirar.
—Vale. Mejor vamos a la sala. Estaremos más cómodos.
Me sorprendió su urgencia. Ni siquiera esperó a fregar los platos ni a recoger los del postre.
Tuve que ser yo la que guardara el helado en la nevera para que no se derritiera encima de la mesa.
Estaba cabizbajo en el sofá cuando salí de la cocina.
Pude ver esa terrible sombra en su mirar cuando levantó el rostro al sentir que me sentaba a su lado.
El corazón se me cerró en un puño cuando caí en la cuenta de lo que me quería revelar.
—Esto que te voy a contar ahora... no se lo he dicho a nadie desde que llegué aquí. Nadie en el pueblo lo sabe y me gustaría que siguiera siendo así. Por eso he buscado un lugar en el que nadie me conociera y una casa apartada para tener intimidad y paz.
—Tranquilo, te prometo que no saldrá de aquí. Y yo también soy una mujer de palabra.
Apoyé mi mano sobre la suya, apretada y haciendo fuerza contra su pierna. Conseguí que la relajara tras unos segundos de contacto.
—No sé muy bien por dónde empezar. Es difícil elegir un momento para explicarte lo feliz que era antes de que todo sucediera. La verdad es que tuve una primera infancia maravillosa.
—Empieza por donde quieras. Solo me hace falta saber lo que tú necesites que escuche.
Andoni apretó mi otra mano con la suya, sin alzar la vista de algún punto del suelo que él había elegido como seguro.
Comenzó contándome que, cuando aún no había superado la agónica muerte de Toro, su caniche, su padre tuvo que ingresar en el hospital de urgencia.
Entonces recibió la terrible notica que le habían estado ocultando para no preocupar a un niño tan pequeño antes de tiempo.
Su padre tenía leucemia y se moría. Lo hizo al cabo de ocho meses.
Así que con siete añitos no solo había sufrido su propio duelo, sino que además había tenido que convivir con la depresión de su madre.
Otra enfermedad aún más difícil de comprender para alguien de tan corta edad y que lo obligó a madurar de golpe, ya que su madre fue cayendo en picado en un pozo sin fondo, desatendiendo todos los aspectos de su existencia: su trabajo, su casa, su salud e incluso a su hijo.