Cuando la noche es púrpura Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—¡Está buenísima! —Se adentró en una zona más profunda—. ¡Vamos, métete! —me invitó agitando la mano.

No me podía creer que se hubiese lanzado vestido al agua, pero me tranquilizó saber que no se le había ocurrido desnudarse.

No me lo pensé dos veces. Yo llevaba mi bikini, así que me quité el vestido y las bailarinas y me lancé al agua conteniendo la respiración.

Esperaba que la temperatura del río me dejara sin aliento, pero no fue para tanto.

Nadé hasta él, pero huyó de mí sumergiéndose y desapareciendo durante un largo rato. Empecé a preocuparme. ¿Cuánto tiempo podía permanecer sin respirar?

—¡Andoni! —Di vueltas sobre mí misma una y otra vez, me estaba asustando.

—¡Te pillé! —Apareció de repente detrás de mí y me hundió la cabeza durante unos segundos en el agua.

—¡Eres un tramposo! —protesté cuando conseguí emerger. Él se desternillaba de risa.

—Vamos, solo era una broma —se disculpó—. Dejaré que me devuelvas la aguadilla. Si eres capaz, claro.

Se quedó de pie, muy quieto. El agua le llegaba hasta la barbilla, por lo que yo no podía hacer pie si quería mantener la nariz en la superficie. Cogí impulso y me lancé a sus hombros con fuerza para tratar de hundirlo, pero nada. Estaba tan tenso que me era imposible sumergirlo.

—Así no vale —protesté y volví a la carga.

Esta vez tomé mayor impulso y apoyé ambas manos sobre su cabeza, pero apenas logré que la inclinara hacia un lateral.

—¿Pretendes romperme el cuello? —me acusó. Probablemente le había hecho daño.

—Lo siento, es que si te resistes es imposible —me defendí. Me sentía fatal.

El juego se detuvo unos instantes. Andoni se frotaba la nuca con gesto de dolor mientras yo movía manos y piernas para poder flotar, fustigándome a mí misma por haber sido tan bruta y haber estropeado el clima de diversión que se había creado.

—Creo que eso ha sido falta. —Giró el cuello a ambos lados a modo de calentamiento. Tramaba algo.

—¿Me vas a expulsar del partido? – le seguí el juego.

—No es necesario hasta la segunda falta —me explicó sus normas—. Pero sí serás sancionada.

Me estremecí. No podía imaginar cuál sería mi castigo.

—¿A qué tipo de sanción te refieres? —Mi voz sonó tan temerosa como me sentía.

—¿Alguna vez has volado sobre el agua?

—¿Volar?

No me aclaró nada. Se sumergió y, para cuando quise darme cuenta, estaba a caballo sobre sus hombros.

—¡Bájame! —grité sujetándome a lo primero que alcancé: su cara.

—Enseguida, en cuanto despegues. —Me agarró por los tobillos—. ¿Estás lista?

—¡No! ¡No estoy lista! ¡No sé qué tengo que hacer!

Hundí mis dedos en su cabellera aferrándome tan fuerte que tuve que hacerle daño.

—Si me arrancas el pelo, será la segunda falta y te expulsaré del partido definitivamente —se rio a carcajadas.

Lo solté, pero apreté mis muslos a su cuello y crucé las piernas por detrás de su espalda.

—Venga, a la de tres. Yo te impulso y tú saltas.

—Andoni, no sé si seré capaz. Estoy muy lejos del agua. —Estaba visualizando mi gran tripada contra la superficie.

—Intenta caer bien, cabeza y brazos primero, ¡Y disfruta del vuelo! —No me dio tiempo a replicar más—. Una, dos y... tres.

Se sumergió hasta que el agua cubrió su cabeza. Soltó el nudo de mis piernas y, agarrándolas por los tobillos, me elevó por encima de sus hombros al mismo tiempo que él saltaba fuera del agua.

La sensación de volar fue literal. No solo me había alzado en el aire, sino que además me había impulsado hacia delante y acabé en el agua a una distancia considerable de él.

—¡Ha sido increíble! —exclamé cuando conseguí emerger.

—Lo ves, si al final te ha gustado.

—¡Otra vez! ¡Por favor! —Nadé hasta él y me encaramé a su espalda para repetir de nuevo la divertida experiencia.

Conseguí que me lanzara cuatro veces. Antes de la quinta, lo noté respirar de forma irregular y comprendí que ya era suficiente.

—Uy, perdona, tienes que estar agotado. —Me deslicé por su espalda para liberarle de mi peso. Él me ayudó a entrar de nuevo en el agua y me puso frente a él. Como seguía sin hacer pie, me sujeté pasando mis manos por detrás de su nuca.

—Edurne..., ¡vas a acabar conmigo! —resopló.

—Tranquilo, no te lo volveré a pedir. Con cuatro vuelos al día es suficiente. —Le sonreí. Me lo había pasado realmente bien.

—No me refería solo a eso —farfulló bajando la mirada.

Creí comprender a qué se refería cuando me percaté de la cercanía de nuestros cuerpos.

Aunque él estuviera vestido por completo, yo estaba en bikini, abrazándole por el cuello.

Noté sus manos en mi espalda, dudosas de dónde apoyarse, hasta que por fin optaron por mis caderas y me atrajeron con fuerza a través del agua hasta pegarme por completo a él.

Sentí su contacto como fuego sobre mi carne, uno en el que ansiaba quemarme.

Alcé mis ojos hasta encontrar los suyos en cuanto sentí el impacto. ¿Qué significaba esa cercanía? Le lancé esa pregunta a través de mi mirada y creí leer en la suya lo que yo estaba anhelando. Creí que iba a besarme.

Sus ojos negros, con las pestañas pegadas por la humedad, me atravesaban llenos de fuego.

Yo solo era capaz de entender ese ardor como rabia o deseo.

Me mantuve quieta, exceptuando el balanceo que la corriente del río ejercía sobre nosotros, a la espera de su reacción. El corazón se me salía del pecho.

En unos segundos, parpadeó como si despertara de un sueño, sus ojos se apagaron y se volvieron apacibles.

—¿Quieres quedarte a comer?