Capítulo 18
P or la mañana no había ni rastro de la tormenta del día anterior. El sol resplandecía y sus rayos me despertaron al colarse por las rendijas de la persiana a medio cerrar.
No eran ni las ocho y media, pero tenía muchas cosas que hacer antes de ir a casa de Andoni a plantar juntos mi avellano.
Debía hacer los ejercicios de Economía que me quedaban pendientes y, además, tenía que ducharme y ayudar a mi madre con la ropa que no había planchado en toda la semana.
Para las once y media pretendía salir de casa.
Quería llegar antes de la hora que Andoni me había indicado.
«No llegues tarde». ¿Tendría planes para después?
Mis amigas querían a ir al río e incluso comer allí.
Yo podría llevar las cosas desde la mañana y unirme a ellas por la tarde.
Era la excusa perfecta para salir de casa sin dar explicaciones de adónde iba en realidad.
No es que fuera a hacer algo inconfesable.
Podría decirles perfectamente a mis padres que me había hecho amiga de Andoni.
Que íbamos a plantar un árbol sonaba algo más extraño, pero tampoco tenía nada de malo.
Decidí aplazar un poco el momento de anunciarles que tenía un nuevo amigo.
En teoría, esa semana había estado en mi habitación todas las tardes.
¿Cuándo habría tenido tiempo para hacer migas con él?
Se suponía que él estaría trabajando mientras yo estudiaba.
Me di cuenta de que habíamos entablado una profunda amistad en muy poco tiempo, aunque estaba convencida de que para mí era mucho más profunda que para él.
Me duché y desayuné a toda velocidad. Descarté ponerme con los ejercicios al ver más de dos coladas completas esperando a ser planchadas. Puse la tele y estuve viendo las series juveniles que echaban mientras acababa con todas las arrugas.
—No hacía falta que lo plancharas tú todo, Edurne. Te recuerdo que ya no estás castigada. —Mi madre entró bostezando en la sala.
—¿De verdad crees que se me había olvidado? En cuanto me cambie, me marcho al río con mis amigas. ¡Me muero por darme un chapuzón!
—Por lo que parece, vais a poder bañaros —observó tras apartar la cortina para echar un vistazo al cielo—. Hace un día estupendo. ¿Vas a venir a comer?
—No, me llevaré un bocata. —Entonces me di cuenta de que si no me ponía ya a hacerme la comida no me daría tiempo a llegar a la hora.
Guardé en mi mochila la toalla, ropa para cambiarme, las chanclas, crema de sol, la cartera y el móvil. Antes de meter el teléfono, le mandé un mensaje a Nuria.
«Diles a todas que me uniré a vosotras más tarde porque me faltan un par de temas de Historia por estudiar. Realmente, he quedado con Andoni. Luego te cuento. Un beso».
Sabía que Nuria se volvería loca al leer mi SMS, pero que sería discreta y usaría la coartada que había inventado.
Me puse mi bikini favorito y un vestido playero. Aún no hacía mucho calor, pero ese domingo prometía ser tan veraniego como el anterior. Cuando bajé a prepararme el bocata, mi madre ya me había hecho una tortilla y mi padre entraba por la puerta de casa con el pan y el periódico.
—¿A dónde vas corriendo? —Mi padre me dedicó una sonrisilla.
—¡Me voy al río! Ya no estoy castigada, ¿o sí?
—Claro que no. —Puso cara de culpabilidad. Aunque era estricto le disgustaba tener que castigarme.
Mi madre preparó el bocadillo mientras yo saqueaba la nevera. Agua, zumos y algunas piezas de fruta. Iba a necesitar provisiones para todo el día.
—Pasadlo bien —oí a mi padre desde el sofá cuando salía por la puerta.
—No lo dudes —respondí antes de dar un portazo sin querer. Estaba nerviosa y no controlaba mis movimientos.
Se me puso la piel de gallina mientras cogía velocidad con mi bici y el viento impactaba contra mi cuerpo. Igual me había abrigado poco para no ser aún ni mediodía. Aunque los nervios también podían ser los causantes de mi estremecimiento.
Llegaba en hora a mi «casi cita» con Andoni, por lo que me acerqué despacio a la cabaña una vez que atravesé el puente. Pude verlo bordear la casa y él también reparó en mí.
—La verdad es que creí que no serías puntual.
—Me pediste que lo fuera.
Me miró de arriba abajo.
—¿Piensas darte un chapuzón?
Habría deducido eso al ver las cuerdas de mi bikini atravesar el escote que dejaba al descubierto mi vestido.
—Había quedado para ir al río con mis amigas. Pero puedo ir más tarde.
—Si ya tienes planes, podemos plantar tu avellano otro día.
Atravesó el porche y cogió una ramita que había en una pequeña maceta en el suelo. Entré en la casa tras él.
—Claro que no. El día es muy largo y ellas estarán en las cascadas hasta la hora de cenar. Me da tiempo de sobra a hacer ambas cosas. —Solté mi mochila y arranqué el pequeño tallo de avellano de sus manos.
—¿Las cascadas? ¿No es una zona un poco peligrosa para bañarse?
—¿Estás preocupado por mí? —Pude comprobar en sus ojos que era así.
—Claro. No quiero que te ahogues.
Una brillante idea cruzó por mi cabeza y no pude esperar a comunicársela.
—Podrías asegurarte de que no me pase nada si vinieras conmigo. Probablemente vaya toda la cuadrilla: mis amigas y los amigos de Ager, el novio de Natalia.
—¿Ese no es el sobrino de Damián?
—Sí, es un chico muy majo. Y los demás también. Seguro que seríais buenos amigos.
Andoni arqueó una ceja y volvió a coger la pequeña maceta de mis manos antes de salir de nuevo por la puerta.
—¿Te apuntas o no? —Lo seguí casi corriendo. Se dirigía a grandes zancadas hacia el cobertizo.
—Ya veremos.
Entró en la caseta y me dio una pala y un rastrillo bastante pequeños. Luego llenó de agua una regadera.
Anduvimos unos metros adentrándonos más en el bosque. Se detuvo al llegar a un pequeño claro libre de zarzas y otros árboles.
—Aquí. —Señaló el centro del terreno despoblado. Los rayos del sol tenían libre acceso a esa zona virgen.
—¿Qué hago? —pregunté, pero enseguida empecé a cavar. Recordaba los pasos que había estado estudiando en Internet la tarde anterior.
—¿Habías hecho esto antes? —preguntó ante mi determinación.
—La verdad es que no. Está claro que tú sí. Cuéntame cómo va eso de tu tradición.
Se arrodilló como yo, muy cerca de mí. Cogió el rastrillo en miniatura y me ayudó a cavar.
—Mi teoría es que la naturaleza nos da solo aquello que necesitamos para vivir. Si cogemos más de lo que nos corresponde, debemos devolvérselo de alguna manera.
Detuve mi pequeña excavación y me quedé mirándolo.
—Es una teoría muy ecologista, teniendo en cuenta que trabajas con madera.
—Precisamente por eso, yo le debo mucho a la naturaleza. Desde hace ya dos años, por cada nuevo trabajo que realizo, planto un árbol.
—¿Y cuántos llevas ya plantados?
Se echó a reír antes de levantarse.
—Uf, he perdido la cuenta.
Sacó el brote de avellano de su maceta y me lo dio.
—Haz tú los honores —solicitó.
—Imagino que, entonces, este no es tu primer avellano. —Me entristeció pensar que hacerlo juntos no iba a ser tan especial para él como para mí.
—He plantado infinidad de especies, pero este es mi primer avellano..., aunque realmente sea tuyo.
Se agachó de nuevo y rozó sus manos con las mías cuando me ayudó a hundir las raíces en la tierra de forma que quedaran bien fijadas en el interior del surco.
—Además, esta es la primera vez que tengo compañía durante mi tradición. —Con una regadera, cubrió de agua el montículo que abrazaba la pequeña rama. Yo seguí apretándolo hasta que terminó. Los dedos se me embarraron—. Enhorabuena, ya has plantado tu primer árbol. —Me ayudó a incorporarme.
—Arbusto —especifiqué extendiendo todo el barro que tenía en mi mano derecha por la suya—. Y es nuestro avellano.
Miró su mano fangosa arrugando la nariz y frotó la plasta contra mi brazo con gesto divertido. Acaba de empezar una batalla.
—Conque esas tenemos... —Cogí una pequeña bola de barro del reciente montículo y se lo lancé. No calculé bien mi disparo e impactó contra su cabeza. Yo y mi terrible puntería.
Abrió la boca como un túnel, un gesto que me recordó mucho al de sorpresa de Nuria.
Se tocó el nacimiento del pelo junto a la frente y rescató la masa de tierra.
Hizo una pelotita con ella y me la lanzó de nuevo.
Tuve que apartarme para que no chocara contra mi hombro.
Me agaché a por más munición y, cuando me incorporé, lo vi armado con la regadera y con toda la intención de vaciármela por encima.
—¡Ni se te ocurra! —le grité antes de salir por piernas de vuelta hacia la cabaña.
—¡Ven aquí! Solo quiero quitarte el barro —me gritaba entre risas y lanzándome agua mientras balanceaba la regadera.
—¡No me alcanzarás! —Corría a pocos pasos de él, driblando los árboles que encontraba por el camino.
En el último sprint me vi atrapada en el embarcadero. Ya no había escapatoria. Había vuelto a perder el juego. Un hormigueo recorrió mi garganta al recordar las consecuencias de perder al escondite el día anterior.
—No lo hagas —le pedí con los ojos entrecerrados y los hombros encogidos, a la espera de una ducha fría.
—Dame un buen motivo para no hacerlo —me retó con media sonrisa y acercándose tanto a mí que me obligó a retroceder, haciendo que mis talones sobresalieran por el borde de la estructura de madera que se adentraba en el río.
—Porque está muy fría —fue lo primero que conseguí argumentar—. Y porque yo te lo pido. —Esas palabras le hicieron cambiar el gesto, borrando su sonrisa traviesa.
Pensé que le había persuadido hasta que dio otro paso hacia mí y me tuve que agarrar a sus brazos para no caerme al agua. Manché con mis manos embarradas las mangas blancas de su camiseta. Él retrocedió dos pasos.
—Mira lo que acabas de hacer. —Se puso tan serio que por un instante creí que se había enfadado de verdad. Pero dejó caer la regadera sobre las tablas y, tras mostrarme la más provocativa de sus sonrisas, se sacó las zapatillas con dos puntapiés y se lanzó al río tal como estaba.
—¡Estás loco! —exclamé a la par que me apartaba para evitar que el agua me salpicara tras el impacto de su cuerpo contra la superficie.