Cuando la noche es púrpura Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Puse mi CD favorito de Aerosmith y subí el volumen para que pudiera oír que, efectivamente, me gustaba todo tipo de música. Adelanté a propósito las pistas hasta llegar a Crazy . ¿Pillaría la indirecta? Me estaba volviendo loca. Ya no sabía por dónde cogerlo.

Fui pasando de una pista a otra con el mando desde la cama según iba cambiando mi estado de ánimo.

Canturreé las canciones que tanto me habían ayudado a subir mi nota en inglés, movida por el interés de cantar correctamente a dúo con Steven Tyler mis canciones preferidas.

Siempre me había resultado una forma muy efectiva de desahogarme, aunque esta vez procuré limitarme a mover los labios.

Tampoco quería que Andoni saliera corriendo al oír mis alaridos.

Además, ya había llovido suficiente durante todo el día.

Unos toquecitos en la puerta abierta de mi habitación corroboraron el título de la canción que estaba escuchando. Amazing . Efectivamente, era asombroso que Andoni se dignara a bajar. Me hablaba normal de nuevo.

—¿Interrumpo? —¿Qué iba a interrumpir? Estaba tumbada en mi cama con las piernas contra la pared y los brazos en cruz.

—No, pasa. —Me incorporé de un salto.

—Estoy a punto de acabar y tengo dudas sobre si este tono de barniz será lo bastante oscuro. ¿Podrías darme me tu opinión?

Quería mi opinión. Se suponía que era lo que mi madre le había indicado. Tampoco era para tanto, entonces.

Subí detrás de él y me quedé absorta mirando el armario. Había quedado espectacular. Nunca antes había pensado que un mueble pudiera llegar a impresionarme.

—Dime, ¿qué te parece? —Jugueteaba con las manos, retorciéndose los dedos. Parecía nervioso. No tenía por qué.

—Ni se te ocurra cambiar nada. —Si a mí me había impactado el resultado, a mi madre la iba a dejar boquiabierta.

—¿Seguro que el tono está bien? Con esta luz se ve distinto que con la solar.

—Por esa ventana no entra demasiada luz. Esta va a ser la que ilumine el desván la mayor parte del tiempo. El tono es perfecto, y doy mi visto bueno.

Sonrió al oír mi aprobado y sacó un pincel de la caja de herramientas.

—Entonces, vamos a dar el toque final.

Me quedé observándolo terminar sentada en el suelo. No hablamos nada durante más de diez minutos. Él subía y bajaba de la escalera para perfilar el canto de cada puerta.

—¿Cuál es tu árbol preferido? —me preguntó de pronto mientras terminaba de rematar las últimas aristas.

—No sé, nunca me lo he planteado. —Solté de golpe una de las lijas que estaba curioseando—. Supongo que cualquier árbol frutal. Me gustan todas las frutas. Y los frutos secos.

Se subió de nuevo a la escalera y pasó el pincel con suavidad por el perfil del armario.

—Tienes que decidirte por uno.

—¿Por qué?

—Tú solo hazlo —insistió.

Pensé durante un buen rato. Elegir mi árbol favorito no era algo que quisiera tomarme a la ligera. Si iba a decidirme por uno, debía hacerlo a conciencia.

—Podría ser el avellano. —Andoni dejó de barnizar y me miró con gesto extrañado—. Es que me encantan las avellanas y todo lo que sepa a avellana. ¡Sobre todo el helado!

Me relamí recordando su delicioso sabor. Andoni asintió con la cabeza.

—Entonces, está decidido. Será un avellano —concluyó a la vez que cerraba la escalera.

—¿Qué será un avellano?

—El próximo árbol que plante. Aunque, bueno, es más un arbusto que un árbol. —Me sonrió antes de ponerse a recoger sus herramientas para marcharse.

—¿No me digas que además de carpintero eres jardinero?

—No. Pero se puede decir que tengo una tradición.

Salió por la puerta del desván.

—¿Qué tradición? —Lo seguí escalera abajo.

—Es algo... personal.

Me quedé cortada, pero no podía dejar que se marchara sin que me contara de qué iba todo aquello. Me moría de curiosidad.

—Tengo derecho a saber por qué vas a plantar un avellano si va a ser mío —le exigí cortándole el paso antes de que saliera por la puerta.

Me miró con el ceño fruncido y media sonrisa.

—¿Y quién te ha dicho que va a ser tuyo?

—Tú. En el momento que me has hecho decidir qué árbol o... qué arbusto iba a ser, lo has convertido en mío.

Me miró pensativo. No podía creer que mi torpe excusa fuera a resultar eficaz.

—Apuesto a que no has visto un avellano en toda tu vida —me susurró recuperando la sonrisa.

—No —reconocí—. Pero esta es mi oportunidad.

Se quedó callado unos instantes.

—Si quieres que sea tuyo, tendrás que hacer algo más que decidir qué va a ser.

—Soltó sus herramientas y me agarró con delicadeza de las muñecas levantándolas hasta la altura de mi cara.

Noté la aspereza de sus grandes manos—. Tendrás que plantarlo tú misma.

—Desvió su mirada hasta clavarla en mis ojos—. ¿Te sientes capaz?

Tardé más en responder de lo que habría querido, no porque no me sintiera realmente capaz de hacerlo, sino porque su mirada conseguía hacer que me quedara muda e inmóvil.

—Claro que sí. Siempre que tú me ayudes —puntualicé.

Soltó mis muñecas y abrió la puerta de la calle. Cogió sus herramientas y la mochila que había dejado en la entrada y, antes de salir, se giró hacia mí.

—Te espero mañana a las doce del mediodía en la cabaña. No llegues tarde.

Cerró la puerta antes de que pudiera contestarle. ¿Teníamos una cita? ¿Quedar para plantar un avellano podía considerarse una cita?

Estaba de pie en el vestíbulo intentando definir con una palabra nuestro encuentro del domingo, cuando recordé el sobre con el dinero que mi madre me había dejado en el cajón de la cómoda para pagar a Andoni. ¿Cómo se me podía haber olvidado? ¿Y cómo se había ido él sin recordármelo?

Lo cogí y salí corriendo de casa con una docena de preguntas en mi cabeza.

Ya no llovía y Andoni estaba colocando las herramientas subido en la parte trasera de su camioneta, que estaba aparcada en la acera de enfrente.

Grité su nombre mientras cruzaba la calle.

Al verme, bajó de un salto y cayó de pie como un gato justo delante de mí.

—Ya te has arrepentido —afirmó más que preguntó. Volví a ver la sombra de tristeza que habitaba en su mirada.

—¡Por supuesto que no! —me quejé y cogí su mano por la muñeca como él lo había hecho antes con las mías.

Me miró perplejo hasta que deposité el sobre su palma abierta.

—¿Por quién me has tomado? —le increpé antes de cruzar de nuevo la calle—. No pienso quedarme sin mi avellano.

Subí los tres escalones del porche y atravesé el umbral de la puerta que había dejado abierta al salir corriendo. Me volví para verlo marchar, pero seguía allí de pie, con el sobre apoyado en su mano extendida.

La estampa me recordó a la primera vez que nos vimos.

Cuando me detuve en el puente para girarme y volver a verlo, tenía la misma expresión, la misma postura.

Solo que esta vez sí llevaba camiseta. Y, por supuesto, faltaba el turbador albor púrpura que había hecho aún más mágico nuestro primer encuentro.

—Además, tienes que contarme lo de esa tradición secreta —le dije casi gritando para que pudiera oírme. Le despedí con la mano antes de cerrar la puerta.

Tuve que mirar a escondidas tras las cortinas de una de las ventanas de la sala para comprobar que recuperaba el movimiento y se marchaba. Pude ver cómo abría la puerta del vehículo y lanzaba el sobre al asiento del copiloto sin ni siquiera abrirlo.

Giró ciento ochenta grados para retomar el camino hacia la cabaña y, al pasar por delante de la ventana donde yo creía estar escondida, me pitó y me saludó con la mano. ¡Me había descubierto!

Subí de dos en dos las escaleras hasta mi habitación y encendí de nuevo mi ordenador. Me conecté a Internet y escribí en Google « plantar avellano » .

Me resultó fácil escaquearme de bajar a cenar, puesto que mis padres habían dado por sentado que, para las diez y media, la hora a la que llegaron, ya lo habría hecho.

Nada más tuve que aguantar quince minutos de alabanzas de mi madre sobre lo espectacular que había quedado el armario y el buen criterio que había tenido Andoni a la hora de elegir el tono del aún fresco barniz, cosa que ella había olvidado indicarle.

Me sorprendió ver a mi padre darle la razón y mirar con mayor detenimiento el mueble de lo que hubiera esperado, visto el vago interés que había mostrado al respecto durante toda la semana.

En cuanto se fueron a la cama, volví a mi habitación y me quedé hasta bien entrada la noche haciendo un curso intensivo de jardinería.