Cuando la noche es púrpura Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Natalia fue la primera en hablarme. Me explicó con lujo de detalles lo que se iba a poner para ir a ver la final de baloncesto.

Iba a ir con las novias de otros jugadores, ya que ninguna de sus amigas nos dignábamos a acompañarla.

Después tendrían una gran fiesta de celebración en el bar del hermano del base del equipo.

Parecía que en realidad daba lo mismo el resultado.

La cogorza se la iban a pillar igualmente.

De forma paralela a mi conversación con Natalia, en otra ventana Nuria me interrogaba sobre Andoni y me proponía cientos de excusas para subir al desván y estar con él.

Ninguna me pareció válida y me abstuve de probarlas.

No quería que pensara que lo acosaba, todo el día allí, dándole la vara con mis exámenes y mis dudas.

Natalia me preguntaba entre tanto qué camiseta creía que debía ponerse, si la verde, más simple, pero de mucho escote, o la negra de mangas asimétricas, muy bonita y moderna pero más comedida.

Era un gran dilema para un acontecimiento tan especial como el último partido de la temporada.

Al menos ella lo veía así. Estaba a punto de responderle que se pusiera la que la hiciera sentir más cómoda, cuando un fugaz flash blanco iluminó mi habitación, que solo contaba con la luz de la pantalla del ordenador.

En tres segundos, un trueno hizo retumbar los cristales.

Me levanté y abrí la ventana. El cielo estaba tan cubierto por tenebrosas nubes negras que parecían ser las doce de la noche, a pesar de que aún faltaban unos minutos para las siete de la tarde.

Por lo general, las farolas no se encendían hasta esa hora.

En menos de un minuto, numerosos relámpagos iluminaron el encapotado cielo dejando ver dónde caían los rayos como si se tratara del mismísimo apocalipsis.

Los truenos sonaban como si hubieran puesto altavoces en las nubes, y las alarmas de algunos coches se dispararon por la vibración.

La lluvia empezaba a ser muy fuerte, viniendo acompañada además por un violento vendaval.

Estaba a punto de cerrar la ventana y volver al refugio de mi cuarto cuando un último rayo cayó tan cerca que pude ver un chispazo al final de la calle.

Numerosas ventanas vecinas, hasta ese momento iluminadas, se apagaron al unísono.

Pantomima , mi segunda pista favorita del CD que estaba sonando se detuvo de golpe y la luz de la pantalla de mi ordenador se desvaneció junto con las dos ventanas de conversación que tenía abiertas.

El rayo había hecho irse la luz de toda la calle. Mi casa incluida.

Salí a tientas de mi habitación y me adentré en el lóbrego pasillo. La vista no se me había acostumbrado aún a la oscuridad y palpé la pared para que me sirviera de guía hasta el pasamanos de las escaleras. Tenía que bajar a la cocina para coger una linterna.

Sentí unos pasos detrás de mí al final del pasillo y me detuve.

—¿Andoni? —Me giré sobre mí misma tratando de vislumbrar su silueta en la oscuridad.

Nadie respondió, pero pude sentir los pasos acercarse más.

—Andoni..., ¿eres tú? —Mi voz sonó temblona.

—¡Bu! —Una repentina luz iluminó unos ojos saltones y una cara pálida en medio de la oscuridad.

—¡Muy gracioso! —Me había hecho pegar un bote.

Andoni se partía de risa.

—Perdona, es que me lo has puesto a huevo. —Apartó la linterna de su cara y enfocó la mía, cegándome.

—¿Qué quieres que piense si te llamo y no respondes? —Otro trueno hizo retumbar la casa entera.

—Pues que soy yo y que te quiero dar un susto. Desde luego, no esperaba conseguirlo. ¿Todavía piensas que soy un fantasma?

No debería habérselo dicho. Me vacilaría con el tema por el resto de mi vida.

—Un fantasma no, pero un loco asesino que se cuela en mi casa es más probable.

Me pareció ver que su cara se demudaba un segundo antes de que apagara la luz. También creí oírle murmurar algo como: «No bromees con eso».

¿A qué estaba jugando? ¿Pretendía asustarme de verdad?

—Haz el favor de encender la linterna —le regañé como a un niño pequeño.

—¿Por qué? —La encendió y apagó varias veces de forma rápida—. ¿No me digas que te dan miedo las tormentas o... la oscuridad? —La dejó apagada de nuevo.

Podría haberle mentido. Podría haberle dicho que estaba aterrada y que se quedara conmigo hasta que volviera la luz. Pero no me gustaba la idea de que pensara que era una miedica.

—No es eso. Necesito luz si quiero ir al garaje a dar los plomos.

No obtuve respuesta. La luz tampoco se encendió.

—Andoni, deja de jugar. —No entendía su actitud. No era propia de él.

Encendió la linterna y enfocó la entrada. Me agarró de la mano y me ayudó a caminar a su lado.

—Podemos intentarlo, pero me temo que el problema no es solo en tu casa. He visto por la ventana que toda la calle está sin luz.

—¿Y qué hacemos? ¿Llamar a la compañía eléctrica?

Andoni abrió la puerta y se asomó. La luz de los faros de un coche al pasar entró en el recibidor, iluminándonos y mostrando a mis ojos lo que mi carne sentía. Me seguía cogiendo de la mano.

—Lo único que podemos hacer es esperar. —Cerró la puerta y volvimos a sumirnos en la oscuridad.

—Andoni, para con la dichosa linterna. —Pude oírle golpearla en cuanto soltó mi mano. Empecé a extrañar su contacto y estuve a punto de intentar encontrarla de nuevo. Me contuve apretando los puños, puesto que él no podía verme.

—Ahora no he sido yo. Se le deben de haber gastado las pilas. Lleva años en esa caja de herramientas.

Esperé unos segundos a ver si conseguía encenderla, pero las pilas no respondieron.

Fui sigilosamente a la cocina y cogí la linterna de debajo del fregadero.

No confiaba mucho en las pilas, podían correr la misma suerte que las de Andoni.

No recordaba haberlas cambiado nunca. Esperaba que mis padres fueran más cuidadosos con esas cosas.

—¿Edurne? —Andoni me llamó desde la entrada.

Decidí pagarle con la misma moneda y darle un susto. Al menos podía intentarlo. No le respondí y me quedé quieta.

—¿Así que quieres jugar al escondite? —Usó su voz más pícara y se me puso la piel de gallina—. ¿Y qué gano si te encuentro?

Tropecé con una silla al tratar de dar un rodeo y pude oír los pasos de Andoni avanzar hacia mi posición. Me escondí detrás de la puerta de la cocina, pegándome contra la pared como si fuera parte de ella.

—¿Dónde estarás...? —No me podía creer que quisiera jugar en serio. La situación era surrealista.

Sentí sus pasos adentrándose en la cocina e intenté salir de puntillas hacia el recibidor. Otro relámpago iluminó el interior de la casa y Andoni me vio pretendiendo huir durante un segundo.

Salí corriendo escaleras arriba, mas él corrió tras de mí y me alcanzó en el segundo peldaño. Me agarró por la cintura levantándome en el aire y haciéndome soltar la linterna que aún no había encendido. Yo me reí y pataleé hasta que me apoyó en suelo del recibidor.

—Te tengo —me susurró al oído desde mi espalda y manteniéndome abrazada.

Fui incapaz de decir nada, ni tan siquiera de moverme, a excepción del tembleque de mis rodillas.

Cada músculo de mi cuerpo se tensó cuando, tras su susurro, sentí el roce de sus labios en mi oreja.

No pude evitar tocar los brazos que me rodeaban cuando noté bajar su nariz por mi cuello e inhalar profundamente.

Dejé caer el peso de mi cuerpo contra el suyo y apoyé mi cabeza en su hombro, permitiéndole olfatear mi garganta con mayor facilidad.

Mi respiración, lejos de sosegarse tras mi corta huida por las escaleras, se aceleró aún más, volviéndose arrítmica.

—Hueles de maravilla. —Creí desplomarme al sentir de nuevo sus labios en mi oreja. Menos mal que me tenía bien sujeta entre sus brazos.

El destino quiso darme la espalda de nuevo haciendo que la luz volviera en ese preciso momento.

En mi dormitorio solo estaba encendido el ordenador cuando el rayo había caído, por lo que tenía que ser la luz del desván la que iluminaba de forma muy tenue el recibidor, mostrándonos a ambos nuestras siluetas abrazadas reflejadas en el espejo de cuerpo entero de la entrada.

Las farolas de la calle contribuyeron pocos segundos después a que nuestras miradas se cruzaran en el espejo.

El turbado reflejo del rostro de Andoni se recompuso y se alejó del mío, llevándose el resto de su cuerpo con él. Mis brazos sintieron un repentino frío.

—Toma, tu linterna. —La cogió de uno de los escalones cuando empezó a subir de nuevo al desván—. No parece haberse roto.

No iba a resignarme a que las cosas se quedaran así. Ahí había ocurrido algo, no podía tratarse solo de parte de un juego. Quien perdía al escondite no solía ser abrazado y olisqueado hasta perder el sentido.

Subí tras él sin saber cómo preguntar a qué había venido aquello. No encontré la forma de hacerlo.

—¿Te queda mucho? —Conversación casual. Patético.

—Había terminado ya de lijar. Falta barnizar.

—Y eso... ¿cuánto es?

Se detuvo en la puerta de mi cuarto.

—¿Tienes prisa?

Yo no le había hecho nada. ¿Por qué parecía enfadado conmigo?

—No. Es que... no me apetece estudiar.

—¿Tienes examen el lunes? —Voz de enfado de nuevo. «Andoni, ¿qué te pasa?».

—No. El martes tengo el de Historia, y no pienso tocar nada hasta el lunes a la tarde. Ya sabes, repaso de última hora.

Mi ordenador terminó de reiniciarse y pitó para avisarme. Andoni miró la pantalla iluminada y cambió el gesto. Ahora parecía indiferente.

—Bueno, pues ponte a jugar o a navegar por Internet. A veces hay que despejar la mente para poder pensar con claridad.

Me dio la espalda y subió a zancadas hasta el desván.

Apagué el ordenador y me tumbé en la cama, derrotada. Menuda calamidad. No había sido capaz de preguntarle qué demonios había ocurrido en el recibidor y, además, él se había comportado de lo más extraño conmigo antes de irse a terminar su trabajo.