Capítulo 17
C uando bajé a desayunar vi dos pucheros en los fogones.
Mi madre me había dejado la comida hecha a pesar de haberse marchado a las siete de la mañana.
Me sentí culpable por ser tan mala cocinera.
De ese verano no iba a pasar. Aprendería a cocinar, al menos lo justo para sobrevivir.
Y tenía otro plan: leer un libro de un...
¿filósofo político? Mis amigas iban a flipar en colores cuando se enteraran.
Maquiavelo. Me sonaba el nombre, pero no porque le conociera, sino por la palabra «maquiavélico».
Me sentí orgullosa de descubrir el origen del adjetivo, lo que me recordó que tenía que estudiar Lengua y Literatura.
Eran ya las once y Andoni no llegaba. Tal vez la intensa lluvia le había causado problemas. Once y media. Estaba que me subía por las paredes. Los sintagmas nominales y verbales se me atragantaban a cada minuto que pasaba.
Doce y cuarto. El timbre. Por fin.
—Hola. ¡Cuánto has tardado! —«Ya te vale. Y yo aquí esperando para poder verte. ¡Madre mía! ¡Qué guapo estás hoy! Me encanta cómo te queda el pelo así, mojado...».
—Buenos días... —Estaba muy serio y acelerado—. Buf, llevo una mañana de perros. —Entró y se sacudió la cabeza como uno—. Más vale que me ponga ya con estas piezas porque me tengo que volver a ir en una hora.
—¿Una hora? ¿Por qué? —Subí tras él por las escaleras.
—He pasado por la ferretería muy temprano. Iba a por los tiradores y lo demás. Damián estaba al teléfono y, en cuanto ha colgado, me ha pedido que lo acompañara a arreglar el destrozo que hizo en los columpios nuevos un rayo que cayó anoche. Llevamos horas tratando de adecentar la zona.
—¿Ha sido para tanto? —Ignoraba el poder destructor de un solo rayo.
—Todo el trabajo del otro día, a la basura.
—Vaya. Lo siento mucho.
—El problema no es volver a hacerlo, sino que ya estamos en temporada y los fines de semana el parque se colapsa de visitantes.
Para los negocios de los alrededores es perjudicial que las áreas recreativas no estén en condiciones.
Sin mencionar lo peligroso que es para los niños tener maderas partidas en mitad de la plaza.
—Pero... con esta lluvia dudo que ningún niño vaya a los columpios.
—Hoy se salva. Pero para mañana han dado mejor tiempo. Un auténtico día de domingueros.
Empezó a colocar los tiradores en los cajones a una velocidad de vértigo.
—¿Y tú cómo sabes que han dado buen tiempo para mañana si no tienes tele?
Se levantó y me miró a los ojos de repente. Era la primera vez desde que había llegado que sentía que fijaba su vista en mí. No me gustaba nada que me hiciera tan poco caso.
—Porque leo los periódicos. —Recuperó su habitual gesto, pícaro cuando me chinchaba—. La historia del mundo se escribe cada día. No hay que leer únicamente sobre acontecimientos antiguos.
Empezaba a inquietarme que este chico fuera tan listo. Y que tuviera razón siempre me crispaba, sobre todo cuando no tenía argumentos para rebatirle.
—Así que... ¿voy a tener que comer sola? —Tuvo que notar la pena en mi voz.
—No es para tanto. Yo como solo casi a diario. —Eso no me ayudaba nada. Me entristecía aún más.
—Pues, mira, justo hoy que ibas a comer acompañado tienes que irte.
—Bueno. Si es por eso, tranquila. Comeré con Damián.
—Yo pondré la tele, aunque sea para oír voces y que parezca que hay alguien conmigo.
—Lo siento...
Le había hecho sentirse culpable. Decidí dejarlo trabajar. Lo veía agobiado.
—Bueno, me voy a mi habitación. Los análisis sintácticos y morfológicos me esperan.
—Estarás muy bien acompañada en ese caso. —Dejó de mirar un momento las manillas de las puertas para verme salir. No era suficiente.
A la una y media dio dos golpes en mi puerta y me gritó que volvería sobre las cuatro.
Para cuando salí de la habitación, ya se había marchado.
Rompió su impecable trayectoria de buena educación y me dejó sumida en una frustración nueva para mí.
¿Por qué de pronto el destino había decidido dejar de estar de mi lado?
Después de comer, sola y con desgana, decidí poner algo de música clásica para poder concentrarme en lo que estudiaba. El amor brujo, de Manuel de Falla ayudó mucho menos de lo habitual, por lo que apenas avancé nada en las más de dos horas que tardó en volver a sonar el timbre.
—Buenas tardes, Edurne. —Andoni parecía haberse dejado el agobio por el camino. Y chorreaba agua por los cuatro costados.
—¡Estás empapado hasta los huesos!
—No ha parado de llover en todo el día. Pero al menos hemos dejado los columpios en condiciones. Los niños podrán jugar mañana.
¿Por eso estaba a punto de coger una pulmonía? ¿Para que los niños pudieran jugar? Ese lado suyo aún no lo conocía.
—Vas a ponerte enfermo —lo acusé e hice que me acompañara escaleras arriba. Me detuve en el armario de ropa de casa y encendí la luz del baño, justo al lado.
—Llueve mucho, pero no hace nada de frío. —Se sacudió los pantalones, que chorreaban sobre la alfombra del pasillo.
No le creí nada. Le temblaban los brazos. Iba a darse una ducha caliente o no le dejaría seguir trabajando. Metería su ropa en la secadora o incluso le dejaría algo de mi padre. Él lo entendería perfectamente.
—¿Quieres ducharte? —Le hice un gesto con la cabeza señalando la puerta del baño tras de mí.
—¿Vas a ducharte tú también?
Debí de sonrojarme. Al menos la cara me ardía como el fuego avivado al oír de fondo precisamente la Danza ritual del fuego , mi pista favorita del CD de De Falla . Andoni comprendió lo que yo había interpretado de su pregunta y también se sonrojó antes de reírse a carcajadas.
—No era una proposición. Pero como te veo con todo preparado...
Señaló la toalla que acababa de sacar del armario y que estaba entre mis manos. Había pensado que era para mí. Y la luz del baño estaba dada.
—Yo me suelo duchar por la mañana. Y tengo mi albornoz. Esto es para ti.
Le di la toalla y le empujé por los hombros para que entrara al baño.
—No hace falta, de verdad. —Intentó salir, pero cerré la puerta.
—Pásame tu ropa. La meteré en la secadora. Mientras, te dejaré algo de mi padre. Si te pusieras malo, no me lo perdonaría —grité desde el pasillo.
—Edurne, ¿puedo salir un momento? —Solté la manilla y entreabrió la puerta—. Tengo ropa seca en el Land Rover.
—Vale. Yo te la traigo. Pero tú te duchas ahora mismo.
—Sí, señorita. —Sacó sus llaves del bolsillo y me las dio—. Es una mochila verde, a los pies del copiloto.
Si llevaba ropa en el coche..., ¿por qué no la había cogido para cambiarse? Había entrado en casa calado hasta el tuétano. ¿En qué estaba pensando este chico?
Al volver pude oír el ruido del agua de la ducha. Le dejé la mochila junto a la puerta y bajé a preparar un chocolate caliente. Eso sí era capaz de hacerlo sin que se pegara, probablemente por lo mucho que me gustaba y todas las tazas que me había preparado.
—Andoni, baja un momento —le grité en cuanto oí la puerta del baño.
—Mmm, qué bien huele. —Menos mal. Mientras servía las dos tazas, había empezado a dudar de si le gustaría el chocolate.
—En un día de lluvia, no hay nada mejor que una ducha caliente y una buena taza de chocolate.
Me alegró verlo sentarse en la que ya era su silla sin necesidad de tener que decirle yo que lo hiciera. Que no rechazara la taza y que le diera un sorbo de inmediato me hizo casi tanta ilusión como sus palabras.
—Me resulta muy sencillo acostumbrarme a tus mimos. —Dio un segundo sorbo—. Está delicioso.
—Te los has ganado de sobra. ¡Por los niños que podrán jugar mañana en el parque! —Levanté mi taza y brindé con la suya. Él también la alzó.
—Y por los doscientos comensales de la boda. Aunque haga un día deprimente, seguro que al menos comerán de lujo.
—No lo dudes. Mis padres cocinan de vicio.
—Lo sé. Lo he comprobado yo mismo.
Cierto. Había probado los guisantes con jamón de mi madre. Pero no mis filetes; el otro día los había hecho él. Me alegraba que al menos mi chocolate fuera de su agrado.
—Me encantaría quedarme aquí charlando contigo, pero tengo un armario que barnizar.
—Claro, claro. Yo tengo que seguir estudiando.
No me apetecía mucho, pero me paré en la puerta de mi cuarto y me quedé mirando a Andoni. Quería verlo subir las escaleras. Sería una buena imagen para visualizar el resto de la tarde. Pero él también se paró en mi puerta.
—Si vas a seguir escuchando música mientras estudias, ¿podrías dejar la puerta abierta? Hoy ya no haré mucho ruido y me gustaría oír a De Falla .
—¿Conoces El amor bujo ? —Cómo no. Él tenía que saber de los grandes músicos. Eso también era historia.
—Me sorprende que lo conozcas tú.
—¡Oye! ¿Qué quiere decir eso?
—No creí que te gustara la música de siglos pasados. Lo único que sé de tus gustos musicales es que frecuentas discotecas.
Dejé que mi cara mostrara el desagrado que me había causado su hipótesis.
—Para ser tan listo, sacas conclusiones demasiado precipitadas.
Rio sorprendido.
—¿Y quién dice que sea listo?
—Yo lo digo. Pero ahí te equivocas. Me gusta la música dance, la clásica, el pop, el rock y los boleros. Me gusta cada uno en el momento que corresponde.
—En eso tengo que darte la razón. —Se giró y se dispuso a subir las escaleras. Algo había dicho que le había incomodado.
—¿En qué tengo razón, exactamente? —grité antes de que se alejara demasiado.
Se detuvo, pero me respondió sin mirarme.
—En que cada cosa tiene su momento. —Siguió subiendo y lo último que dijo apenas pude oírlo. Pensé que en realidad no me lo estaba diciendo a mí. —Aunque a veces yo lo olvide.
Me conecté al Messenger para ver si estaba alguna de mis amigas. No podía seguir estudiando. Las últimas palabras de Andoni revoloteaban por mi habitación y no me dejaban concentrarme.