Cuando la noche es púrpura Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—¡Las ocho y media! —No me podía creer que llevara tantas horas sentada en el suelo. Creí que me dolerían las piernas y la espalda al levantarme, pero solo se me habían dormido un poco.

—Yo he terminado por hoy. —Andoni comenzó a guardar las herramientas—. Y creo que tú también. Aprobarás Historia si repasas un poco las fechas.

—¿Tú crees? —Me sentía muy orgullosa y, sobre todo, segura.

—No tengo la menor duda.

Me sonrió confiado. Sentí que creía en mí.

—¿Se puede? —Esta vez era mi madre. ¿Por qué dudaban de que se pudiera entrar?

—Adelante, ya íbamos a bajar. —Cogí mis apuntes y Andoni su caja de herramientas.

—Hola, chicos. ¿Cómo es eso de que estabais estudiando?

Mi padre se había chivado. Mi madre estaba tan sorprendida como él.

—Andoni sabe bastante de Historia. Me ha estado ayudando. Y yo no le estaba molestando, si es eso lo que te preocupa.

—No, claro que no. —No pensaba igual que mi padre. Miró el armario y cambió de tema—. ¡Pero si casi está acabado!

El armario parecía formar parte de la habitación de toda la vida.

—Lo cierto es que he avanzado más de lo que esperaba, pero queda lijar y barnizar. Además de algún que otro detalle: tiradores, manillas...

—Es más fiel al boceto de lo podía imaginar. —Lo miraba como un niño a un juguete. Me dio un poco de vergüenza.

—Yo me muero de hambre. —No había probado bocado desde la comida. Ni siquiera había bebido agua. Jamás había estado tanto rato seguido estudiando. Si Andoni hubiera elegido ser profesor en lugar de carpintero, habría muchos menos suspensos por el mundo.

—En ese caso, a cenar, hija, que ya es hora.

Bajamos hasta la entrada y acompañamos a Andoni a la puerta.

—Gracias por todo, Andoni.

—De nada. —Me sonrió de esa manera que me derretía por dentro, aunque enseguida se dirigió a mi madre—. Mañana vendré a la mañana, si no hay problema.

—Claro, ven cuando quieras. Edurne no tiene clase y estará en casa. Alejandro y yo trabajamos todo el día. Tenemos una boda y toca cocinar para doscientos. ¡Imagínate!

—Eso son muchos platos. —No pareció sorprendido por la noticia. Ni para bien ni para mal. Como si no le afectara la idea de que fuéramos a estar los dos solos todo el día. Me molestó más de lo que me permití reconocerme a mí misma.

—Así que ya veremos el resultado el domingo. Que mañana te dé Edurne el visto bueno cuando termines.

—Puedo volver otro día si hay alguna cosa que queréis que retoque.

Me parecía genial que volviera otro día, pero no que dudaran de mi criterio.

—Soy capaz de dar el visto bueno —protesté.

—No lo dudo, cariño. Y, con lo que acabo de ver, creo que no voy a tener ninguna pega el domingo.

—Muy bien. Hasta mañana, entonces —se despidió, sonriéndome una vez más. Sus ojos brillaban demasiado cuando se cruzaron con los míos.

Devoré la ensalada y las albóndigas en cinco minutos.

—Por lo que veo, no has merendado. —Mi padre me pasó una servilleta. Tenía tomate por la barbilla.

—No. He estado estudiando mucho.

—Qué curioso que sepa tanto de Historia siendo carpintero, ¿no crees? —Mi madre esperaba explicaciones.

—Su madre es profesora de universidad —comentó mi padre con tono formal.

—Qué raro. Creí entender a Damián que sus padres habían fallecido.

Se me atragantó una albóndiga.

—¿Edurne? —Mi padre me golpeó la espalda.

—Sí, su madre era profesora. Y su padre era carpintero.

—Estás muy informada —farfulló mi padre. Bebí agua para tragar mejor y para evitar dar más detalles.

—Deja que los chicos se hagan amigos. —Mi madre era genial—. El muchacho es nuevo en el pueblo y no conocerá aún a casi nadie. Edurne, podrías presentarle a tus amigas y a esos chicos con los que vais a veces, Ager y los demás.

—Sí, es una buena idea. —Claro que lo era.

—Venga, hoy pronto a dormir, que hay que madrugar mañana. —Mi padre recogió la mesa y le ayudé a fregar.

Para las once ya estaba en la cama. Estaba agotada. El sábado iba ser un día importante. Todo el día con Andoni, solos en mi casa. Estudiar Historia ya no iba a ser una excusa válida. Me concentré en pensar alguna que fuera convincente, pero caí rendida.

Esa noche soñé que me cortaba con la grieta del cristal de la ventana de su casa y que él me llevaba en sus brazos hasta un hospital de campaña digno de la Segunda Guerra Mundial.

Pude incluso oír el silbido de la bomba de hidrógeno al caer sobre nuestras cabezas en algún lugar de Hiroshima.

Me desperté sobresaltada al sentir la vibración de su impacto contra el suelo.

Solo era un trueno. Eran las cinco de la mañana y había empezado a llover a cántaros.

Pobres novios y sus doscientos invitados. Ojalá escampara para media mañana.

***

Logroño, septiembre de 1993, trece años antes

—No lo entiendo, mamá —dijo Andoni al entrar por la puerta de su casa.

—¿Qué es lo que no entiendes, tesoro?

Andoni era un niño muy precoz a sus siete años, por lo que se quitó la mochila escolar para dejar la chaqueta en el perchero y después la llevó hasta la mesa del salón, donde su madre le había ayudado a hacer las tareas del colegio el curso anterior.

Aunque tal como estaba la superficie de aquel mueble en esos momentos, llena de platos sucios y objetos variados, tuvo que decantarse por una silla.

Eligió la que no tenía la mancha de leche que se le había derramado esa mañana, porque su madre se había dormido y había tenido que desayunar tan rápido que había acabado tirando el vaso.

También se había manchado el uniforme del colegio, pero su madre no le había dado importancia y lo había limpiado con un trapo húmedo.

Andoni estaba deseando quitarse aquella ropa.

—¿Por qué yo tengo que volver al colegio y tú no tienes que volver al trabajo?

—Yo tengo una excedencia laboral, tesoro. Tú no puedes alegar eso para faltar al colegio.

—¿Estás malita?

—Algo así. Sí.

—¿Es por lo de papá?

Paloma besó a su hijo en lo alto de la cabeza, sobre sus sedosos rizos oscuros dolorosamente similares a los de su padre, le cogió de la mano y le hizo acompañarla hasta el sofá. Tuvo que apartar la ropa pendiente de planchar para poder sentarse.

—Andoni, a veces las personas nos ponemos malitas por dentro.

No como papá, no es algo que nos dañe el cuerpo físico, como una leucemia.

Es un dolor del alma. Yo aún no he sanado tras su muerte.

Y necesito algo de tiempo para poder volver a la universidad y dar las clases como los alumnos se merecen. ¿Lo entiendes?

—Creo que sí.

—Por supuesto. Eres muy muy listo.

—¿Y cuánto crees que vas a tardar en estar bien?

—Eso... nadie puede saberlo.

—Yo quiero que estés bien. Yo... también echo de menos a papá, pero volver a ver a mis amigos me ha puesto contento. Igual si tú ves a tus alumnos, o a otros profesores que te caigan bien, te pones contenta y todo vuelve a ser... no como antes, pero menos... triste. Y desordenado.

Andoni vio cómo su madre palidecía y tragaba saliva.

—Ay, corazón. Lo siento tanto. Te prometo que voy a intentar volver a ser yo misma. Pero... es que no puedo. No puedo...

Se echó a llorar y se marchó a su habitación, donde se quedó más de una hora.

Andoni se cambió de ropa, merendó un bocadillo con pan duro y un plátano demasiado maduro.

Después hizo las pocas tareas del primer día y puso la tele a todo volumen, esperando que eso hiciera reaccionar a su madre.

Se quedó dormido y se despertó en su cama, con el pijama puesto y la luz quitamiedos encendida.

Aunque con eso ya no le bastaba para no estar asustado.

Un año y medio después, su madre conoció a aquel hombre que trastocó para siempre la vida de ambos.

La hizo recuperar la alegría tan de repente que los cambios fueron vertiginosos.

Se mudaron a Lyon, donde todo era nuevo: el colegio, la gente, incluso el idioma.

Su madre no trabajaba fuera de casa, se dedicaba a tenerla impoluta y a cocinar cosas extravagantes, que a Andoni no le gustaban ni la mitad que las del comedor escolar, donde su padrastro había insistido en apuntarlo, a pesar de que su madre estuviera en casa las veinticuatro horas.

Él preadolescente incomprendido y confuso en el que se fue convirtiendo no lo vio venir hasta que fue demasiado tarde, porque aquel hombre se había encargado de ocultar la verdad demasiado bien. Y, cuando todo estalló, Andoni, con solo trece años, no llegó a tiempo.