Capítulo 16 #2
Bajó la ceja. Buena señal.
—No soy un experto, Edurne. Solo he leído algunos libros y no he memorizado todas las fechas ni acontecimientos muy concretos.
—No importa, esas cosas las tengo en los apuntes. Lo que necesito es entender la generalidad, separar una guerra de otra. Se me mezclan todas, hasta en sueños.
Se rio y salió del baño.
—¿Lo harás? ¿Me ayudarás?
—Está bien. Si es solo eso, creo que puedo ayudarte.
—¡Gracias! —Corrí a mi habitación a por mis apuntes para subir al desván antes de que cambiara de idea. Él estaba esperándome junto a la puerta.
—¿Sobre qué vamos a charlar? —Aún no parecía muy convencido.
—De lo que me va a entrar en el examen. Guerras mundiales y unificación alemana. La Revolución francesa y la industrialización ya cayeron en los parciales. No creo que se repitan.
—Eso nos puede llevar toda la tarde. —Su observación me animó, pero noté en su voz que le preocupaba.
—Si ves que no te dejo trabajar, dímelo y me iré a la habitación. No quiero molestarte.
Abrió la puerta del desván y me invitó a pasar con un gesto de su mano.
—Aunque te cueste creerlo, soy capaz de hacer dos cosas a la vez. —Sus ojos se iluminaron. Esa tarde estaba de buen humor.
Comenzamos con las causas y los bandos de la Primera Guerra Mundial.
En realidad, no tenía dudas sobre eso. Conocía con claridad los motivos y los implicados en cada una de las guerras, pero se me mezclaban los tratados y los nombres de las batallas.
Lo peor eran las fechas concretas, aunque eso tampoco lo mezclaba; sencillamente... lo olvidaba. Dichosa memoria selectiva.
—¿Quién perdió? —me preguntó tras más de una hora matizando y corrigiendo las conclusiones que yo había sacado de mis apuntes.
—Los malos —respondí de forma automática.
Tuvo que soltar la barra que estaba a punto de colgar en el interior del armario para echarse a reír.
—¡¿Cómo que los malos?! ¡¿Qué clase de respuesta es esa?!
—No sé, supongo que fue así. No he llegado aún a ese punto. Es que me las he estudiado al revés. —Normal que me liara después—. La Segunda me parecía más interesante.
—Las cosas no son tan sencillas como definir a los bandos como buenos y malos. No es una película. Es la vida real. Todos perdieron, sobre todo en vidas humanas.
—Ocho millones de muertos. —Ese dato no se me había olvidado.
—Y otros tantos inválidos o mutilados. Una masacre.
—Aunque la Segunda fue aún peor. —También recordaba esas cifras escalofriantes—. Doce millones de muertos en el bando de «los malos» y cincuenta millones en el de «los buenos».
Sacudió la cabeza y me miró con cara de auténtico profesor.
—No, no me mires así. Perdona que no pueda ser imparcial cuando hay campos de concentración de por medio. He tenido auténticas pesadillas por culpa de las fotos del libro.
—¿Te pasas las noches soñando con lo que estudias antes de acostarte?
—No siempre. —Si supiera que la mayoría de las noches soñaba con él...
—Veamos si la Segunda te la sabes mejor. La Primera deberías repasarla un poco. Al menos las consecuencias. No escribas en el examen que «ganaron los buenos».
Se rio entre dientes.
—Igual a mi profesor le hacía reír como a ti y me ponía buena nota.
—Deja que lo dude. Los profesores no suelen poner muy buena nota cuando un examen les hace gracia.
—¿Cómo estás tan seguro?
Tardó más de un minuto en responderme. Esperó a terminar de encajar la barra para las perchas y se sentó en el suelo frente a mí.
—Mi madre era profesora en la facultad de Historia.
El brillo de sus ojos se apagó de pronto. Ya no tenía ninguna duda de qué significaba la sombría mirada que se apoderaba de él en ocasiones. Le había hecho recordar la muerte de sus padres de nuevo.
—¿Por eso sabes tanto de Historia? —No pude evitar preguntarle.
—Interesarme por lo que les gustaba, conocer en profundidad a lo que se dedicaban ha sido una forma de tenerlos conmigo. Me formé como carpintero por él. Leí libros de Historia por ella.
Cogió mis apuntes y los hojeó de forma distraída. Comprendí que no quería hablar más del tema. Tenía su particular manera de recordar a sus padres. La ternura me invadió el alma de nuevo. De no haber temido su rechazo, lo habría abrazado allí mismo.
—Vamos a ver... —Eligió una hoja al azar de entre todos mis apuntes—. ¿Qué país de la actualidad era llamado antes Prusia?
Aparqué en mi cabeza lo aprendido sobre las dos guerras y retrocedí hasta la unificación alemana. Eso no me sonaba.
—¿Qué? ¡Eso no viene en mi libro!
Se carcajeó y una chispa se encendió en sus pupilas. Estaba otra vez conmigo.
—¿Era una pregunta para pillar?
—Más o menos. Ya no existe como tal, pero es parte de la actual Alemania. Berlín y Brandeburgo en concreto.
—Eso no me lo van a preguntar.
—Pero es un dato mucho más relevante que otros. —Siguió hojeando mis apuntes e ignorando mi desconcierto. Pensaba que sabía más de lo que él me estaba haciendo ver. Tal vez estudiar todo el sábado no fuera suficiente para aprobar.
—¿Solo te interesa saber lo que te vayan a preguntar? Pensaba que eras mucho más curiosa.
¿Le había decepcionado? Le iba a demostrar que sí era curiosa, solo necesitaba motivación.
—Sí hay algo que me gustaría saber. ¿Qué opinas sobre Bismarck? —Le vi en la cara que le había sorprendido—. Me dijiste que te preguntara si me daba problemas.
—¿Y te los ha dado?
—No, demasiados. Me ha llamado la atención y me gustaría saber tu opinión.
Dejó mis apuntes a un lado y apoyó las manos en el suelo para recostarse hacia atrás. Parecía sentirse cómodo con el tema.
—Era un hombre de pensamientos retorcidos, aunque inteligente.
—Era un poco liante, ¿no crees?
Sacudió todo el cuerpo al reírse.
—Es una manera sencilla de explicar su política. —Volvió a sentarse a lo indio frente a mí—. ¿Has leído El príncipe ?
Negué con la cabeza, sorprendida por el título. Me sentía como en un examen para el que no había estudiado.
—No tiene nada que ver con cuentos de hadas. Es una obra de Maquiavelo.
—Me suena el nombre del autor, pero no sé quién es.
—Era una especie de filósofo político, entre otras cosas. Si te ha llamado la atención la forma de pensar de Bismarck, también te lo parecerá esta obra. Podría dejártela si quieres.
—Me encantaría leerlo en verano. Ahora tengo demasiado que estudiar.
—Sé que te va a resultar interesante, pero no sé si te va a gustar.
—¿Por qué? —¿Por qué podría gustarle a él y a mí no?
—Porque, según lo que escribió en este libro, hacer algo malo está justificado cuando es para evitar un mal mayor. Y conociendo tu definición de buenos y malos...
—No creo estar de acuerdo con eso... No sé. Depende.
—¿Depende?
—Sí, depende... de cómo de malo sea eso malo que hagas. O si lo otro malo que quieres evitar es muy pero que muy malo... Es muy complicado. No lo tengo nada claro.
Creí ver orgullo en su cara cuando acabé mis divagaciones.
—Si lo lees, igual resuelves tu dilema moral. Y yo te daré mi opinión al respecto.
—¿No puedes dármela antes?
—No, no quiero condicionarte.
—Dame al menos una pista...
Sabía que saber su opinión al respecto me ayudaría a conocerle mucho más.
Balanceó la cabeza buscando alguna pista que me satisficiera.
—En mi opinión, las personas que tienen una mente tan privilegiada deberían usarla para otros fines.
—Esa pista no me ayuda mucho. —No me había enterado de nada.
—Cuando lo leas, te lo explico. Aunque igual para entonces ya me entiendas.
—Te tomo la palabra.
—Sabes que la cumpliré. —Me guiñó un ojo, se incorporó de un brinco y siguió con el trabajo.
Recogí mis apuntes para marcharme. Él se giró al verme salir por la puerta.
—¿Ya no tienes más dudas?
Volví a entrar.
—Millones.
—Pues siéntate ahí. Aún no me has contado la Segunda Guerra ni la unificación.
Le solté mi chapa durante más de dos horas. Esos temas me los sabía bastante bien. Él apenas me interrumpió.
Unos toques en la puerta entreabierta del desván cortaron mi discurso y me hicieron comprender que eran ya las seis y media.
—¿Se puede? —Mi padre asomó la cabeza. Su cara era un poema.
—Claro, adelante, papá. —Tenía que explicarle la situación antes de que se enfadara.
—Edurne, no deberías estar molestando a Andoni. Está trabajando.
Aquello me sentó fatal.
—¡No le estoy molestando! Tenía problemas con algunos temas y le he pedido ayuda. Su madre enseñaba Historia en la universidad. —¿Por qué tenía que ser tan bocazas y no pensar antes de hablar? No tendría que haber mencionado a su madre.
—Vaya, no me digas. —Mi padre entró en el desván y hojeó mis apuntes. No se había creído que estuviéramos estudiando.
—Yo mismo me he ofrecido a ayudar en lo que pudiera. No es ninguna molestia.
Parecía no haberse enfadado por mi gran bocaza.
Empecé a comprender las ideas de Maquiavelo.
Un pequeño mal justifica evitar uno mayor.
Él no se había ofrecido a ayudarme, yo se lo había pedido.
Pero esa mentirijilla podía salvarme de volver a ser castigada por no estar estudiando en mi habitación o por estar molestando.
Esperaba que no mintiera al decir que no le suponía una molestia ayudarme.
—En ese caso, seguid. —Dejó la puerta más abierta de lo que estaba y se marchó.
Contuve un suspiro.
—Gracias —susurré en cuanto oí la tele en la planta baja.
—De nada. Siempre es un placer ayudarte.
¿Cómo podía ser tan encantador? ¿Se entrenaba?
—Y... perdona por abrir la boca con lo de tu madre. No he pensado antes de...
—No pasa nada. —No parecía molesto por ello. Estoy muy orgulloso de poder decir que tenía una madre culta y trabajadora. Puedes decírselo a quien quieras.
—Ella también estaría muy orgullosa de ti. —Me levanté y me acerqué a él—. Estoy segura de que los dos lo están.
Me miró con gesto apacible. Aunque en sus ojos no estaba aquella sombra, sí reflejaban nostalgia. Me pellizcó una mejilla y señaló mis apuntes.
—Estábamos en los bombardeos atómicos. Dónde y cuándo.
Continuamos con las clases particulares durante otras dos horas.
Oí llegar a mi madre y miré mi reloj.