Cuando la noche es púrpura Capítulo 16
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Capítulo 16

N uria estuvo ansiosa durante todo el viaje en autobús hacia el instituto.

Algo quería decirme que no podían escuchar nuestras otras tres amigas.

Me sorprendió que Natalia no abriera la boca respecto a lo sucedido en el parque el día anterior.

Tal vez estaba esperando a que yo lo mencionara primero, puesto que Tania y Nerea no estarían enteradas. Desde luego, no dije ni mu.

Teníamos Economía a última hora y Nuria estalló al fin cuando se sentó en nuestro pupitre.

—Estuve esperando tu llamada.

—Lo siento, lo olvidé.

—Te habría llamado yo, pero no quería interrumpirte si estabas con él...

—Sabes que ayer no vino. Lo dijo delante de ti.

—¡Es verdad! ¡Se me había olvidado! Y, si no estabas ocupada con tu Romeo, ¿por qué no me llamaste tú?

—¿Y qué querías que te contara?

—¿Te tengo que recordar que te fuiste sola a casa con Jon? Después de cómo se despidió de mí, estoy segura de que te tenía preparada alguna historia. Darme dos besos y llamarme «guapa», cuando nunca antes lo había hecho, fue una forma muy infantil de tratar de darte celos.

—Eres guapa —rebatí.

Aunque era cierto que el momento y las formas habían sido muy sospechosas.

Ella fingió echarse hacia atrás una larga melena, cuando la llevaba bien cortita y rizada, y alzó la barbilla con chulería, aunque enseguida puso los ojos en blanco y rio.

—Quería que fuera a verle jugar el sábado —acabé contándoselo—. Es la final.

—¿Y vas a ir?

—Claro que no. Estoy castigada, ¿recuerdas?

—Pero... él no lo sabe..., ¿o sí? Ay, Edurne, con tanto secreto me estoy empezando a hacer un lío.

Pobre Nuria. No era la única.

—Lo siento. No me gusta que tengas que mentir por mí. Tampoco me gusta verme obligada a hacerlo yo, pero ya no puedo dar marcha atrás.

—Tranquila, la causa lo merece. ¿Lo verás hoy? A Andoni, claro.

—¡Espero que sí! —Solo había pasado una tarde sin verlo y ya lo echaba de menos. Estaba más colada por él de lo que pensaba.

—Mañana quiero un dosier completo sobre mi mesa —me advirtió con un raro tono de voz emulando a un alto cargo de una multinacional.

—Tranquila, sabes que te cuento todo... Lo que se puede contar.

—¿Qué? ¿Ha pasado algo que no se pueda contar? —Los ojos se le salían de las órbitas.

—No, todavía no... —La dejé con la curiosidad por las nubes—. ¡Para mi desgracia!

Las dos nos reímos, sabiendo de sobra a qué me refería, y la profesora nos llamó la atención.

—Edurne Urquijo y Nuria Zabala. ¿Podéis contar el chiste en alto? Así nos reiremos todos.

No hizo falta que contáramos nada porque nuestros compañeros se rieron por la regañina. Mantuvimos silencio durante el resto de la hora, solo Nuria hizo un breve comentario por lo bajo.

—Es aún más guapo de lo que imaginaba. Pero lo que me ha parecido de verdad, con solo mirarlo, es que es muy buena gente.

—¿A que sí? —Me emocionó muchísimo que lo hubiera percibido tan rápido. Me hacía sentir menos loca por confiar de tal manera en alguien al que aún estaba empezando a conocer.

Ese viernes era el último día de clase. A partir del lunes empezaban los exámenes y solo hacía falta acudir a las aulas de apoyo para reforzar alguna materia de cara a la inminente selectividad.

Yo aún no sabía a cuáles iba a ir. Historia era una de las primeras candidatas de cada año, pero esta vez tenía un profesor particular en casa.

Aunque no encontrara el momento de hablar con él sobre las batallas europeas de siglos pasados, ya había estudiado más que suficiente motivada por esa posibilidad. Sin duda, había merecido la pena.

Salimos bastante tarde de Economía y casi perdemos el autobús de y veinticinco. Solamente había un autobús cada hora y tener que coger el siguiente hacía que llegara a casa a comer a las cuatro de la tarde. Mi estómago no podría soportarlo.

—¡Qué bien! Tenemos sitio juntas atrás del todo. —Tania avistó los lugares libres que quedaban.

Atravesamos el pasillo hasta la última fila de asientos. Todas se fueron acomodando y tuve la sensación de que me habían reservado el asiento central. Borré las pocas dudas que me quedaban cuando las miradas de todas se fijaron en mí.

—¿Qué pasa? —pregunté intimidada.

—Eso es lo que queremos saber nosotras. ¿Qué pasa, Edurne?

La voz de Nerea era inquisidora. Alguien había abierto la boca, y sabía que Nuria no había sido.

—¿Qué es lo que os ha contado Natalia? —La miré a ella.

—No sabía que fuera ningún secreto. —Enseguida se puso a la defensiva.

—Nos ha dicho que hay un chico nuevo en el pueblo y que está trabajando en tu casa. —Nerea sabía aún más que eso, se le notaba en la voz.

—Hasta ahí todo correcto. —La miré esperando el resto.

—Y que, cuando fue a hablar contigo ayer, parecía que erais muy amigos.

—¿Eso parecía? —No recordaba haber hecho nada fuera de lo normal. —Somos amigos, desde hace unos días.

—Pues parecía que os comíais con la mirada. —Natalia y sus conclusiones precipitadas. Tal vez yo sí lo hubiera mirado así. Por su parte, seguro que no.

—Bueno, ¿y... algo más?

—Sí. —Tania siguió metiendo cizaña—. ¿Cuándo lo vamos a conocer?

—Eso, que Tania y yo somos las únicas que no lo hemos visto aún.

—No lo sé. Vive en el pueblo. Seguro que algún día coincidís.

—Dile que venga este domingo al río con nosotros. También habrá chicos. Aunque si viene Jon... —Natalia miró por la ventanilla.

—Si viene Jon me va a dar lo mismo que esté Andoni o que no. Le voy a hacer el mismo caso: ninguno.

—¿No le has perdonado lo del sábado? —La pregunta de Tania llevaba algo detrás.

—No es por eso, únicamente... —Empezaba a hartarme de hablar de Jon. ¿Por qué tenía que salir en la conversación?

—Seguro que también se puso celoso ayer, cuando Andoni fue a hablar contigo. —Aquí estaba la segunda parte. Tania y Nerea lo sabían todo. Natalia las había puesto al día.

—Por mí, puede hacer lo que quiera. Es su problema. Pero yo no soy nada suyo, que se vaya haciendo a la idea.

Natalia pareció molesta con el tema de nuevo.

—Tú sabrás, pero yo no los juntaría por el momento. Es muy probable que Jon venga el domingo al río. Dale tiempo para que se desencapriche de ti antes de que te vea con otro.

La cólera se apoderó de mí.

—Mira, Natalia, Andoni es mi amigo y, si le quiero invitar al río y él decide aceptar, me da exactamente igual quién esté allí. Si Jon tiene algún problema, que se vaya él.

—Eso. —«¡Gracias, Nuria!»—. Andoni es vecino ahora y las cascadas pertenecen al pueblo. Puede ir cuando quiera. Jon es el que está fuera de lugar.

—Es amigo de Ager, Nuria. —Natalia la fulminó con la mirada, de ventanilla a ventanilla.

—Pero nuestra cuadrilla son los amigos de siempre de Ager, los de su pueblo. Jon ha venido después.

—¿Y? —Natalia y Nuria no tenían el mismo punto de vista.

Se veía a la legua que aquella discusión no llevaba a ningún lado y me propuse cortarla cuanto antes.

—El río es un espacio público, puede ir quien quiera. ¿A qué hora queréis quedar el domingo?

Natalia resopló antes de contestar.

—Ya que no vamos a salir el sábado, puesto que ninguna queréis venir al partido, podríamos pasar todo el domingo al sol para despejarnos.

—A las doce —propuso Tania.

—¡Hasta que se vaya el sol! —secundó Nerea.

—Yo lo necesito de verdad —confesé. No había nada como un día en el río. Sobre todo, si te habías pasado encerrada toda la semana en casa. Aunque lo cierto es que no me podía quejar del todo. El castigo me había venido muy bien para algunas cosas...

—Nos vemos el domingo, chicas. —Nuria se despidió antes de doblar la esquina.

—Estudiad mucho mañana, que el domingo no se puede faltar —recordó Natalia dirigiéndose más a mí que a nadie. Después se fue hacia su calle con Nerea y Tania.

La mano invisible del destino volvió a hacer de las suyas esa tarde. Mi madre comió aún más rápido que yo para poder doblar turno y librar al día siguiente. Si iba a ayudar a mi padre en el restaurante, necesitaba devolver las horas en su trabajo.

Se despidió al salir por la puerta y me extrañó no oír cómo la cerraba. Pensé que lo habría hecho con suavidad y seguí fregando los cacharros. Se me cayó un vaso en cuanto oí su voz.

—Hola. —Andoni me saludó con un susurro en el oído.

—¡Me has dado un susto de muerte! —Los pedazos de cristal rebotaron contra la fregadera. Uno me alcanzó la mano y me cortó. Me la llevé a la boca y absorbí la sangre. No era muy profundo.

—¿Te has cortado? Perdona, no pretendía asustarte.

—No es nada. El corazón está peor. —Vaya si lo estaba, aunque por más motivos—. Casi me da un infarto. No deberías ser tan sigiloso.

—Tu madre me ha visto bajar de la camioneta y me ha dejado la puerta abierta. Te he oído fregando y no quería subir sin saludarte.

Y yo angustiada porque el otro día se había ido sin despedirse...

—La próxima vez, hazte notar antes de estar a mi espalda, por favor.

—Lo haré. Ahora hay que curarte ese corte.

—De verdad, no es nada. —Recogí los pedazos de cristal esparcidos por toda la fregadera.

Andoni detuvo mi tarea sujetándome la mano por la muñeca e inspeccionó el rasguño.

—A ver... Creo que no vas a necesitar puntos —bromeó.

—Nada que una tirita no pueda solucionar.

Subimos al piso de arriba en busca del botiquín. Saqué la caja de tiritas y, antes de que pudiera abrirla, Andoni me la quitó de las manos e hizo de enfermero.

—Te has cortado por mi culpa. Deja al menos que te ayude.

—¿Es una especie de compensación? —Ojalá dijera que sí.

—Bueno, no es gran cosa por haberte hecho sangrar, pero es más que nada.

—Sé cómo puedes compensarlo con creces.

Dejó de doblar el envoltorio de la tirita que acababa de colocarme con delicadeza y me miró con los ojos muy abiertos. Había un brillo inusual en ellos.

—¿Y cómo, exactamente? —preguntó con cautela. ¡A saber lo que se le habría ocurrido!

—Pareces tener bastante idea sobre Historia. Podrías ayudarme con algunas dudas que tengo.

Arqueó una ceja y abrió la boca, tal vez para poner alguna excusa, pero no se lo permití.

—No te quitaré tiempo de trabajar. Te iré contando lo que he aprendido y, si ves que hay algo que no te cuadra, me paras. Me ayudarás mucho, de verdad.