Cuando la noche es púrpura Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

—Hasta mañana, Edurne, que estudies mucho. —Acercó sus dedos pulgar y meñique a su cara, simulando un teléfono, mientras salía del coche por la puerta del conductor. Jon estaba de pie fuera y no pudo verlo.

—Adiós, Jon. Muchas gracias.

—Cuando quieras, guapa. —Pude oír cómo le daba dos besos al despedirse.

Me extrañó bastante. Entre nosotras era una costumbre, incluso con los amigos del pueblo de Ager.

Con los de la universidad nunca nos habíamos saludado dándonos dos besos, exceptuando la vez que nos los presentaron. ¿Qué se traía entre manos?

Subió de nuevo al coche y se puso en marcha. Conducía demasiado despacio para lo que acostumbraba. Me temía una conversación en ciernes.

—¿Qué vas a hacer este sábado?

—Tengo que estudiar. —Y además estaba castigada—. ¿Por qué?

—Me preguntaba si vendrías a vernos jugar. Es la final y estoy seguro de que ganaremos. —Engreído—. Después iremos a celebrarlo a lo grande.

Visualicé una celebración que significara «a lo grande» para Jon. Diferentes bebidas alcohólicas participaban en esa fiesta.

—De verdad, tengo que estudiar. —Me abstuve de preguntarle por las actividades que tenían planeadas tras el partido—. Pero emitiré ánimos y buenas vibraciones para vosotros desde mi escritorio.

—Natalia también tiene exámenes y Ager me ha dicho que irá.

—Bueno, es su novia. Es lógico.

Jon me miró de reojo. Si las miradas mataran yo habría sido un cadáver en ese momento.

Detuvo el coche junto al jardín de mi casa y sacó la llave del contacto.

—Suerte. Espero que ganéis. —Cogí mi mochila y me dispuse a salir del coche, pero la puerta estaba bloqueada.

—Sé que lo haremos. El equipo está muy motivado. Pero yo lo estaría más si tú vinieras a verme.

Ahora me sentí culpable. Tal vez habría ido a verlos si no me quedara un día de penitencia. Seguramente la propia Natalia me lo habría pedido. Pero era imposible, mi padre no iba a levantarme el castigo un día antes.

—Lo siento, Jon, en serio. Me queda aún muchísimo por estudiar y si salgo el sábado no me va a dar tiempo.

—Sé que vais a ir el domingo al río. Podrías aplazar tus estudios del sábado al domingo. El río estará ahí todo el verano y finales del campeonato solo hay una al año.

Ager ya le había comunicado nuestros planes a su amigo. Estaba claro que tanto Natalia como él tenían complejo de celestinos.

—Podría, pero lo del domingo no era seguro. La idea era estudiar el sábado y solo ir al río si para el domingo habíamos acabado. —Su cara volvió a mostrar su enfado—. Lo siento, pero no quiero suspender.

—Deja ya las excusas, Edurne. —Sujetó mi barbilla y giró mi cara hacia la suya para obligarme a mirarlo a los ojos—. Dime la verdad. Quieres quedarte en casa el sábado para estar con él.

Andoni había dicho que, para poder terminar el armario a tiempo, iría el sábado por la mañana y por la tarde. Jon se había quedado con sus palabras y me había preparado una encerrona. Era la segunda del día.

—Abre la puerta, Jon. Quiero marcharme. —Aparté de forma brusca su mano de mi barbilla y me acerqué a la puerta.

—No hasta que lo admitas. —Sus ojos, los mismos que hasta hacía bien poco me habían parecido tan bonitos, ahora echaban chispas y resultaban de lo más intimidantes. Pero yo no me iba a doblegar.

—No tengo nada que admitir. Abre la puerta. —Esa situación se me empezaba a parecer a la del sábado, solo que esta vez estaba atrapada dentro de su coche en vez de acorralada contra él.

—Ya veo que no se puede cometer un solo error contigo. —Suspiró y sacudió la cabeza—. ¡Qué rápido me has cambiado por otro!

—Deja de decir eso. Entre tú y yo nunca ha llegado a haber nada. Y Andoni y yo solo somos amigos.

Que yo quisiera ser algo más no significaba que Andoni tuviera que corresponderme. Por el momento me conformaba con su amistad y no quería que los celos de Jon la estropearan.

—Vamos, Edurne, no estoy ciego. He visto cómo lo miras. —Ante eso no podía defenderme—. Y también cómo te mira él a ti. Puede que logréis engañar a tus padres, pero a mí no.

Jon levantó la cabeza a modo de saludo mirando a través del parabrisas. Seguí la línea de su mirada y me encontré con mis padres agarrados de la mano y saludándonos.

Oí cómo las puertas se desbloqueaban y salí ipso facto del coche. Jon también se bajó.

—Hola, hija. ¿Hoy te han traído a casa? —Era más que evidente. Mi padre hacía esa pregunta en lugar de decir: «¿Por qué estás sola con un chico en un coche delante de casa?».

—Jon nos ha acercado a Natalia, a Nuria y a mí —aclaré.

—Hola, Jon. ¿Qué tal tu padre? —Mi padre intentó ser más amable, pero se le ocurrió darle un apretón de manos que Jon no pudo resistir. Blandengue.

—Muy bien, muchas gracias. —Intentó disimular que se sacudía la mano atusándose el pelo en cuanto se la soltó.

—Me alegro. —Abrió la puerta de la cerca del jardín y me miró invitándome a que pasara yo delante.

—Salúdale de nuestra parte, ¿lo harás? —Mi madre se despidió con la mano antes de seguirme hacia la casa.

—Por supuesto. —Jon se giró hacia su coche, pero se detuvo y se acercó un par de pasos hacia la verja.

—Edurne, entonces... ¿vendrás el sábado?

Si pretendía delatarme con respecto a Andoni delante de mis padres, buscaría la forma de hacerle pagar por ello. Me sentí una inútil por no ser capaz de encontrar ninguna forma satisfactoria de venganza.

—Lo siento, Jon. Ya te he dicho que tengo que estudiar.

No perdí de vista a mi padre en ningún momento, tratando de comunicarle con la mirada que no se le ocurriera mencionar lo de mi castigo.

—¿A dónde pensabais ir? —Al parecer, no era tan perceptivo a mi lenguaje corporal como Nuria.

—Había invitado a Edurne a que viniera a animarnos a la final del campeonato de baloncesto universitario. Pero si tiene tanto que estudiar...

—Voy fatal con Historia, papá. Ya sabes lo que me cuesta memorizar esos tochos.

Mi padre levantó una ceja. Por fin me había entendido. Si yo reconocía que iba tan mal, es que realmente no pretendía que me levantara el castigo.

—Los estudios son lo primero. En otra ocasión, chaval.

—Sí, seguro que volvemos a llegar a la final el año que viene.

Jon se metió en el coche y aceleró a fondo al salir de mi calle.

Mi padre se quedó mirándolo con asombro antes de dirigirse hacia la casa con nosotras.

—Pensaba perdonarte el último día de castigo. Has estudiado mucho esta semana—. Cerró la puerta de casa después de que mi madre y yo entráramos.

—No te he visto mucho interés en ir a ese partido. —Mi madre me miraba confusa.

—¿Por qué iba a querer ir a ver a diez tíos sudorosos lanzando un balón a un aro?

Mi padre se mostró atónito.

—¿Y qué hay de cuando ves la NBA conmigo por la tele?

—¡Eso es distinto! Eso... es espectáculo.

Me encantaba el baloncesto. Me hubiera gustado ver la final del campeonato universitario. Ya había acudido a varios partidos y los estudiantes jugaban realmente bien. El equipo de Ager y Jon era muy bueno y habría ido a formar parte de la afición si las cosas se hubiesen presentado de otra manera.

—Como quieras, cariño. Si realmente vas tan mal en Historia, será mejor que te quedes estudiando el sábado.

—Además, así estarás para recibir a Andoni a la tarde. Tu padre y yo vamos a estar todo el día en el restaurante. Hay una boda y voy a ir a ayudarlos con la cocina.

Mi madre solía ayudar —si no le tocaba trabajar en el hospital— cuando alguien se ponía malo repentinamente o cuando había algún evento especial en el restaurante que capitaneaba mi padre. Cocinaba mejor que muchos profesionales del gremio.

—Por eso tengo la tarde libre hoy —canturreó mi padre y sacó una cerveza de la nevera.

Era el destino, sin duda.

—Precisamente me he encontrado hace un rato con Andoni y me ha pedido que os avisara de que hoy a la tarde no podrá venir. Tiene otro trabajo urgente. Pero había pensado venir el sábado desde la mañana para acabar el armario en la fecha prevista.

—Qué chico más profesional. —Mi madre seguía con sus halagos. Me encantaba. —Aun con contratiempos, pretende cumplir con lo acordado.

—Pero tampoco pasa nada porque lo acabe el lunes o el martes, ¿no? —Esperaba que mi madre fuera benévola.

—Claro que no. Mañana le diré que, si le viene mal quedarse aquí todo el día, no se preocupe, que no hay ninguna prisa.

—De todas formas, Edurne estará en casa, que venga cuando quiera. —Mi padre tenía la antena puesta a pesar de estar viendo la tele acomodado en el sofá.

—Estaré, porque tengo muchísimo que estudiar.

Bien. Con el visto bueno de mis padres, y conociendo a Andoni, el sábado estaríamos solos durante todo el día, aunque mi madre le diera más plazo. Él era «un hombre de palabra».

Esa tarde estudié durante tanto rato seguido que acabó doliéndome la cabeza y mezclé los acontecimientos de las dos guerras mundiales en mis pesadillas.