Capítulo 15 #2
Respondí con el mismo gesto. Nuria también los hizo, con su cara más sonriente. Le devolví la patadita que me había dado antes y ella se encogió de hombros con mirada inocente, pero no dijo nada.
—¿Tú sabías lo de la cabaña del pescador? —quiso averiguar Natalia. Me miraba con el ceño fruncido.
—Sí, bueno, es lógico —me excusé.
—¿Y cuándo pensabas contárnoslo? —La voz de mi amiga se endureció—. Para alguien nuevo que viene al pueblo y tú, que tienes información de primera mano, no la compartes con tus amigas.
—No pensé que os pudiera interesar.
—Pero ¡¿qué dices?! —Natalia estaba muy molesta—. ¿Alguien viviendo en la cabaña encantada? Es como para querer enterarse.
—No digas tonterías, no está encantada —rebatió Ager.
—Bah, eso es lo de menos. ¿De dónde viene ese tal Andoni? ¿Dónde vivía antes?
—No sé tanto de él, Natalia. —Quise que dejara de interrogarme cuando antes.
—Pensaba que erais muy amigos —apuntó Jon.
Todos me miraron atónitos esperando mi respuesta.
—Y lo somos. —Si pretendía que renegara de él, perdía su tiempo.
—¿No me digas? —Natalia sonó indignada—. Edurne, últimamente no me cuentas nada.
—¿Cómo de amigos? —insistió Jon, como si Natalia no hubiera hablado. Su cara era un poema. Estaba entre furioso y dolido.
—Amigos, sin más. ¿Has acabado con el interrogatorio? ¿Puedo ir a por ese helado ya?
Me levanté y Nuria se apresuró a venir conmigo. Natalia nos siguió, pero antes se aseguró de que estuviéramos solas un momento.
—¿De qué los queréis vosotros, chicos? Yo os los traigo. —Empujó a Ager por los hombros hacia abajo, sentándolo en la silla en cuanto hizo amago de incorporarse.
—De limón.
—Yo no quiero nada, gracias. —Pude oír decir a Jon con desgana.
—¡Marchando! —Natalia se apresuró a seguirnos hasta el kiosco. En cuanto estuvo con nosotras, comenzó su interrogatorio.
Sabía que tenía que desvelar parte de la historia, pero debía tener cuidado con lo que le contaba. Si se enteraba de que le había mentido sobre lo del taxi, se enfadaría muchísimo. Me concentré en simplificar todo lo máximo posible.
—En serio, Edurne. ¿Qué ha sido todo eso?
—¿A qué te refieres? —Necesitaba más tiempo para organizar mis explicaciones.
—Dos helados de avellana, por favor. —Nuria intentaba pasar del tema. Sabía que ella no debía aparentar tener más información que los demás.
—Espera, Nuria, pídeme lo mismo a mí y uno de limón para Ager. Nada para Jon. —Hizo una pausa antes de dirigirme una mirada y una pregunta que no me esperaba—. ¿Desde cuándo conoces a ese pedazo de tío?
Me relajé un poco. Natalia iba a enfocar sus preguntas hacia el más que obvio atractivo de Andoni y tal vez se olvidara de que no le había confiado desde el minuto cero cada detalle de mi vida, como cuando éramos inseparables.
—Desde hace poco. Mi madre le contrató el lunes para que nos hiciera un armario en el desván.
—¿Este lunes?
—Sí. Y ha venido a casa todos los días desde entonces.
—Es muy poco tiempo, Edurne. ¿Cómo os habéis hecho amigos tan pronto?
Buena pregunta.
—Es un chico encantador y...
—Y guapísimo —me cortó Nuria al traernos los helados. Tenía una cara demasiado alegre.
—Quería decir y que es muy fácil hablar con él. —Aunque al principio me había costado articular palabra—. Estos días hemos tenido bastantes oportunidades de charlar, al estar en mi casa... —No iba a mencionar mis visitas a la cabaña.
—Y otra cosa —Natalia no iba a conformarse con eso. Seguimos junto al kiosco a pesar de tener ya los helados en la mano—: ¿cómo es posible que tus propias amigas no tengamos ni idea del tema y que Jon esté al tanto?
Otra buena pregunta.
—Veréis —quise incluir a Nuria, ya que Natalia la había implicado en su pregunta.
Me sentía fatal por hacerla mentir por mí—, el día que Jon vino a mi casa a pedirme disculpas, Andoni abrió la puerta por casualidad.
Me notó reacia a hablar con él y, cuando Jon preguntó si era mi hermano, Andoni le respondió que era un amigo.
La cara de Natalia reflejaba sus ganas de saber más. Decidí regalarle algún otro detalle antes de que derritieran los helados.
—Y, como le dije a Jon que mejor hablábamos en el porche, probablemente se montó sus películas. ¿Por qué a un amigo le dejo entrar en casa y a otro no?
—Porque estabas enfadada con él —me apoyó Nuria.
—Y porque el otro está trabajando dentro —explicó con lógica Natalia—. ¿No se lo dijiste?
—No. Se acaba de enterar. Por eso creo que se ha reído antes, cuando Damián lo ha contado.
—Bueno, bueno. Me da exactamente lo mismo lo que piense Jon. —No me podía creer lo que acababa de decir—. Lo que quiero saber es... ¡si te gusta!
—Natalia, ¡siempre con lo mismo!
El regaño de Nuria fue de lo más hipócrita. Ella me había preguntado exactamente eso hacía bien poco. Me lo tomé como una forma de apoyarme.
—¿Qué quieres, Nuria? Que está como un tren salta a la vista. Y ha sido ella misma la que ha dicho que es encantador. Mi pregunta está más que justificada.
—Podría llegar a gustarme —le di la misma primera respuesta que a Nuria. Si le decía que estaba loca por sus huesos, se enfadaría conmigo por no habérselo contado antes.
—¿Y qué pasa con Jon? —Su voz se volvió menos cómplice que antes.
—Absolutamente nada. —Lo tenía más que claro.
—Hasta hace cuatro días sí pasaba, y mucho. —Natalia estaba disgustada. Parecía haber olvidado lo que me había hecho y volvía a estar emperrada en que estuviéramos juntos.
—El sábado abrí los ojos con Jon. No es como pensaba y me ha decepcionado mucho.
—Así que sí que te gusta el carpintero. —No iba a parar hasta sacármelo.
—Una cosa no quita la otra. Cuando Jon dejó de gustarme aún no conocía a Andoni. —Aunque le conocí poco después.
—Ya... —No estaba muy convencida. Aunque cierta idea le hizo quitarle importancia. Su sonrisa la delató—. ¿Y piensas presentárnoslo?
—¡Eso, eso! —Nuria estaba ansiosa por conocerlo. Era la segunda vez que lo pedía. Tuve que sujetarla del brazo al ver que se dirigía ya hacia los columpios.
—Algún día de estos. —Intenté ser lo menos concreta posible—. Ahora está trabajando.
—¿Qué pasa con ese helado? —Ager nos hizo señas desde la mesa para que fuéramos. Jon estaba cruzado de brazos en su silla mirando a Andoni de manera descarada.
—¡Ya vamos! —Natalia le hizo una señal con la mano indicando que esperara un poco. Luego se volvió de nuevo hacia mí—. Espero que nos informes si hay novedades. —Se dirigió hacia la mesa por fin. Antes de llegar me susurró tapándose la boca—: No me puedo creer que no hayas dicho nada hasta ahora.
Nos sentamos junto a los chicos y degustamos los helados en un silencio algo incómodo.
Casi me atraganto al recibir una gran patada de Nuria por debajo de la mesa.
No pude evitar quejarme por el golpe en la espinilla y me atraganté finalmente al ver la cara de mi amiga.
Miraba por encima de mi cabeza con un gesto de lo más expresivo.
Fui incapaz de girarme hasta que oí su voz.
—Hola. —El tono casual reflejaba que el saludo se extendía a todo el grupo. Aún me estaba girando a cámara lenta cuando dio dos suaves toques en mi hombro a modo de llamada.
—Edurne, perdona que te interrumpa. ¿Te puedo comentar un asunto?
Él siempre tan educado.
—Sí, claro. —Me levanté como un rayo, dispuesta a alejarnos unos pasos de los demás. Pensaba que quería hablar en privado.
—No, no te molestes. Es solo un momento. —Volvió a tocar mi hombro para hacer que me sentara de nuevo.
Sentí las miradas de los otros cuatro clavadas en mi espalda.
—Por favor, dile a tu madre que esta tarde no podré seguir con el armario. Nos quedan varias piezas por montar en el parque. Damián quiere terminar hoy, y no quiero dejarlo solo.
No podía creer que esa tarde no fuera a verlo.
—Descuida, yo le aviso. —Estaba segura de que se me había notado la decepción en la voz.
—Pero lo de acabarlo el sábado sigue en pie. Si no hay problema, iré también por la mañana para recuperar las horas de hoy.
—Mi madre podrá esperar un par de días para utilizar su nuevo armario, no hay ninguna prisa. —Ojalá no fuera tan bueno en su trabajo y tardara tres semanas más.
Me dedicó una de sus majestuosas sonrisas y supe que mis amigas no la pasarían por alto.
—Ya sabes, me gusta cumplir mi palabra. —Me guiñó un ojo—. Nos vemos mañana—. Me echó una última mirada antes de despedirse con la mano abarcando también a los demás—. Pasadlo bien.
—Hasta otro día, Andoni. —La voz de Nuria sonaba eufórica.
Me quedé mirándolo mientras se alejaba. Cuando me giré, los rostros de cada uno de mis acompañantes reflejaban muy distintos sentimientos.
Por un lado, Nuria tenía la boca entreabierta por la sorpresa y estirada por la sonrisa, lo que hacía que soltara una risilla tonta muy delatadora.
La cara de Natalia también era de sorpresa, pero no reflejaba alegría, sino incomodidad, al igual que la de Ager.
Decidí no darle importancia al imaginar que se debía a su consideración por Jon, quien apoyaba los codos sobre la mesa, con el cuerpo totalmente echado hacia delante.
Parecía dispuesto a levantarse de forma inminente.
—Sí que parece muy majo —comentó con inocencia Nuria. No se daba cuenta de que hablar de Andoni no era una buena idea en ese momento.
—¿Habéis acabado? —Jon se levantó y sacó las llaves de su bolsillo—. Me están esperando para comer.
De pronto tenía prisa.
Nos levantamos y fuimos al coche. Jon se adelantó y lo sacó de entre los chopos. Se detuvo frente a nosotros y salió para abatir su asiento. Todos se sentaron como habíamos venido. Tuve que volver a ir de copiloto. Esta vez era todavía más incómodo.
Jon puso la música a tope evitando cualquier conversación durante el camino hacia el pueblo. Nadie protestó. Dejó primero a Ager y Natalia en casa de ella, quien había pensado invitarlo a comer.
Si hubiéramos tomado el camino habitual, mi casa habría sido la siguiente por la que hubiéramos pasado. Pero Jon dio una vuelta extraña por algunos callejones y aparecimos en la calle de Nuria.