Cuando la noche es púrpura Capítulo 15
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Capítulo 15

L os jueves no teníamos Economía, por lo que Nuria no pudo estar sola conmigo en toda la mañana.

No sabía si me alegraba de que no pudiera interrogarme sobre Andoni o si en realidad me moría de ganas de contarle todo lo que habíamos hecho juntos el día anterior.

Tenía miedo a que, si hablaba de ello, mis sentimientos por él se reforzaran.

Y ya me parecían lo bastante fuertes. Se habían agarrado con uñas y dientes a mi corazón y no lo soltaban.

Que se hubiera marchado el día anterior sin despedirse de mí atravesaba mi pecho como si me hubieran echado ácido.

—¡Hola, chicas! —Ager nos saludó y salió del León rojo aparcado en la parada del autobús. ¿Qué hacía allí Jon?

Miré mi reloj y me horroricé al ver que solo era la una y cuarto. Aún faltaban diez minutos para que llegara el autobús.

—Venimos a rescataros de la pesada rutina —anunció Ager abrazando a Natalia.

—Ah, ¿sí? ¿Y en qué teníais pensado?

—Como tengo el Golf en el taller, le había pedido a Jon que me acercara para recogerte hoy, que salías antes. De camino, hemos visto que el kiosco del parque estaba abierto y Jon me ha propuesto llevaros a todas a tomar un helado. Me ha parecido una idea estupenda. ¡Con el día que hace!

—¿Antes de comer? —Natalia arrugó el labio superior ante la pésima idea.

—Un helado apetece a cualquier hora. —Jon se decidió a abrir la boca. Aún no nos había dicho nada a ninguna. A mí ni me había mirado.

—Sí, además están dejando el parque como nuevo. Al pasar hemos visto a mi tío colocando los nuevos columpios. Ya sabes, colabora con el ayuntamiento en estas tareas.

—¿No os apetece ir a verlo? —nos preguntó Jon, pero esta vez me miró solo a mí.

—No queda lejos, aunque podemos ir en el coche si queréis. ¿Dónde están Tania y Nerea?

—Se han tenido que quedar en la clase de apoyo de Matemáticas. No salen hasta dentro de una hora.

—Perfecto, así cabemos justo los cinco en el coche. —Jon ya estaba en el asiento del conductor sin que nadie hubiera aceptado todavía. Me pareció muy feo que se alegrara de que mis dos amigas no pudieran venir.

—Yo aún tengo mucho que estudiar —comenté mirando mi reloj.

—Venga, Edurne, no seas así. Tienes toda la tarde, y a mí me apetece un montón ir. ¡Mira qué día hace!

La cara de Nuria era tan suplicante que no pude negarme. Si yo no iba, ella tampoco se animaría a estar sola con Jon y una parejita, era demasiado tímida.

—Está bien, pero solo un rato. No quiero que mi madre coma sola.

—¡Gracias! —Me dio un abrazo antes de salir corriendo hacia el coche.

Yo anduve más despacio y sin mucho entusiasmo. No me apetecía demasiado apuntarme a un plan propuesto por Jon.

Cuando llegué al coche, Nuria ya estaba sentada en los asientos traseros. Natalia y Ager lo hicieron a su lado antes de que yo pudiera elegir sitio.

—¿A qué esperas? —preguntó Jon desde la ventanilla. Me miraba con gesto triunfal.

Me resigné solo por tener la fiesta en paz y fui de copiloto. Menos mal que íbamos cerca y solo tendría que estar unos minutos sentada a su lado.

—Huele a tabaco —mencioné sin pensar. Había notado el olor y me había salido el comentario por inercia. Me mordí la lengua.

—Varios de mis amigos fuman y yo les dejo hacerlo dentro del coche. ¿Crees que podrás soportarlo cinco minutos?

Su tono fue bastante borde.

—Perdona, era una simple observación.

Se hizo un silencio en el coche.

—¿Podríais dejar de comportaros como niños y estar sin discutir al menos una hora? —nos pidió Ager con la cabeza entre nuestros asientos—. Pensaba que habíais hecho las paces.

—Ah, ¿sí? —Natalia no estaba al tanto. Me sorprendió, puesto que Ager sí lo sabía—. ¿Y por qué nadie me ha dicho nada?

—Fue el martes. Yo se lo acabo de contar a Ager. A Edurne no le habrá dado tiempo —me excusó Jon.

Me había dado tiempo de sobra, pero no quería hablar de él. Solo se lo había contado a Nuria y porque formaba parte de mi historia con Andoni. Jon era un mero personaje secundario, aunque entrometido.

—Y sí podemos estar sin discutir. ¿Verdad, Edurne?

—Sí, una hora será posible. —Quise darle un voto de confianza. Esperaba que lo supiera apreciar.

Pero él volvió a meter la pata. En cuanto accedí a intentar no discutir, apretó su mano a la que yo tenía apoyada sobre mi pierna. No sabía lo que me quería decir con ese gesto y lo aparté, simulando que estiraba mi falda lo máximo posible hasta mis rodillas.

A Jon no le gustó nada mi reacción y dio un violento volantazo para aparcar a la orilla del río, a la sombra entre dos chopos demasiado juntos.

Mi puerta quedó bloqueada contra el tronco y se me hizo imposible abrirla.

Me pregunté por qué habría aparcado allí habiendo sitio de sobra en la zona de aparcamiento, que estaba a solo unos metros.

Jon bajó del coche y echó su asiento hacia delante para dejar salir a los pasajeros de la parte trasera de su León de tres puertas. Luego volvió a colocar el asiento y me ofreció su mano para ayudarme a salir.

—¿Dejarte ayudar sería demasiado esfuerzo para ti? —Su voz era burlona esta vez.

No le respondí y gateé sobre el asiento sin dejar de sujetar mi falda.

Jon tiró de mí con un brazo alrededor de mi cintura y me sacó del coche como quien coge a un gato.

Me revolví hasta pisar el suelo, pero siguió sosteniéndome por la cintura hasta que llegamos a la terraza del kiosco.

Al llegar a la mesa, me soltó y me hizo sentar en una silla.

Después cogió otra para él, la pegó a la mía y se acomodó como si nada.

—¿Se puede saber por qué has hecho eso? —le increpé. Él no respondió, pero lo cacé mirando de forma furtiva por encima de mi hombro.

Me giré y se me cayó el alma al suelo cuando vi a Andoni.

¿Habría visto la patética escena que Jon había preparado para él?

Apenas tardé un segundo en entender por qué había aparcado así y por qué me había agarrado exactamente del mismo modo que Ager agarraba a Natalia unos pasos por delante. Solo que a mí me llevaba forzada.

Estaba segura de que había visto a Andoni al llegar y se le había ocurrido montar ese numerito para que pensara algo que no era. El martes me había demostrado de nuevo sus celos, que emergieron al no dejarle entrar en casa y, sin embargo, sí permitírselo a otro amigo.

Andoni estaba colocando la máquina de un tren de madera en la parte central de los columpios del parque, a tan solo unos metros. Era imposible que no nos hubiera visto.

—¿Qué miras, Edurne? —Natalia siguió mi vista.

No supe qué responder y busqué la mirada de Nuria a modo de auxilio. Ojalá me entendiera, aunque esta vez lo tenía muy difícil.

—¿Vamos a por esos helados? —propuso mi amiga. Algo era algo.

—Oye, Ager, ¿ese de ahí no es tu tío Damián? —Natalia señaló hacia los columpios.

Ager se levantó y dio un fuerte chiflido.

El dueño de la ferretería le devolvió el silbido y apareció a nuestro lado en unos segundos. ¿Cómo no me había enterado antes de que era tío de Ager?

—¡Ager! ¿Cómo tú por aquí?

—¡Hola, tío! Te hemos visto antes desde la carretera. ¿Es que no vas a parar nunca de trabajar?

—Ay, hijo, hay cosas que nunca cambian. —El anciano habló con resignación, pero no perdió la sonrisa.

—He ido a buscar a mi novia al instituto. Te acuerdas de Natalia, ¿verdad?

—Sí, claro. ¿Cómo iba a olvidar una cara tan bonita? —Damián zarandeó a Natalia apretando su hombro de forma algo brusca. Ella sonrió con timidez.

—Y hemos traído a las chicas a despejarse un poco antes de ponerse a estudiar para los exámenes —siguió explicando Ager.

—Muy bien, muy bien. —Nos sonrió a todas y abrió mucho los ojos al detenerse en mi rostro—. Anda, Edurne. ¿Qué tal? ¿Cómo están tus padres?

Esperaba que Damián no me reconociera, hacía años que no entraba en la ferretería, pero estaba demasiado cerca de mi casa y mi madre iba allí a menudo.

—Muy bien, muchas gracias.

—Ya me ha dicho Andoni que al final se pusieron de acuerdo y que está haciendo ese armario para tu madre. ¿Qué le parece hasta el momento?

Noté que Nuria y Jon me miraban con interés.

Cada uno de ellos acababa de descubrir algo que no sabía.

Vi en Jon un gesto de desconfianza al averiguar que Andoni trabajaba en mi casa.

A Nuria la vi agarrarse a la silla con ambas manos, al fin le había puesto rostro a Andoni. Su boca volvía a ser un gran túnel.

—Aún no está terminado, pero lo que va haciendo nos está gustando mucho.

—Me alegro. Sabía que no os iba a defraudar. Míralo. —Señaló hacia los columpios—. Ahí lo tengo, echándome una mano con la restauración de las áreas recreativas. Tenemos para todo el verano.

Los cuatro se asomaron a ver a Andoni siguiendo la señal del dedo de Damián. Nuria me dio una patadita por debajo de la mesa.

—¿Y quién es ese chico, tío? Nunca lo había visto por aquí.

Al parecer, Ager no estaba compinchado con Jon.

La verdad es que no me lo hubiera esperado de él.

En cambio, empezaba a pensar que Jon había planeado traernos al parque y hacer el paripé agarrándome por la cintura desde antes de que aceptáramos ir.

Seguro que cuando habían visto al anciano desde la carretera Jon había distinguido a Andoni.

No tenía pruebas, pero habría puesto la mano en el fuego por mi teoría.

—Le ha comprado la cabaña a Esteban, que está ya muy enfermo. Al parecer, se la ha vendido con la condición de que la restaure. Y ahí anda el chaval, todo el día trabajando. —Se giró hacia mí—. Cuando acabemos aquí, probablemente tendrá que ir a tu casa.

—Sí —contesté enseguida—. Suele venir a las tardes.

Jon soltó una seca risotada.

—¿Qué? —preguntó Natalia.

—Nada, nada. Cosas mías. —Jon siguió riendo entre dientes y me miró de reojo.

—Bueno, chavales, tengo que seguir con los toboganes. —Damián simuló deslizarse por uno con gesto juguetón—. Que os divirtáis.

—Hasta luego, tío.

Lo seguí con la mirada hasta que llegó junto a Andoni. Le dijo algo y él miró hacia nosotros. Levantó una mano y saludó.