Cuando la noche es púrpura Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Entiendo. Nada de perros... ni de teles. ¿Qué le pasó a tu primera tele?

Nuestras cabezas se agitaron cuando se rio.

Yo me resistí al movimiento para no apartarme de su musculoso brazo.

Había conseguido sacarle de la nostalgia en la que se había sumido.

Su voz se había tornado amarga y me estaba arañando los oídos.

No podía soportar su dolor. Ahora era mi dolor. Solo quería verlo feliz.

—Yo no necesito una tele, es algo a lo que nunca le he prestado mucha atención. Pero, si eso va a hacer que tú te aburras menos cuando vengas a visitarme, me haré con una.

—¿Cómo? —pregunté confusa por sus últimas palabras.

—Si ahora somos amigos, supongo que de vez en cuando vendrás a visitarme. —Levantó la cabeza. Yo hice lo mismo para poder verle la cara—. Para el sábado tengo previsto acabar el armario, por lo que a partir de entonces no nos veremos en tu casa.

—Claro que vendré a visitarte.

Me llenaba de alegría comprobar que había pensado ya qué pasaría con nosotros cuando terminara su trabajo en mi casa. En mi corazón se encendió una luz de esperanza. Tal vez sintiera algo parecido a lo que sentía yo por él.

—Bueno, va siendo hora de marcharse. A este paso no acabaré para el sábado y tú suspenderás tus exámenes.

Se soltó de mi brazo, pero me ayudó a levantarme tomándome de la mano. Fuimos agarrados hasta llegar al Land Rover.

Eran casi las seis de la tarde cuando aparcamos frente a mi casa. Pronto llegaría mi padre y tenía que encontrarme estudiando.

—Se acabó el recreo. —Suspiré a modo de despedida delante de mi habitación. Era el punto donde Andoni y yo debíamos separarnos.

—¿Qué te toca estudiar hoy? —Echó una mirada curiosa hacia mi escritorio a través de la rendija de mi puerta entreabierta.

—Me temo que no puedo retrasar más la hora de ponerme con las dos guerras mundiales. Nos cae una fijo en el examen de Historia del Mundo Contemporáneo.

Silbó y agitó la mano.

—Me temo que eso te va a llevar mucho más que una tarde.

—Como poco hasta el sábado. Quiero asegurarme el aprobado, y el examen solo tendrá dos preguntas. La otra tiene muchas posibilidades de ser la unificación de Alemania, pero de eso apenas me acuerdo y prefiero dejarlo para el final.

—Si Bismarck te da problemas, ya sabes dónde encontrarme.

El nombre me resultaba familiar, pero no tenía muy claro de quién me estaba hablando. Me lo notó en la cara.

—Veo que no prestas mucha atención en clase —se mofó.

—Y tú prestabas demasiada. ¿Cómo puedes acordarte... dos años después?

—Yo no estudié esa asignatura. Simplemente he leído sobre el tema.

Me parecía increíble que alguien tan joven leyera sobre ese tipo de cosas solo por leer. A mí me resultaba tan complicado memorizar asignaturas de solo teoría que apenas rozaba el suficiente la mayoría de las veces.

—Te tomo la palabra. —Ya tenía una excusa nueva para ir a visitarlo al desván al día siguiente—. Si veo que me atasco con ese alemán, subiré las escaleras.

Entré en mi habitación y él no se movió hasta que cerré la puerta. Me quedé escuchando al otro lado para comprobar que subía. En menos de un minuto empecé a oír los martillazos.

Dado el calibre de los apuntes que me esperaban sobre el escritorio, los golpes me empezaron a resultar más molestos de lo que había pensado.

Elegí el CD de Grieg para camuflar el ruido.

La Mañana era una melodía suave que no me distraería de la lectura.

Cerré los ojos dispuesta a coger fuerzas para empezar con la segunda de las guerras, que conocía mejor que la primera.

Si el ser humano fuera realmente «humano», años después no tendríamos que seguir recordando, e incluso estudiando, las barbaridades que cometía contra sus semejantes.

Traté de ignorar mis pensamientos pacifistas por el momento, autoconvenciéndome de que la humanidad podía aprender de sus propios errores.

Sin apenas darme cuenta, encontré una motivación para ponerme a leer.

No empezaría por las guerras mundiales, sino que memorizaría todo lo que pudiera sobre el famoso Bismarck y mataría dos pájaros de un tiro.

Por un lado, casi me aseguraría el cinco en Historia.

Por el otro, podría pasar más rato con Andoni al día siguiente contrastando opiniones sobre (según podía leer en la primera página de mis apuntes) el Canciller de Hierro.

Casi eché a mi padre de mi habitación cuando subió a saludarme. «¡Estoy estudiando!», le grité dando un bote cuando abrió la puerta sin llamar. Me había dado un susto de muerte. Estaba tan concentrada que ni me acordaba de que llegaría en cualquier momento.

—Pues sigue, sigue —me animó y salió enseguida, bastante sorprendido de verme tan volcada en mis apuntes.

El CD sonó más de cuatro veces seguidas. Lo había puesto en repetición automática y hasta que no vino mi madre a buscarme para cenar no me di cuenta de lo tarde que era.

—¡Las diez!

—Tranquila, aún no hemos cenado. Hace solo media hora que he llegado del hospital. Hoy hemos tenido mucho trabajo.

Ni me había dado cuenta del hambre que tenía.

Por lo general, ya habría bajado un par de veces a por algo de picar, por el mero hecho de hacer otra cosa.

Pero esa tarde me había concentrado tanto que había pasado cuatro horas estudiando sin descanso.

La capacidad de Otto von Bismarck para liar a tantos países con sus tejemanejes había conseguido captar todo mi interés.

Ni siquiera me había dado cuenta de la hora que era y Andoni se habría marchado ya. No le había oído bajar y él no se había despedido de mí. Me molestó más de lo que habría querido que no tocara a mi puerta antes de volver a su casa.

Me senté a la mesa y comí sin apenas masticar.

—Hija, te vas a atragantar —me advirtió mi padre al verme engullir.

—Has cocinado tú, ¿verdad? —lo felicité guiñándole un ojo—. Me encanta tu tortilla de patata.

—Tu madre no llegaba y... he alargado un poco mi jornada laboral.

Aunque mi padre cocinaba de vicio, por lo general no lo hacía en casa, a no ser que fuera una ocasión especial o mi madre no pudiera. Para él era como llevarse trabajo al hogar.

—Oye, que yo también he estado trabajando —protestó mi madre.

—Hoy todos hemos trabajado mucho —continúo mi padre con la boca llena—. Edurne no ha parado de estudiar. Y el artista ha dejado terminado medio armario antes de irse.

—¿Medio armario? —pregunté disgustada. Realmente no quería que lo acabara nunca.

—Por lo menos. Y le está quedando muy bien. Deberías subir a verlo —me aconsejó mi padre.

En cuanto recogimos los platos subí a ver la creación de Andoni. El Artista le había apodado mi padre. Y con razón. Según mis cálculos estaba terminado más o menos un tercio, no la mitad. Me consolé al ver que por lo menos iba a necesitar hasta el sábado, como él me había dicho.

No me quedé mucho más admirando su obra.

Quería acabar de estudiar la unificación alemana antes de que volviera al día siguiente.

Ya tenía varias cosas que quería comentarle sobre el canciller.

Lo que más curiosidad me causaba era saber qué pensaba él de ese personaje, qué le había llamado tanto la atención como para querer leer sobre él.

Estudié hasta que el sueño pudo conmigo y caí rendida en la cama. La guerra de Prusia y Austria contra Dinamarca me hizo tener complicadas pesadillas.