Capítulo 14
E n menos de quince minutos llegamos a una nave industrial de las afueras de la ciudad. Por el camino fuimos canturreando las canciones pachangueras que sonaban en la radio. Me sorprendió oír la voz de Andoni, bastante grave al hablar, más fina al cantar.
Los mozos del almacén de muebles fueron muy amables y colocaron con sumo cuidado el sofá en la camioneta.
Era demasiado largo, de tres plazas, por lo que una de ellas se salía por la parte trasera del Land Rover.
Tuvieron que amarrarlo con correas para mantenerlo fijo.
Por supuesto, Andoni los ayudó, pero a mí no me dejó ni bajarme.
Apenas pude distinguir el sofá desde la ventanilla, solo vi que era de color beige claro y que parecía tener grandes cojines.
Antes de marcharnos, Andoni les pagó en efectivo y estrechó la mano de cada uno de los mozos que le habían ayudado. Era la persona más educada y agradecida que había visto en mi vida.
—¡En marcha! —exclamó sonriente cuando entró de nuevo en la cabina.
Tardamos algo más en recorrer el camino de vuelta al pueblo porque teníamos que ir bastante más despacio con el sofá en la parte de atrás. Tras pasar el puente, en los baches del camino del río, el mueble rebotó y, al caer, chocó con violencia contra la chapa del vehículo.
Saqué la cabeza por la ventanilla para comprobar que no había daños.
El viento me despeinó y Andoni me miró sonriente sin dejar de cantar la canción que sonaba en la radio.
Apartó los alborotados mechones de pelo que me tapaban la cara y los colocó detrás de mi oreja.
Pellizcó suavemente el lóbulo antes de volver a apoyar la mano en el volante y girar alrededor de la casa para aparcar.
Noté que la oreja me ardía como si estuviera prendida en llamas.
Maniobró con cautela hasta dejar la camioneta de espaldas y casi pegada a la ventana de la sala.
En cuanto bajé del vehículo pude ver las intenciones de Andoni.
Realmente no habría necesitado mi ayuda.
Si pretendía meter el sofá por la ventana, con solo empujarlo caería por su propio peso en el interior de la casa.
—¿Estás lista? —preguntó ofreciéndome su mano.
—¿Para qué?
—Para subir a empujar el sofá.
Antes de poder responder, me había cogido por la cintura y me había sentado en el borde del Land Rover. Solo tuve que girar sobre mí misma y meterme en el pequeño hueco que quedaba entre la cabina y el tresillo.
Soltaba las correas amarradas a conciencia y arrancaba los plásticos protectores mientras me daba indicaciones.
—Muy bien. En cuanto abra la ventana, tú empujas y yo tiro desde dentro. No quiero que del impacto se haga un boquete en el suelo.
Lo vi alejarse camino a la entrada y estuve practicando la mejor postura para empujar sin caerme. El hueco era muy estrecho.
—Estoy listo. —Me asomé por un lateral y lo vi abriendo los dos cristales de la ventana—. A la de tres, empuja con todas tus fuerzas.
—¡Entendido!
—Una, dos y... ¡tres!
Puse ambas manos a los laterales del sofá y, con el hombro, empujé con energía, echando todo el peso de mi cuerpo hacia delante.
—¡Para, para!
—¿Qué pasa? ¿Te has hecho daño? —pregunté asustada. El sofá apenas se había movido un palmo.
—No, no es eso. —Se puso de cuclillas y, cuando alzó la cara, pude ver que se estaba partiendo de risa. Es que... ¡no entra!
—¿Qué?
Salté de la camioneta y entré en la casa.
Andoni no estaba en la sala. Avancé y encontré un sillón orejero del mismo beige que el sofá que no estaba allí la primera vez que había ido a su casa.
Me imaginé que estaba amueblando poco a poco.
Me acerqué a la ventana y pude ver que el sofá estaba casi empotrado contra los laterales de la ventana, pero que de alto cabía perfectamente.
—La ventana de la cocina es del mismo tamaño —le oí murmurar al atravesar la puerta—. Por lo que imagino que todas las de la casa lo son. Va a haber que cargarlo a pulso.
Acercar la camioneta hasta la puerta suponía subir el sofá a pulso para sortear los tres escalones del pequeño porche. Miré hacia la puerta y me pareció aún más estrecha que el hueco de la ventana.
—¿Cómo metiste la cama? —Era mucho más grande que el sofá.
—La desmonté y la volví a montar —me explicó rascándose la frente.
Volví a mirar a la ventana y se me encendió la bombilla.
—¿Y si hicieras lo mismo con la ventana? —propuse—. Eres carpintero, seguro que no te cuesta demasiado volver a montarla.
Andoni frunció el ceño y se acercó de nuevo al sofá. Lo empujo hacia fuera y midió con las manos el ancho del marco.
—Podría funcionar —murmuró y se dirigió de nuevo a la cocina.
Enseguida volvió con unas herramientas y en pocos minutos había dejado un hueco en la pared lo suficientemente ancho.
—Vuelvo a mi puesto —indiqué al ver que terminaba.
Coloqué el pie derecho en el escalón de la puerta del copiloto y subí el izquierdo al lateral de la parte trasera de la camioneta.
Me apoyé en el techo de la cabina con las manos y logré llegar hasta el sofá sin necesidad de que Andoni me aupara.
No me habría importado nada en absoluto que me hubiera vuelto a coger por la cintura para ayudarme a subir.
Pero en el fondo me alegraba que confiara en que era capaz de subir por mi cuenta.
También me gustó haberle sido más útil de lo que él había pensado al darle la idea de cómo meter el sofá.
La ilusión me duró poco, pues me imaginé que habría encontrado esa misma solución tarde o temprano de no haber estado yo.
Me consolé pensando que a mí se me había ocurrido antes que a él.
—¿Estás lista? —volvió a preguntarme.
—¡Cuando quieras! —grité tomando posiciones.
—Una, dos y... ¡tres!
Volví a empujar con todas mis fuerzas. Esta vez el marco no ofreció resistencia y el sofá se deslizó sin frenos a través del hueco de la ventana.
Empleé tanta fuerza a la espera de una mayor resistencia que caí de cabeza sobre el sofá y Andoni tuvo que frenarlo antes de que impactara contra el suelo.
Me quedé tumbada cabeza abajo en el mueble inclinado y apoyado en el alfeizar solo unos centímetros.
—¡No te muevas! —exclamó cuando intenté incorporarme.
—¿Por qué? —pregunté haciendo equilibrio.
—Si cambias de postura, tal vez caiga de golpe —me advirtió.
Soltó con suavidad el lateral que sujetaba apoyándolo en el suelo y se dirigió a la ventana para coger a pulso el otro extremo.
—No te muevas hasta que te avise.
Obedecí quedándome inmóvil y casi sin respirar. En unos segundos me encontraba tumbada en postura horizontal. Fui a levantarme una vez estabilizado el mueble, pero Andoni lo empujó con fuerza, arrastrándome con él, hasta colocarlo paralelo a la pequeña mesita y perpendicular al sillón orejero.
—Puedes quedarte ahí y probarlo mientras vuelvo a poner el marco. Has hecho un buen trabajo.
—¿Me estás tomando el pelo? —pregunté poniéndome de costado—. Si me he caído de cabeza al empujar y has tenido que bajarlo tú solo.
Me entró la risa floja al recordar el fiasco que había resultado mi colaboración.
—Tú has cumplido tu parte, que era empujarlo desde arriba. Y tenías razón, eres más fuerte de lo que pensaba. —Se rio antes de darme la espalda para volver a montar la ventana.
Me quedé tumbada tal como me había sugerido y me acurruqué en el sofá. Era muy cómodo.
Desde mi lujosa posición me deleité observando a Andoni trabajar. Me lo imaginé tumbado como yo estaba en ese momento y deseé poder compartirlo con él algún día. Fantaseé con cómo sería quedarme dormida abrazada a él y entre esos confortables cojines, que olían a nuevo de forma maravillosa.
Me sentía capaz de pasar el resto de las tardes de mi vida en esa postura junto a él, abrazados en el sofá de «nuestra casa». Sacudí la cabeza para bajar de mi nube particular cuando le oí dirigirse a mí.
—¿Qué tal? ¿Le das tu aprobado?
—Sí, le doy un sobresaliente —exageré el gesto de acurrucarme en él—. Es muy cómodo, pero le falta algo.
—¿El qué? —Se sentó en la otra esquina, junto a mis pies, y botó como un niño pequeño para comprobar lo mullido que era. Me hizo botar a mí también.
—Una tele que mirar mientras estás aquí tumbado.
—No veo la tele. Nunca me ha gustado.
Me resultó bastante extraño.
—A mí me ayuda a evadirme de la realidad ver una peli de vez en cuando. Además, es algo que te haría compañía. Aquí debes de sentirte muy solo.
De pronto, la sensación de ternura volvió y me impulsó a acercarme a él y abrazarlo. Me senté en mi extremo del sofá para intentar contenerme.
—Suelo estar muy ocupado y entretenido. De momento, no necesito nada más.
—¿Y un perrito? Seguro que te gustan los animales. ¿Me equivoco?
Andoni sacudió la cabeza ante mi segunda propuesta.
—Tuve un perro de niño. Se llamaba Toro.
Le puse ese nombre porque era muy chiquitín, era un caniche.
—Me reí de la contradicción. Él prosiguió—: Quise compensar su desventaja poniéndole un nombre que implicara fortaleza.
Todos los demás perros se metían con él cuando lo sacábamos a pasear hasta que un día un rottweiler , el más grande y agresivo que he visto en mi vida, le mordió.
—¡¿Qué le pasó a Toro?! —exclamé moviéndome al asiento central de un salto.
—Los veterinarios no pudieron curarle las heridas internas. Tenía varios órganos desgarrados y tuvieron que darle una inyección para que no muriera agonizando.
Cada historia que Andoni me contaba de su pasado era una tragedia. Aún no me había dicho cómo habían muerto sus padres, pero dudaba de que no hubiera sido de forma trágica. No había manera de que perder a tus padres no lo fuera.
Me acerqué un poquito más a él y entrelacé mi brazo al suyo.
—Vaya, lo siento mucho. Tuvo que darte muchísima pena. —Porque me salió así, sin más, apoyé la cabeza en su hombro.
Él dejó caer la suya hacia mí.
—Solo tenía seis años cuando pasó. Mis padres quisieron comprarme otro, pero yo me negué. Ningún otro perro podía sustituirle. Además, tenía miedo de que el siguiente corriera la misma suerte.