Capítulo 13 #2
Se levantó y se acercó a mí. No sé en qué estaría pensando cuando retrocedí un paso ante su proximidad. Él se rio cuando tragué saliva con dificultad. Vi sorpresa en su cara.
—¿Me permites? —preguntó y cogió la bandeja de carne—. Ya que me invitas a comer, deja al menos que cocine yo.
Solté los filetes y saqué una sartén. De pronto estábamos mano a mano cocinando.
Bueno, yo solo removía los guisantes mientras él freía la carne.
Se notaba que tenía práctica en los fogones.
Yo no había heredado la maña en la cocina de mis padres, así que me alegré de no haber tenido que demostrárselo calcinando el segundo plato.
Comimos en silencio. Solo unas miradas furtivas y alguna sonrisa puntual. Al terminar, Andoni recogió los platos y sirvió los filetes como un camarero profesional.
—Se supone que tú cocinabas, nada más —le recordé al verle tan servicial. Se suponía que la anfitriona era yo.
—Déjame ser atento. Me siento más cómodo. Ya me estoy arrepintiendo de hacerte cargar luego con un tresillo.
—Te recuerdo que hemos hecho un trato. No puedes romperlo ahora —le reclamé inquieta ante la posibilidad de que se negara a llevarme con él.
—Lo sé. Y yo te recuerdo que soy un hombre de palabra.
—No lo he olvidado —le advertí. No era la primera vez que me lo decía.
Comimos la carne también en silencio, pero esta vez nos miramos más veces. Me volvía loca pensar en qué estaría pensando él. Pero no fui capaz de decirle absolutamente nada hasta terminar de comer.
—¿Te apetece un postre? —Me dispuse a recoger los platos, pero él fue más rápido y retiró los de ambos. Los llevó al fregadero y empezó a lavarlos.
—De eso nada. Ni se te ocurra fregar, eres mi invitado.
—No soy un invitado cualquiera. —Claro que no lo era—. Tus padres me han contratado para hacer un trabajo y estoy aquí comiendo con su hija.
—Que te quede una cosa clara —estaba furiosa con la visión que estaba teniendo de sí mismo.
Le miré a los ojos para que no hubiera lugar a dudas de que hablaba muy en serio—: desde que hemos dejado las baldas en el recibidor y hasta que volvamos de tu casa, no eres Andoni, el carpintero que han contratado mis padres.
Eres Andoni, mi amigo. —Abrió tanto los ojos que se le arrugó la frente como nunca había visto—.
Y ahora eres mi invitado, así que ya puedes ir sentándote a comerte una natilla o una pera. O lo que sea que te apetezca.
Soltó los platos en cuanto terminé de hablar y se sentó de nuevo en la silla. Me sentí vencedora por segunda vez.
Saqué una natilla de la nevera y cogí una pera del frutero. Las deposité con fuerza frente a él.
—¿Tengo que comerme los dos postres? —preguntó con voz infantil.
—Claro que no. Come lo que se te antoje.
—Gracias. Es que antes... me has dado miedo.
Pero se rio a carcajadas. Ya estaba otra vez más alegre de lo que podía esperar.
—¡No me tomes el pelo! Sé que no te doy miedo en absoluto.
—No estés tan segura. Ahora tengo un poco de miedo de levantarme a por una cucharilla. No sé si tengo que esperar a que me la des tú.
Seguía riéndose por dentro. A mí ya no me hacía tanta gracia. No quería que pensara que tenía mal carácter.
—No soy ningún ogro.
Saqué una cucharilla del cajón y se la dejé con delicadeza en la mesa. Después cogí la pera, la lavé y le di un violento mordisco mirándolo con rabia en los ojos. Debió de pillar la indirecta porque dejó de reírse. Aun así, me quedé de pie junto a la fregadera mientras terminaba la pieza de fruta.
—Sé muy bien que no lo eres. —Abrió la natilla y lamió los restos que quedaban en el interior de la tapa sin apartar su mirada de la mía.
Tomé ese gesto como una respuesta a mi impetuoso bocado a la fruta, pero no pude soportarle la mirada ni un segundo más cuando le vi pasar la lengua y los labios por la afortunada tapa.
Me di la vuelta y empecé a fregar. Noté mis manos temblorosas y agradecí tenerlas ocupadas para que él no lo percibiera.
Ya estaba ahí de nuevo esa sensación de calor en mis venas; mis instintos más primarios gritando que reclamara a ese hombre como mío.
Le oí arrastrar la silla al levantarse y pisar con fuerza según se acercaba a mí.
Dejó resbalar la cucharilla por el lateral de la fregadera a modo de tobogán y apoyó el envase de la natilla en la encimera.
Pude ver la tapa tan limpia como una patena.
Me estremecí al recordar su gesto. Definitivamente, me estaba volviendo loca.
—Muchas gracias por el banquete —me susurró y aún permaneció un segundo detrás de mí, en silencio, como a la expectativa mientras yo me quedaba inmóvil, antes de dirigirse a la puerta—. Ya que no me dejas ayudarte aquí, voy a subir las baldas al desván. Avísame cuando acabes y nos marcharemos.
Antes de subir a avisarle pasé por el baño y me lavé los dientes.
Me miré en el espejo y me di cuenta de que una camisa blanca, unos vaqueros ceñidos y unas sandalias no eran la mejor indumentaria para ir a recoger un sofá.
Corrí hasta mi habitación tratando de hacerle esperar lo menos posible y me enfundé una camiseta y unas mallas grises.
Pasé las cosas del bolso a una bandolera más informal y me calcé mis deportivas más cómodas.
—Cuando quieras —le indiqué desde la puerta del desván.
Él ya estaba colocando la segunda balda. Había tardado en cambiarme más de lo que pensaba.
—No pienses que te voy a dejar cargar realmente el sofá —me advirtió tras mirarme de pies a cabeza—. No era necesario que te vistieras para una mudanza completa.
—No soy tan debilucha como aparento. —Lo miré de arriba abajo, como había hecho él conmigo—. Y no eres tan fuerte como para cargar con un tresillo tú solito.
Cerró la caja de herramientas y se dirigió hacia la puerta.
—Eso ya lo veremos —me retó bajando las escaleras delante de mí.
—¿El qué? ¿Piensas bajar tú solo el sofá de la camioneta? —Le detuve a medio camino, exigiéndole una respuesta—. ¿Quieres romperte la espalda?
—No. Me refiero a que ya veremos lo fuerte que eres. —Apretó su dedo contra mi bíceps y se rio antes de seguir bajando las escaleras.