Cuando la noche es púrpura Capítulo 13
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Capítulo 13

E l miércoles salimos del instituto una hora antes.

De una a dos había aula de apoyo de matemáticas, la única asignatura en la que no iba a necesitar refuerzo.

Solo Nuria volvió conmigo al pueblo. Tania y Nerea se quedaron a mejorar sus mates y dejamos a Natalia con Ager antes de que llegara el autobús. Como no, Jon y él ya habían hablado.

—Hola, chicas. —Ager nos saludaba con amabilidad, como siempre. —¿Qué planes tenéis para este fin de semana?

—Yo pensaba estudiar —respondí al instante. Sabía por qué nos lo preguntaba.

—¡Toma, y yo! Pero, si no salgo, aunque sea un rato, me puede dar algo —avisó Natalia. Ya estaba maquinando algún plan y trataría de convencernos a todas para que nos apuntáramos.

—Yo estoy estudiando todas las tardes y tenía pensado hacerlo incluso hasta el sábado. Si veo que para el domingo voy más o menos bien, igual me doy una vuelta.

—Sal el sábado y ya estudiarás el domingo, no seas aguafiestas. El domingo no hay nada que hacer.

Natalia insistía en salir el sábado. Yo no iba a poder, aunque quisiera.

—Yo creo que la idea de Edurne es muy buena. ¿Qué pasa si el domingo no diera tiempo a estudiar por haber salido el sábado? Planeando librar el domingo, en caso de ir pillada de tiempo, siempre te queda un día extra.

La lógica aplastante de Nuria me había salvado de nuevo.

—¿Y qué queréis hacer el domingo? —refunfuñó Natalia.

—Si sigue haciendo este tiempo veraniego, podemos ir al río —propuse con auténticas ganas de darme un chapuzón—. El domingo pasado me lo perdí.

—Es una gran idea. —Ager se apuntó enseguida. Sabía lo que vendría después—. Les puedo preguntar a mis amigos si les apetece ir.

Me miró de refilón. Yo no dije nada.

—Estupendo, habrá que estudiar el sábado por si acaso —se resignó Natalia y se subió al Golf.

Ambos se despidieron de nosotras desde la ventanilla.

El autobús no tardó mucho en llegar. Nuria y yo nos sentamos atrás del todo. En cuanto se puso en marcha, a Nuria se le encendió su vena cotilla de nuevo.

—Bueno, ¿qué me cuentas de tu carpintero particular? ¿Hay novedades?

—Demasiadas. —No pude evitar ser sincera. Necesitaba desahogarme.

—Pues ya puedes empezar a contar, que el viaje no es muy largo y quiero saberlo todo.

Le expliqué lo ocurrido la tarde anterior, desde que había invitado a Andoni a beber algo y hasta que Jon se había marchado.

—Uf, Jon tiene que estar que trina, con lo celoso que ha resultado ser.

—Que se aguante. No tiene ningún derecho a estarlo, yo no soy nada suyo.

Nuria se asomó a mis ojos sonriendo.

—¿Y cómo va tu «no-atracción» por Andoni?

—Fatal —confesé. No podía más.

—¡Lo sabía! —gritó victoriosa—. ¿Cuánto te gusta ya?

—No lo tengo medido. Solo sé que es lo más fuerte que he sentido por un chico en toda mi vida.

Nuria abrió la boca como un túnel, un gesto muy suyo cuando estaba sorprendida.

—No me digas, Edurne, en serio... ¿No te habrás enamorado ya de él?

No contesté. Agaché la cabeza y un par de lágrimas cayeron desde mis pestañas.

—¡Edurne! ¡Pero no llores! ¡Es genial!

—No, no lo es. No puedo estar enamorada en cuatro días. Menos cuando él no cree que seamos ni siquiera amigos aún.

Le expliqué nuestra conversación en la cocina, sin dejarme ni un solo detalle, excepto el que había prometido guardar en secreto.

La leyenda del pescador ahogado debía seguir viva.

Cuando le dije que Andoni era huérfano, la cara de alegría de Nuria se entristeció un momento hasta que llegué a la parte de la historia en la que Andoni me acariciaba.

Nuria gritó tan alto que los pocos pasajeros del autobús se giraron para mirarnos.

—¡Iba a besarte!

—No, no lo creo. —Traté de tranquilizarla.

—Tú sabrás, pero, por lo que me cuentas, si no iba a hacerlo ganas no le faltaban. Un chico no te acaricia los labios y te dice que eres preciosa porque sí.

—Déjalo, Nuria, por favor. No quiero hacerme ilusiones. Bastante mal lo estoy pasando ya.

—Pero... ¿por qué? No hay nada de malo en lo que me cuentas.

El autobús se detuvo y nos bajamos. Teníamos que coger distintas direcciones para ir a casa, pero Nuria no parecía tener prisa.

—Oye, ¿está ahora en tu casa? ¿Puedo conocerlo?

—¡Ni hablar!

—¿Por qué? Podemos hacer que voy a por unos apuntes y, de paso, me lo presentas.

—Te repito que él no cree ni que seamos aún amigos. Sería un poco raro que te lo presentara.

No quería ni que se imaginara una pizca de lo que sentía por él. Me moriría si me rechazaba. Debía seguir actuando como si nada.

—Bueno, como quieras. Pero deja que te dé un consejo, aunque yo no sea la más indicada para dártelo.

Se había puesto muy seria y me agarraba de las manos con fuerza.

—La verdad es que un consejo de amiga me vendría genial ahora mismo —admití respondiendo al apretón de manos.

—Escucha bien: lucha por lo que quieres.

Me quedé de piedra. Jamás pensé que Nuria me diría algo así. Ella era muy buena y una gran amiga, pero era muy tímida y tenía poca iniciativa. Aun así, me pareció un consejo muy coherente.

—Lo intentaré —prometí y le di un gran abrazo—. Gracias por escucharme, Nuria.

—De nada, tontorrona. Encantada. —Me guiñó un ojo y dobló la esquina hacia su casa.

Estuve pensando en el consejo de Nuria durante todo el camino. Tal vez Andoni aún estuviera trabajando en el desván. Iba a ir por la mañana y después de unos recados volvería. Eran casi las dos y, según parecía, él se iba a ir a primera hora de la tarde.

Me temblaron las piernas al verlo descargando unas tablas de la parte trasera de su Land Rover. Me acerqué a ayudarlo en cuanto me sentí capaz de andar sin caerme.

—¿Te echo una mano? —pregunté apoyándome en la cabina del vehículo.

Él estaba subido en la camioneta y tuvo que apartar una de las tablas para verme. Me sonrió y me pregunté cómo era posible que estuviera aún más guapo que el día anterior.

—¿Has hecho novillos? —Su gesto mostraba que estaba bromeando.

—Claro que no. Hoy salíamos una hora antes.

Me paré a pensar por qué sabía que esa hora no era la habitual para volver a casa. No le quise dar demasiadas vueltas.

—¿Puedes venir aquí atrás y ayudarme a bajar las baldas?

Cargué una a una las tablas con él, llevándolas desde la camioneta hasta el porche. Cuando las cinco estuvieron junto a la casa, saqué las llaves para abrir, pero Andoni empujó la puerta.

—Está abierta. La he dejado así porque tu madre... ya se ha marchado.

El destino quería que él y yo estuviéramos solos, casi tanto como lo quería yo. «Lucha por lo que quieres». Recordé las palabras de mi amiga.

—Vaya, me va a tocar comer sola —mascullé mientras metía un par de tablas y las apoyaba en el recibidor.

Andoni cogió las otras tres y las colocó con el resto antes de cerrar la puerta.

—¿Tú has comido ya? —pregunté al ver que él no iba a decir nada.

—Aún no, pero debo ir a recoger el sofá que tengo encargado. Comeré en casa cuando vaya a dejarlo.

Lo miré con la ceja arqueada. Me había sonado a excusa y no me iba a dar aún por vencida.

—Sea cual sea el almacén donde está tu sofá, seguro que también paran para comer.

Me crucé de brazos y me apoyé en el marco de la puerta de la cocina esperando más excusas.

—Seguro que sí —reconoció, pero no se movió de la puerta.

—Te propongo una cosa —quise adelantarme a cualquier evasiva—: te quedas a comer conmigo y después yo te acompaño a recoger el sofá. Seguro que necesitas ayuda para descargarlo.

Me miró con los ojos muy abiertos antes de entrecerrarlos a la vez que sonreía de medio lado.

—Tus padres se van a enfadar si pierdes horas de estudio. Además, estás castigada.

Lo fulminé con la mirada y descrucé los brazos para colocarlos en jarras a la altura de mis caderas.

—¿Se puede saber de parte de quién estás tú?

Se carcajeó ante mi enfado.

—De la tuya, por supuesto. —Su respuesta fue inmediata y sin dejar de reírse. Me sorprendía mucho la gracia que le producían algunos de mis comentarios. Pero me encantaba verlo reír.

—Entonces, sé un buen amigo y no dejes que coma sola. Luego yo seré una buena amiga y te acompañaré a por tu nuevo mueble.

Se acercó a mí y se puso serio.

—Veo que te molestó bastante lo que te dije ayer.

No sabía a cuál de todos sus comentarios se refería. Se me cortó la respiración al pensar en el que me había hecho soñar con él esa noche.

—¿A qué te refieres?

—A que no te gustó que te dijera que aún no éramos amigos.

Tenía razón, no me había gustado ni pizca que me dijera eso. Me había puesto tan triste que se me había notado hasta en la expresión.

—Claro que no. A nadie le gusta que le digan esas cosas.

—Lo siento. Ya no lo pienso así.

Una gran sonrisa se dibujó en mi cara y le contagió. Creí derretirme otra vez.

—Entonces..., ¿trato hecho? —Extendí la mano a modo de acuerdo oficial.

—De acuerdo, tú ganas. —Estrechó mi mano y la agitó varias veces. De pronto detuvo el movimiento—. Aunque creo que el que sale ganando soy yo.

—Eso da igual. —Lo solté y, antes de que cambiara de idea, entré en la cocina.

—No da lo mismo. Tú vas a hacer dos cosas por mí y yo no voy a hacer ninguna por ti.

—¿Qué dos cosas? —Le seguí la corriente mientras ponía cubiertos para dos.

—Me invitas a comer y me ayudas a llevar el sofá.

—Bueno —pensé lo más rápido que pude dos «contrafavores»—, tú no dejas que coma sola y, además, guardas silencio sobre mi pequeña escapada de esta tarde. Necesito ver algo que no sea mi casa y el instituto.

Se sentó en la misma silla del día anterior y se apoyó en el respaldo resoplando.

—¿Cómo consigues que todo parezca tan sencillo?

Me alegré al verle darse por vencido.

—Es cuestión de práctica —respondí sintiéndome como la vencedora de una competición.

Andoni me ayudó a poner el resto de los servicios y esperó a que calentara los guisantes con jamón que mi madre había dejado hechos. Busqué en la nevera algo que hacer de segundo plato. Opté por unos filetes de ternera, que le mostré.

—¿No serás vegetariano por casualidad?

—No, soy bastante carnívoro.