Cuando la noche es púrpura Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Tan solo había sido sincero con lo que pensó aquella noche y, si me había visto guapa, tampoco era para tanto.

Probablemente la luz púrpura del cielo y mi espectacular vestido habían contribuido.

Yo también había sido sincera y le había contado mi teoría paranormal.

Debía suponer que me lo debía. Pero la caricia era un extra al que no estaba obligado.

Me estremecí ante el recuerdo justo cuando mi padre entró por la puerta principal, lo que significaba que ya eran las seis y media.

—Hola, hija, ¿no deberías estar estudiando? —inquirió en cuanto puso un pie en la cocina.

—Jo, papá, dame un respiro. —Acababa de llegar y ya me estaba llamando la atención.

—Bueno, tienes que alimentarte bien para estudiar mejor. ¿Habías bajado a merendar?

Me pareció una excusa perfecta.

—Sí, pero ya he acabado. Las mates me esperan.

No tenía ni pizca de hambre. El estómago se me había cerrado y me sentí incapaz de beber agua siquiera.

—Veo que Andoni está trabajando —comentó mirando hacia el techo. Ahora los golpes eran bastante fuertes y se oían desde la cocina—. Más bien, lo oigo.

—Lleva aquí desde las cuatro. Mamá se ha ido hace rato a hacer unos recados, pero estará al llegar.

—¿Y puedes concentrarte con esos ruidos?

—Sí, sí, perfectamente. —No quería que mi padre viera mal que Andoni estuviera en casa—. Además, ahora voy a hacer ejercicios de matemáticas y me concentro mejor si pongo música. Apenas oiré los golpes.

Subí corriendo a mi cuarto antes de que mi padre pudiera contradecirme. Mientras cerraba la puerta, escuché la tele a mayor volumen del habitual. Iba a ver su concurso de todas las tardes sin siquiera subir a saludar a Andoni. Imaginé que no querría interrumpirle.

Pasé varias horas haciendo matrices. Los ejercicios de matemáticas me entretenían bastante.

Era la asignatura que mejor se me daba. Quizás fuera porque podía estudiar con música puesta, aunque fuera clásica.

Los discos de mi madre me ayudaban a concentrarme más que estar en silencio.

Esta vez había elegido música de Joaquín Rodrigo.

De sus obras, mi favorita era el Concierto de Aranjuez.

La agradable melodía me ayudó, además, a relajar mis nervios y a olvidar en parte lo sucedido, y que Andoni aún estaba en mi casa.

Eran las nueve cuando llamaron a mi puerta.

—La cena, hija. —Mi padre habló desde el otro lado.

—Ya voy. Solo deja que termine este ejercicio.

Abrió la puerta y miró por la rendija sin entrar.

—Hoy has estudiado mucho. Estoy orgulloso de ti.

Lo miré sonriente. Ya no parecía disgustado conmigo.

—¿Ya te vas, Andoni? —Le oí decir al cerrar mi puerta. Bajé un poco el sonido de la música para poder escuchar. Ahí estaba espiando otra vez.

—Sí, he terminado con lo más difícil. Mañana seguiré. A la misma hora.

—Muy bien, coméntaselo a Nieves, que es la que va a estar en casa. Ven, está en la cocina.

Bajaron las escaleras. Andoni se iba a marchar sin despedirse de mí.

No sabía si la tristeza de la que se llenó mi corazón se debía solo a su marcha.

Tal vez la parte final del Adagio del Concierto de Aranjuez acentuaba ese pesar.

La había catalogado como una pieza llena de nostalgia y desconsuelo.

El momento en el que el rasgueo de la guitarra daba paso a violines, flautas y clarinetes entonando el tema principal con mayor intensidad siempre hacía que dejara cualquier cosa que tuviera entre manos para cerrar los ojos y detenerme a escucharlo. Me ponía la piel de gallina.

Los ojos se me llenaron de lágrimas y salí disparada de mi cuarto dejando el ejercicio de matemáticas a medias.

—Me muero de hambre. ¿Qué hay de cena? —Me acerqué a los fogones y levanté la tapa de una cazuela. Quería parecer casual y de paso disimular la humedad de mis ojos.

Andoni estaba al otro lado de la cocina hablando con mi madre, que hizo una pausa en su conversación para responderme.

—Pollo guisado.

—Mmm, qué rico. —Me relamí.

En cuanto me cercioré de que mis ojos estaban secos, me di la vuelta y miré a Andoni. Me observaba con rostro tranquilo.

—Bueno, Andoni, quedamos así entonces.

—Eso es, once y media. Hasta mañana. —Volvió a mirarme, esta vez de reojo.

—Buenas noches —respondí contrariada. ¿Cómo que a las once y media?

Mi madre lo acompañó a la puerta. En cuanto volvió a la cocina le pedí explicaciones.

—Mamá, ¿he oído bien? ¿Va a venir Andoni por la mañana?

Parecía que iba a llevar a cabo su decisión de no molestarme con los golpes para que pudiera estudiar. No lo podía permitir, porque de ese modo, no lo vería. La presión de hacía unos minutos me aplastó el corazón de nuevo.

—Sí, pero solo mañana. Claudia tiene que llevar a los trillizos al logopeda y me ha pedido que le cambie el turno en el hospital.

Andoni, además, me ha comentado que a primera hora de la tarde tiene que hacer unos recados y quería recuperar esas horas a la mañana.

Como yo estaré en casa no hay problema, pero a la tarde te tocará quedarte a ti pendiente de lo que necesite.

Aunque, según me ha dicho, hoy no ha necesitado interrumpir tus estudios.

Un millón de sentimientos se encontraron en mi algo menos apretujado corazón. Iba a seguir viéndolo por las tardes y, además, al día siguiente iba a volver a estar sola con él. Alegría y nervios revoloteaban en mi estómago. Fui incapaz de terminar la cena.

—Hija, tienes que comer más. Estudiar desgasta mucho.

—Es que me habéis llenado mucho el plato —intenté zafar de dar más explicaciones y recogí la mesa para empezar a fregar.

—Déjalo y sal si quieres un rato al porche. Te vendrá bien tomar el aire.

Le di un beso a mi padre en su hoyuelo y volé hacia el columpio de la entrada.

El aire seguía siendo cálido y me columpié bajo la brisa nocturna tarareando la música que había estado escuchando a la tarde. Me descubrí a mí misma dejando caer unas lágrimas por mis mejillas sin ninguna intención de detenerlas. ¿Qué me estaba pasando?

Interrumpí el balanceo del columpio confusa por mi comportamiento. Cerré los ojos y visualicé el recuerdo que guardaba de Andoni acariciándome esa tarde: su dulce mirada mientras yo entreabría la boca cuando pasó su dedo bajo mi labio.

Un escalofrío recorrió mi columna vertebral de arriba abajo haciéndome abrir los ojos, física y metafóricamente. Estaba extendiendo una alfombra roja hacia mi corazón a un perfecto desconocido.

Si con Jon, al que conocía de varios meses, me había llevado la decepción del siglo tras haberme hecho falsas ilusiones con él... ¿Cómo se me ocurría ser tan camicace como para creer que Andoni podía ser el hombre de mi vida tras un par de encuentros y otro par de conversaciones?

No tenía una respuesta racional a eso. Simplemente, era algo que sentía de forma natural y... extraña. Había un vínculo entre nosotros, algo invisible, pero que él también había reconocido haber sentido. Como si ya me conociera de antes, tal vez un sueño...

Esa noche tardé en dormirme más de dos horas, durante las cuales estuve sopesando la posibilidad de subir al desván a ver lo que Andoni había estado construyendo con sus grandes y fuertes manos.

Si además abría la ventana e intentaba verlo a través de la noche con los prismáticos de mi abuelo, mis padres podrían oírme y no habría excusa posible para mi comportamiento.

Intenté pensar en cualquier otra cosa, como los inminentes exámenes, para poder conciliar el sueño. Pero, hasta que no me puse el MP4 con la música chill out que tenía reservada para estos momentos de insomnio, no conseguí pegar ojo. Aun así, soñé con el roce de su mano en mi rostro.