Capítulo 12
D i un brinco al darme la vuelta y ver a Andoni, que seguía de pie en el mismo lugar donde le había dejado. Aún tenía los vasos llenos en las manos.
—¿Estás bien? —Vi que intentaba leerlo en mi cara.
—Sí, ya está todo aclarado.
—¿Por qué no le has dicho quién soy y qué estoy haciendo aquí?
—Porque no es de su incumbencia. Además, tú has sido el primero que le has dicho que eras mi amigo.
—Porque pensaba que no querías hablar con él y creía que eso podría ahuyentarlo por el momento.
Se rio. Yo me sentí muy triste de repente.
—Ah, era eso. Pensaba que lo habías dicho en serio.
Nos quedamos en silencio. Sabía que la tristeza se me estaba notando en la cara, pero fui incapaz de borrarla.
—A lo que me refiero es a que nos conocemos aún muy poco como para poder decir que somos amigos amigos.
No pude contener una sonrisa.
—Vamos a solucionar eso ahora mismo. Vamos a charlar mientras tomamos algo, como hacen los amigos. Así nos conoceremos un poco más.
Cogí uno de los vasos de zumo y me dirigí a la cocina. Andoni me siguió y se sentó frente a mí en la mesa.
—¿Y de qué quieres charlar, amiga? —Dio un gran trago a su zumo.
—De ti. Cuéntame qué te ha traído a nuestro pueblo.
Noté cómo tragaba con dificultad. Había hecho una pregunta inapropiada.
—Necesitaba un cambio de aires y siempre he querido vivir en plena naturaleza.
—La cabaña es una buena opción en ese caso. —Traté de mantener la conversación sin preguntar de forma muy directa. No quería volver a hacerle una pregunta que le resultara incómoda.
—Necesita muchos arreglos, pero he pagado muy poco por ella. Y el lugar es fantástico.
—¿Te gusta el pueblo?
—Cada vez más —murmuró y centró la mirada en mis ojos. Pregunté lo primero que se me ocurrió para huir de su hipnotismo. No sabía cómo lo hacía, pero cada vez que me miraba así me costaba más apartar la vista.
—¿Y qué opinan tus padres de que te independices tan joven?
Una lúgubre sombra que ya había visto antes se apoderó de los, hasta entonces, radiantes ojos de Andoni. Apretó el vaso con tanta fuerza que creí que lo iba a romper.
—Mis padres. —Su voz se volvió amarga. —Mis padres... murieron.
Sentí una puñalada en el estómago. De pronto entendí toda la ternura que me había inspirado y tuve una necesidad imperiosa de cuidarlo y consolarlo.
Acerqué mi mano y la apoyé sobre la que sujetaba su vaso.
—Lo lamento muchísimo.
Andoni pareció despertar ante mi contacto y borró la sombra de sus ojos sacudiendo la cabeza.
—Gracias. No te preocupes. Es algo que sucedió hace ya mucho tiempo.
Me sonrió con amabilidad y dio dos palmaditas a mi mano con la que tenía libre.
—Te toca. —Dio otro trago.
—¿Cómo? —Retrocedí por encima de la mesa hasta mi silla.
—Cuéntame algo de ti.
—Ah, vale. ¿Qué te gustaría saber? Te advierto que mi vida no es muy interesante.
Se rio. Me temí una pregunta que no me iba gustar.
—¿Puedo preguntar lo que quiera? —Su tono sonaba divertido.
—Supongo que... no hay problema. —Ya me estaba arrepintiendo.
—¿Qué pensaste cuando me viste por primera vez? Sé sincera.
Acababa de hacerme la única pregunta que no quería responder. Esa y que se le ocurriera intentar averiguar por qué parecía que me derretía cuando estaba cerca de él.
—¿Sincera? En ese caso..., te vas a reír —confesé.
—Prometo intentar contener la risa. —Apretó los labios, pero ya se ensanchaban poco a poco.
—Los primeros instantes pensé que podrías ser... —carraspeé— un fantasma.
Me tapé los ojos avergonzada. Separé un poco los dedos para ver la expresión de Andoni. Realmente estaba intentando no reírse, pero no lo conseguía del todo.
—Ya decía yo que la cara de espanto que habías puesto no era muy normal. No creo tener un aspecto tan aterrador.
—Claro que no. —No me había entendido—. Lo que ocurre es que esa cabaña lleva abandonada muchos años y hay una leyenda sobre el pescador que vivió allí.
Se dice que murió ahogado. Me la han contado desde niña y mi imaginación me jugó una mala pasada.
Tú dijiste que estabas pescando y además vi luz en la ventana. Todo encajaba.
—Sí, sí, claro. Era muy lógico. —Esta vez soltó una carcajada.
—Has prometido no reírte —le increpé señalándole con el dedo.
—He prometido intentar no hacerlo. Pero es demasiado gracioso, perdona.
No pude evitar reír con él. Me encantaba verlo tan alegre después de haberle hecho confesarme parte de su trágico pasado. Se lo debía.
—Bueno, ríete a gusto de mis miedos.
—Creo poder quitarte ese miedo enseguida.
—Se acercó a mí apoyándose con los codos sobre la mesa—.
Te voy a contar un secreto, pero promete no desvelárselo a nadie.
Me viene muy bien que exista esa leyenda sobre la cabaña.
Tendré más intimidad en mi casa, teniendo en cuenta que el embarcadero del río es público.
Me apoyé sobre mis codos como él y me acerqué hasta que nuestros rostros estuvieron a escasos centímetros.
—El pescador sigue vivo, aunque está muy enfermo. Hace años que sus hijos se lo llevaron a un hospital de la ciudad, pero en los últimos meses ha empeorado tanto que no creen que aguante mucho más. Por eso decidieron vender la cabaña. Él era el único que tenía verdadero interés en ella.
—Oh, pobre hombre —musité. Ahora lo veía como un anciano enfermo y no como un fantasma que salía de entre las aguas del río por las noches.
—Había varias personas interesadas en el terreno, pero todas pretendían derribar la cabaña y construir un chalet de ladrillo.
Cuando los llamé al ver su anuncio, les dije que era carpintero y que mi intención era restaurarla.
En esa misma llamada me rebajaron el precio y me citaron para firmar enseguida.
—¿Por qué? No lo entiendo.
—Esa cabaña era lo que más apreciaba su padre.
No querían que se destruyera. Creían que se lo debían por no haberla mantenido en todos estos años.
Yo les prometí respetar la estructura lo máximo posible.
De hecho, se lo prometí al propio Esteban, el pescador.
Aunque está muy enfermo, pudo hablar conmigo y vi que se sentía muy agradecido por lo que iba a hacer.
—Vaya... Esteban. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. —Me sentí fatal por desconocer tanto sobre aquel hombre.
—Era muy amigo de Damián, el dueño de la ferretería. Me pidió que le saludara de su parte cuando llegara al pueblo. Él me ha ayudado mucho con todo lo del traslado y las piezas y materiales que iba a necesitar. Aún no tendría cocina si no fuera por él.
Se dejó caer sobre el respaldo de su silla y yo hice lo mismo. Habíamos estado mucho rato hablando muy cerca el uno del otro. Tanto como para distinguir que sus negras pupilas eran solo un tono más oscuras que sus iris. Me sentía algo mareada.
—Ayer mismo le había dejado en la ferretería algunas fotos de los trabajos que he hecho desde que soy carpintero. Tu madre pasó por allí a la mañana y Damián le habló de mí. Al ir a por bisagras nuevas para las puertas me dio vuestra dirección.
Las casualidades volvían a surgir una tras otra. Empezaba a pensar que no era posible que se tratara todo de una simple coincidencia. El destino debía de tener algo que ver en todo aquello.
—Bueno, creo que será mejor que siga con el trabajo y que tú vuelvas a estudiar. —Se levantó y vació el vaso de un último trago—. Gracias por el zumo. Estaba delicioso.
—No, espera. Tengo una última pregunta. —Me levanté tras él, que ya atravesaba el umbral de la puerta.
—Dime.
—¿Qué pensaste tú cuando me viste por primera vez?
No me podía creer que me hubiera atrevido a preguntárselo. Pero necesitaba saberlo, además, él lo había preguntado antes. Me pareció justo.
—Sinceramente —exigí, tal como él lo había hecho.
Suspiró antes de colocarse a solo un palmo de distancia de mí.
—Pensé... —Soltó una risa suave y esquivó mi mirada por un instante— que me había quedado dormido esperando a que picara algún pez y que debía de estar soñando.
Yo no pude evitar agachar la vista, aunque él no me miraba. Sentí muchísima vergüenza, sin ni siquiera saber muy bien por qué.
—Soñando —murmuré creyendo que él no lo oiría.
Pero lo hizo. Y buscó mi mirada.
—Creí que eras un sueño porque de repente apareciste como de la nada, me miraste como si me conocieras y yo...
—suspiró como si le faltara el aliento— yo sentí que también te conocía de algún modo irracional.
Como si ya hubiera soñado contigo antes.
Y además eras... —noté su mano sujetar mi barbilla y alzar mi rostro para evitar que esquivara sus ojos de nuevo— preciosa.
Acarició mi mejilla con las yemas de sus dedos y, con el pulgar, recorrió suavemente la base de mi labio. Tomé aire de forma brusca y él apartó su mano de inmediato.
Se giró para salir por la puerta de la cocina, pero, antes de desaparecer a través del umbral, se volvió hacia mí de nuevo.
—Al contrario que Jon, opino que te favorece mucho más el pelo suelto.
Tuve que sentarme de nuevo en la silla en cuanto oí los pasos de Andoni escaleras arriba.
La cocina me daba vueltas y los labios me temblaban. Los golpes en el desván me hicieron reaccionar y me levanté a fregar los vasos para no pensar en lo que acababa de suceder.
¿Por qué me sentía desorientada? ¿Era por la caricia de sus dedos?
Recordaba la repulsión que había sentido ante un gesto similar de Jon.
En cambio, cuando Andoni me había tocado, el sentimiento había sido radicalmente opuesto.
Cuando había dibujado con su pulgar la curva de mi labio había sentido que me ahogaba, y sus palabras me habían dejado sin aliento.
Mi necesidad de respirar había provocado que apartara su mano.
Si no hubiera interrumpido ese momento... , ¿habría llegado a besarme?
Uno de los vasos se me escurrió de entre las manos llenas de espuma al contemplar esa posibilidad. No, no lo habría hecho. Si acababa de decirme que no éramos aún ni amigos, ¿cómo iba a besarme?